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El Evangelio de Pascua nos habla de una mujer, Maria Magalena, que llora, llena de desconcierto, como si la muerte de Jesús hubiera sellado el fracaso de todas sus esperanzas. Sin embargo, mientras que, por miedo, los apóstoles de Jesús se han encerrado, ella va a la tumba. Este gesto expresa no solamente su duelo, sino también una espera,, por muy confusa que ella esté . Es la espera de un amor, que ningún sufrimiento por grande que sea puede hacer desaparecer por completo.
Entonces Jesús, el Resucitado, viene hacia ella. Ocurre de una manera completamente inesperada, no triunfalmente, sino tan humildemente que ella no le reconoce, ella le toma por el jardinero. Y Jesús la llama por su nombre, « María », esto va a cambiarlo todo. María reconoce en su corazón la voz de Jesús. Ella se vuelve hacia él y le llama a su vez : « Rabbuní, Señor. » Una vida nueva comienza en ella , tiene confianza en que Jesús está cerca , aunque su presencia sea en adelante diferente. Luego el Resucitado la envia: « Vete donde mis hermanos y diles que ¡he resucitado! » Su vida recibe un sentido nuevo, ella tiene una tarea que cumplir.
También nosotros, somos como María Magdalena junto a la tumba. Como en ella, hay en nosotros una espera, con frecuencia, cuestiones que no están resueltas. La espera, la experimentamos a veces como una carencia o un vacio. La manifestamos quizá mediante un grito de angustia o sin palabras, con un simple suspiro. Desde ahí nuestro ser comienza a abrirse a Dios. Es la espera, aunque confusa, de una comunión, que nos ha hecho vivir ya de la confianza en Dios.

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