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- La oración hace renacer al mundo. La oración es la condición indispensable para la regeneración y la vida de cada alma (M.Mª. Kolbe).
- Cuando en ti disminuye la gracia, disminuye en otros muchos que dependen de ti. Si eres amigo de Cristo, muchos otros se calentarán en ese fuego, compartirán esa luz (F. Mauriac).
- Señor, ayúdame a que mis ojos sean misericordiosos, que jamás sospeche o juzgue según las apariencias, sino que mire lo que de bello existe en el alma de mi prójimo (Sta. F. Kowalska).
- El amor comienza cuando una persona siente que las necesidades de otra persona son tan importantes como las suyas propias (H. S. Sullivan).
- Necesitamos encontrar a Dios, y a Dios no se le puede encontrar en el bullicio y en el desasosiego. Dios es el amigo del silencio. ¿Ves cómo crece en silencio la naturaleza: los árboles, las flores, la hierba? ¿Ves las estrellas, la luna y el sol, cómo se mueven en silencio? Cuanto más recibimos en oración silenciosa, más podemos dar en nuestra vida activa. Necesitamos silencio para poder llegar a las almas (Teresa de Calcuta).
Frena tu lengua para que no se desboque; di siempre menos de lo que piensas. Cultiva una voz baja y persuasiva; la forma como lo dices a veces cuenta más que lo que dices.
Nunca dejes pasar la oportunidad para decir una palabra amable y alentadora.
Elogia el trabajo bien hecho, sin importar quién lo hizo.
Interésate en los demás: en sus ocupaciones, su bienestar, sus hogares y su familia. Haz que todos, sin importar lo humilde que sean, sientan que tú los consideras importantes.
Sé jovial, oculta tus dolores, tus preocupaciones y tus desengaños bajo tu sonrisa animosa y sincera. Ríe francamente cuando oigas un buen chiste y aprende a contarlo tú también.
Debes mantener tu mente abierta a los problemas. Puedes discutir, pero sin disputar.
Deja que tus virtudes hablen por sí solas y no menciones los vicios de los demás. No alientes la murmuración. Debes imponerte no decir nada sobre personas cuando no sea algo bueno.
Ten mucho cuidado con los sentimientos de los demás. Los chistes y bromas, a expensas de otros, pocas veces valen la pena decirlos, pues hieren donde menos se espera.
No pongas atención a comentarios malévolos acerca de ti, simplemente vive de tal modo que nadie los crea.
Déjame, Señora, decirte un poco de mi historia tejida de vulgaridades, de días sin brillo, de momentos turbios sin ganas de hacer nada. Nuestra vida, Señora, comienza cada día con una mirada de esperanza, pero a veces, cuando llega la noche, una sensación de inutilidad, como un escalofrío, recorre todo mi ser.
Tú, santa María de cada día, de cada hora nuestra, enséñanos el valor de vivir la eterna novedad, de quien estrena corazón cada mañana. Nunca me siento tan feliz como cuando me valoran las pequeñas cosas que hago. Antes me daba pena y rabia porque nadie se fijaba en mis pequeños esfuerzos por mantener la casa en orden, por hacerlo todo con verdadero amor, por el detalle, por pensar en cómo hacer feliz a cada uno de mi casa.
Tú tan parecida a mí, me has enseñado hoy la hermosa lección: “ama y todo cambiará”. Tú eres el centro de un amor eterno. Tú eres amada por Dios de un modo único e irrepetible y todo estalla en sinfonía de novedad. Amén
Domingo XXX del Tiempo ordinario
Evangelio de Lc 18,9-14
En aquel tiempo, a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, Jesús les dijo esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano.
El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: ‘¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias’.
En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!’. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».
¿Comprar a Dios?
Quien se ha encontrado con el Dios vivo alguna vez, ha frecuentado su amistad y ha saboreado el amor de Dios, nunca se tendrá por justo, porque justo sólo es Dios; y acercarse al solo Justo supone hacer la experiencia de comprobar nuestra desproporcionada diferencia con Él. Saberse pecador, reconocerse como no justo, no significa vivir tristes, sin paz o sin esperanza, sino situar la seguridad en Dios y no en las propias fuerzas, o en una hipócrita virtud. Alguien que verdaderamente no ha orado nunca, seguirá necesitando afirmarse y convencerse de su propia seguridad, ya que la de Dios, la única que verdaderamente es fiel, ni siquiera la ha intuido. Y cuando alguien se tiene por justo, y está hinchado de su propia seguridad, es decir, cuando vive en su mentira, suele maltratar a sus prójimos, los desprecia porque no llegan a su altura, porque no están al nivel de su santidad. Tenemos, pues, el retrato robot de quien, estando incapacitado para orar por estas tres actitudes incompatibles con la auténtica oración, como el fariseo de la parábola, creía que podía comprar a Dios la salvación. La moneda de pago sería su arrogante virtud, su postiza santidad. Hasta aquí el fariseo. Pero había otro personaje en la parábola: un publicano, es decir, un proscrito de la legalidad, alguien que no formaba parte del censo de los buenos. Y al igual que otras veces, Jesús lo pondrá como ejemplo, no para resaltar morbosamente su condición pecadora, sino para que, en ésta, resplandezca la gracia que puede hacer nuevas todas las cosas. Aquel publicano ni se sentía justo ante Dios, ni tenía seguridad en su propia coherencia, ni tampoco despreciaba a nadie. Ni siquiera a sí mismo. Sólo dijo una frase, al fondo del templo, en la penumbra de sus pecados: «Oh Dios, ten compasión de este pecador». Preciosa oración, tantas veces repetida por los muchos peregrinos que en su vida de oscuridad, de errores, de horrores quizás también, han comenzado a recibir gratis una salvación que con nada se puede comprar.Jesús nos enseña a orar viviendo en la verdad, no en el disfraz de una vida engañosa y engañada ante todos menos ante Dios. Tratar de amistad con quien nos ama es reconocer que sólo Él es Dios, que nosotros somos unos pobres pecadores a los que se les concede el don de volver a empezar siempre, de volver a la luz, a la alegría verdadera, a la esperanza, para rehacer aquello que en nosotros y entre nosotros, pueda haber manchado la gloria de Dios y nuestra dignidad.




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