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- No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad; y si hallares que tu naturaleza es mudable, trasciéndete a ti mismo (De la verdadera religión).

S. Agustín
- Bienaventurado el que te ama a Ti, Señor; y al amigo en Ti, y al enemigo por Ti, porque sólo no podrá perder al amigo quien tiene a todos por amigos en Aquel que no puede perderse (Confesiones).
- La vida feliz es gozo de la verdad, porque éste es gozo de Ti, que eres la Verdad (Confesiones).
- Esto es lo que necesitamos creer: que la humildad, en virtud de la cual Dios ha nacido de una mujer y ha sido conducido a la muerte de manos de mortales, en medio de tantos ultrajes, es el medicamento más eficaz para sanar el tumor de nuestra soberbia, y es el sublime misterio por el cual el vínculo con el pecado queda disuelto (Sobre la Trinidad).
- Todos aquellos que creen en Cristo, creen en Él para amarlo. Esto, de hecho, es lo que quiere decir creer en Cristo: amar a Cristo (Enarraciones sobre los salmos).
En el Evangelio de este domingo leemos: “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: ‘Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado un hermano’ “. Jesús habla de toda culpa; no restringe el campo sólo a la que se comete contra nosotros. En este último caso de hecho es prácticamente imposible distinguir si lo que nos mueve es el celo por la verdad o nuestro amor propio herido. En cualquier caso, sería más una autodefensa que una corrección fraterna. Cuando la falta es contra nosotros, el primer deber no es la corrección, sino el perdón.
¿Por qué dice Jesús: “repréndele a solas”? Ante todo por respeto al buen nombre del hermano, a su dignidad. Lo peor sería pretender corregir a un hombre en presencia de su esposa, o a una mujer en presencia de su marido; a un padre delante de sus hijos, a un maestro en presencia de sus alumnos, a un superior ante sus subordinados. Esto es, en presencia de las personas cuyo respeto y estima a uno le importa más. El asunto se convierte inmediatamente en un proceso público. Será muy difícil que la persona acepte de buen grado la corrección. Le va en ello su dignidad.
Cuando por cualquier motivo no es posible corregir fraternamente, a solas, a la persona que ha errado, hay algo que absolutamente se debe evitar: la divulgación, sin necesidad, de la culpa del hermano, hablar mal de él o incluso calumniarle, dando por probado aquello que no lo es o exagerando la culpa. “No habléis mal unos de otros”, dice la Escritura (St 4,11).
Una vez una mujer fue a confesarse con San Felipe Neri acusándose de haber hablado mal de algunas personas. El santo la absolvió, pero le puso una extraña penitencia. Le dijo que fuera a casa, tomara una gallina y volviera donde él desplumándola poco a poco a lo largo del camino. Cuando estuvo de nuevo ante él, le dijo: “Ahora vuelve a casa y recoge una por una las plumas que has dejado caer cuando venías hacia aquí”. La mujer le mostró la imposibilidad: el viento las había dispersado. Ahí es donde quería llegar San Felipe. “Ya ves -le dijo- que es imposible recoger las plumas una vez que se las ha llevado el viento, igual que es imposible retirar murmuraciones y calumnias una vez que han salido de la boca”.


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