Vuestra soy, pues me criastes,
Vuestra, pues me redimistes,
Vuestra, pues que me sufristes,
Vuestra, pues que me llamastes,
Vuestra, porque me esperastes,
Vuestra, pues no me perdí.
¿Qué mandáis hacer de mí?
Veis aquí mi corazón,
Yo le pongo en vuestra palma,
Mi cuerpo, mi vida y alma,
Mis entrañas y afición;
Dulce Esposo y redención
Pues por vuestra me ofrecí.
¿Qué mandáis hacer de mí?
Dadme muerte, dadme vida:
Dad salud o enfermedad,
Honra o deshonra me dad,
Dadme guerra o paz crecida,
Flaqueza o fuerza cumplida,
Que a todo digo que sí.
¿Qué queréis hacer de mí?
Dadme riqueza o pobreza,
Dad consuelo o desconsuelo,
Dadme alegría o tristeza,
Dadme infierno, o dadme cielo,
Vida dulce, sol sin velo,
Pues del todo me rendí.
¿Qué mandáis hacer de mí?
(Teresa de J.)


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15 Octubre, 2007 a 18:51
Javier
Como dice el libro de Job:
El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. Bendito sea el nombre del Señor.
Si aceptamos los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?
Y yo añado: no, no se aceptan los males. El mal en el mundo es prueba de que no hay Dios, pues ¿cómo va Dios a permitir tales males?
Parece increible que nos preguntemos dónde está Dios sólo en los males, y no Le admiremos en todo lo bello de la creación que nos rodea. Entonces, y sólo entonces descubriremos que el mal procede del hombre, de la generación “malvada y perversa” que sigue poblando la Tierra, y que se pregunta ¿dónde está vuestro Dios?, cuando ni siquiera hace esfuerzos por ver más allá de su ignorancia.