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«Mientras cenaban, tomó un pan, pronunció la bendición,lo partió y se lo dio diciendo: “Tomad, esto es mi cuerpo”» (Mc 14,22)
El pan que es la propia vida. Partir, repartir y compartir lo que uno tiene, lo que uno es, lo que uno sueña y siente. Dar tu fuerza y tu debilidad, tu ilusión y tu abatimiento, tu canto y tu silencio. Dar tu tiempo y tu mirada, tu riqueza y tu nada. Darte cada día.Es lo que haces tú: el Hijo del Hombre; el Hijo de Dios, el Dios de rostro humano; el hombre cuya vida habla de Dios. Tú mismo te conviertes en don, en entrega, en regalo. Qué sorprendente forma de actuar en un mundo de brazos cerrados, donde, quien más quien menos, todos nos reservamos mucho.
“Se levanta de la mesa, se quita el manto, y tomando una toalla, se la ciñe. Después echa agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba ceñida” (Jn 13,4-5)
Dar descanso y alivio tras la fatiga del camino. Mostrarle al otro que es merecedor de una dignidad profunda, sea cual sea su situación. Invertir los rangos y categorías. Acariciar los cansancios. Despojarse uno de pompas y honras, de títulos y méritos, para vestirse la toalla de quien está dispuesto a cuidar del otro. Es lo que haces tú, un Dios hecho hombre, un hombre que refleja Dios, y ese gesto genera sorpresa e incomprensión, resistencia y miedo. ¿Quién va a abrazar hoy esta lógica absurda? ¿Por qué hacerse pequeño y no grande? ¿Por qué agacharse para cuidar del sencillo?
FRATERNIDAD
Estás en medio nuestro
como un gran amigo.
Sostienes nuestras voces
con tu voz silenciosa.
Es hermoso tenerte
tan cerca en este instante
de oración y alegría
que nos une a tu lado. Lávanos bien el alma
de egoísmo, Señor,
en tanto te rezamos
con las manos unidas.
Haz que esta plegaria
que nos das que te demos
nos haga más hermanos
de verdad desde ahora.
Estás en medio nuestro
sembrándonos tu vida,
tu reciente y eterna
ternura transparente.
Todo cuanto ahora mismo
cantamos todos juntos
es una lenta súplica
de amor y de querencia.
Basta, Señor, de un mundo
que se cierra a tu altura.
De unos hombres
que sólo se miran con recelo.
De esta lágrima inmensa
que es la tierra en que vamos
medio viviendo aprisa
sin mirarte a los ojos.
Valentín Arteaga.
como un gran amigo.
Sostienes nuestras voces
con tu voz silenciosa.
Es hermoso tenerte
tan cerca en este instante
de oración y alegría
que nos une a tu lado. Lávanos bien el alma
de egoísmo, Señor,
en tanto te rezamos
con las manos unidas.
Haz que esta plegaria
que nos das que te demos
nos haga más hermanos
de verdad desde ahora.
Estás en medio nuestro
sembrándonos tu vida,
tu reciente y eterna
ternura transparente.
Todo cuanto ahora mismo
cantamos todos juntos
es una lenta súplica
de amor y de querencia.
Basta, Señor, de un mundo
que se cierra a tu altura.
De unos hombres
que sólo se miran con recelo.
De esta lágrima inmensa
que es la tierra en que vamos
medio viviendo aprisa
sin mirarte a los ojos.




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