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Termina el tiempo de Navidad. Y las lecturas de este domingo nos abren al misterio de Jesús. Ya no es un niño en un pesebre. Ni siquiera es un jovenzano que ayuda a su padre en los duros trabajos que un artesano de Galilea de aquel tiempo tenía que hacer para poder malamente sobrevivir (no podemos pensar en el carpintero de hoy, la vida en aquellos tiempos era muy dura).
Ahora ya es un hombre y toma las riendas de su vida. No le llevan sus padres al templo. Es él quien se acerca a Juan, que vive en el desierto, apartado de todos, lejos de los caminos habituales de la gente, para que le bautice.
El Bautismo de Jesús marca un antes y un después en su vida. Para que los que no terminan de creer en la encarnación, el Bautismo no es más que una escena para la galería. El objetivo sería que nosotros comprendiésemos la importancia del sacramento del Bautismo. Pero la encarnación no es un puro revestirse Dios de una forma humana. La encarnación es asumir el ser persona humana en todas sus dimensiones y con todas sus consecuencias. Como cualquier persona tuvo que hacer su itinerario personal hacia la madurez. Y el Bautismo marca un hito en ese camino.
Es el momento en que deja atrás un estilo de vida y comienza lo que se ha dado en llamar su vida pública: el tiempo en que con su palabra y con sus gestos va a predicar el Reino, va a hacer presente el amor de Dios entre los hombres y mujeres de su tiempo. Lo que haga en ese tiempo le llevará a su definitivo enfrentamiento con las autoridades civiles y religiosas del momento. En definitiva, le llevará a la cruz, supremo testimonio de su auto-reconocimiento como hijo de Dios que pone toda su confianza, toda su vida, en las manos del Padre.

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