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A menudo necesito, Señor, un faro, una guía, algo o alguien que me recuerde dónde habitas, cómo hablas, cómo amas. Necesito tu luz en mis sombras. Tu palabra en mis silencios. Tu plenitud en mis vacíos y tu fortaleza en mi miedo. Necesito tus ojos para verme reflejado en ellos (y verme bueno). Tus manos que acaricien mis tormentas. Tu vida que venza mis pequeñas muertes. Necesito tu luz en mi vida, Señor…
A veces me veo así. Caminando inseguro. En esos días en que parece que pierdo suelo firme, y me quedo un poco a la intemperie. Cuando muerde un poco más la soledad, o la inseguridad, o parece que las heridas que uno lleva escuecen más de la cuenta. Cuando mis días parecen estériles. En esas ocasiones la duda lo tiñe todo, y no consigo vencer a mis fantasmas. Entonces me pesa el trabajo, o los estudios, o las relaciones; los proyectos en los que se baten mis jornadas me parecen más grises; tú parece que callas, y llamo: “¿Dónde estás?”
Y sin embargo, sé que estás ahí. Estás ahí mirándome con cariño. Hablándome con paciencia. Abrazándome con ternura, aunque a veces ni me dé cuenta. Estás ahí invitándome, una vez más, a sonreír por dentro y por fuera, porque la vida puede ser hermosa, (y hay que hacerla hermosa para todos). Estás, y te me asomas en los rostros de mi vida; en el cansancio de quien me pide ayuda; en la cercanía de mi amigo; en la tristeza de quien necesita mi alegría; en la canción que libera un vendaval de pasión en mi interior; en la oración tranquila; en la tormenta que sólo se vence con coraje. Estás, abriendo sepulcros y mostrando caminos.
Aquí, en este País de libertad, quiero proclamar con fuerza que la Palabra de Cristo no elimina nuestras aspiraciones a una vida plena y libre, sino que nos descubre nuestra verdadera dignidad de hijos de Dios y nos alienta a luchar contra todo aquello que nos esclaviza, empezando por nuestro propio egoísmo y caprichos. Al mismo tiempo, nos anima a manifestar nuestra fe a través de nuestra vida de caridad y a hacer que nuestras comunidades eclesiales sean cada día más acogedoras y fraternas.
Sobre todo a los jóvenes les confío asumir el gran reto que entraña creer en Cristo y lograr que esa fe se manifieste en una cercanía efectiva hacia los pobres. También en una respuesta generosa a las llamadas que Él sigue formulando para dejarlo todo y emprender una vida de total consagración a Dios y a la Iglesia, en la vida sacerdotal o religiosa.
Queridos hermanos y hermanas, les invito a mirar el futuro con esperanza, permitiendo que Jesús entre en sus vidas. Solamente Él es el camino que conduce a la felicidad que no acaba, la verdad que satisface las más nobles expectativas humanas y la vida colmada de gozo para bien de la Iglesia y el mundo. Que Dios les bendiga.



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