You are currently browsing the daily archive for Octubre 17th, 2007.
Es bien conocido el buen humor casi habitual del Papa Wojtyla, sin embargo, posiblemente cuando más se ha reído fue con el payaso Japo.
Evangelio de Lc 10,1-9
En aquel tiempo, el Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir. Y les dijo: «La mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino.
»En la casa en que entréis, decid primero: ‘Paz a esta casa’. Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros. Permaneced en la misma casa, comiendo y bebiendo lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No vayáis de casa en casa. En la ciudad en que entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad los enfermos que haya en ella, y decidles: ‘El Reino de Dios está cerca de vosotros’».
«El Reino de Dios está cerca de vosotros»
Hoy, en la fiesta de san Lucas —el Evangelista de la mansedumbre de Cristo—, la Iglesia proclama este Evangelio en el que se presentan las características centrales del apóstol de Cristo.
El apóstol es, en primer lugar, el que ha sido llamado por el Señor, designado por Él mismo, con vista a ser enviado en su nombre: ¡es Jesús quien llama a quien quiere para confiarle una misión concreta! «El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir» (Lc 10,1).
El apóstol, pues, por haber sido llamado por el Señor, es, además, aquel que depende totalmente de Él. «No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino» (Lc 10,4). Esta prohibición de Jesús a sus discípulos indica, sobre todo, que ellos han de dejar en sus manos aquello que es más esencial para vivir: el Señor, que viste los lirios de los campos y da alimento a los pájaros, quiere que su discípulo busque, en primer lugar, el Reino del cielo y no, en cambio, «qué comer ni qué beber, y [que] no estéis inquietos. [Porque] por todas esas cosas se afanan los gentiles del mundo; y ya sabe vuestro Padre que tenéis la necesidad de eso» (Lc 12,29-30).
El apóstol es, además, quien prepara el camino del Señor, anunciando su paz, curando a los enfermos y manifestando, así, la venida del Reino. La tarea del apóstol es, pues, central en y para la vida de la Iglesia, porque de ella depende la futura acogida al Maestro entre los hombres.
El mejor testimonio que nos puede ofrecer la fiesta de un Evangelista, de uno que ha narrado el anuncio de la Buena Nueva, es el de hacernos más conscientes de la dimensión apostólico-evangelizadora de nuestra vida cristiana.
El combustible
–Maestro, ¿qué es la fe?
El maestro le pidió al discípulo que encendiese una hoguera. Se sentaron los dos frente a ella, contemplando el fuego.
–He aquí la fe –dijo el maestro–. La leña de la hoguera. El combustible que mantiene encendida la llama de Dios en nuestro corazón.
–Pero la leña necesita de una chispa para transformarse en luz.
–Existen varias chispas. La más común se llama voluntad. Basta con querer tener fe, para que ésta se aparezca en nuestro camino.
–¿Incluso si nos pasamos la vida entera sin creer en nada?
–Siempre creemos, aun sin reconocerlo o aceptarlo, y por eso es tan fácil despertar la chispa. Además, cuanto más vivimos, más cerca estamos de Dios. La leña vieja arde siempre con más facilidad.
Los dos dioses
Existen dos dioses.
El dios que nos enseñaron, y el Dios que nos enseña.
El dios del que habla la gente, y el Dios que habla con nosotros.
El dios que aprendemos a temer, y el Dios que nos habla de misericordia.
El dios que está en las alturas, y el Dios que participa de nuestra vida diaria.
El dios que nos hace pagar, y el Dios que perdona nuestras deudas.
El dios que nos amenaza con los castigos del infierno, y el Dios que siempre nos enseña el mejor camino.
Existen dos dioses.
Un dios que nos aparta por nuestras culpas, y un Dios que nos llama con su amor.
Alma mía, no delires,
Ni suspires de dolor,
Que posees en el cielo,
Tu consuelo, Tu Señor.
Jesucristo, del pecado
Te ha librado en una cruz;
Y derrama sobre el alma
Gozo, calma, paz y luz.
Él conoce tu conciencia,
Tu dolencia y frenesí,
Y con ansia te bendice
Y te dice: “Ven a Mí.”
No más llanto, no más penas;
Tus cadenas romperás,
Y en el seno de tu Dueño,
Dulce sueño dormirás.





Comentarios recientes