
El Señor siempre construye desde nuestra pobreza, nuestra nada. Nos empeñamos, a veces, en ser santos, en construir grandes obras, sin saber que los materiales con los que Dios cuenta es nuestra pobreza pura y dura. Son nuestros cinco panes y dos peces.
Nos gustaría ofrecerle nuestra riqueza y no sabemos que la pobreza nuestra de cada día, no sólo no es obstáculo para identificarnos con sus sentimientos, sino la condición indispensable para que Dios construya. ¡Cuántas veces le decimos a Jesús: ¡Conmigo no puedes nada, yo no tengo solución! ¡No te das cuenta de que quieres dar de comer, saciar el hambre de amor de tanta gente, contando con que no tengo nada! Y, sin embargo, Él siempre cuenta con nuestra nada, con nuestros cinco panes y dos peces para realizar el milagro de la vida
Nuestra pobreza, nuestros panes y peces, es la condición necesaria de Jesús para seguir actuando, para que se realice el milagro. Cuando hoy compruebo que hay tanta gente necesitada de autoestima, que no se siente valorada, que necesita ayuda psicológica, porque su vida les parece irrelevante y sin valor alguno para nadie, siempre me acuerdo de este texto de Juan. Enseguida me crecen las alas del gozo y la autoestima.
Sí, Jesús es el único que construye desde mi pobreza, sólo hay que presentarle lo que tenemos y ofrecerle nuestra pobreza compuesta por cinco panes y dos peces. Es necesario saber que se sube, bajando. Que uno se enriquece desde la pobreza. Es preciso descubrir la grandeza de lo pequeño, el milagro de saber que el Señor sigue construyendo a través de signos pobres; y, sin embargo, si no se ofrecen y se entregan estos signos pobres que son cinco panes y dos peces, no existe milagro, no habrá ninguna multiplicación de panes y peces.
Recuerdo a la Madre Teresa de Calcuta a la que alguien le dijo que su vida era como una gota en el océano. Ella contestó con la sencillez y la sabiduría de los santos: «Es verdad que nuestra vida es como una gota en el océano, pero ¿acaso el océano no está hecho de muchas gotas?» .
El milagro de la multiplicación de los panes y los peces siempre se realiza cuando se comparte pobreza y generosidad, entregada desde nuestra sencillez; cuando se confía en el Dios de lo imposible, como creyó María. De pronto, aquel prado lleno de hierba verde nos recuerda los prados a los que nos conduce el Buen Pastor, que también nos evoca el salmo 22, donde se nos presenta a Jesús como Pastor y Pasto, como Corazón y Ternura: el que realiza el milagro de la vida cuando le ofrecemos nuestros cinco panes y dos peces.
Sólo la confianza total hace el milagro. Sólo en la medida en que le ofrecemos nuestra pobreza y nuestra pequeñez, el Señor luce construyendo vida y sembrando esperanza.

2 comments
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3 Septiembre, 2009 a 03:27
Daniel
Excelente reflexion! Me lleva a pensar en la fascinante figura, y bien moderna por cierto, de Santa Teresita. Ella es considerada Apostol de la Confianza y del Abandono. Abandono en Dios, claro esta. Ciegamente confiar en Dios. De eso se trata. De ahi, que el metodo espiritual o “caminito” de la Carmelita de Lisieux se base en la Infancia Espiritual. Es una forma de vivir el Evangelio que en nuestros dias estamos necesitando con urgencia. Hasta el punto que Juan Pablo II no dudo en proponer la espiritualidad de Santa Teresita al hombre moderno proclamando Teresa doctora de la Iglesia. Mucha de la inseguridad y el miedo que respiramos actualmente se superaria con el abandono y la confianza en Dios. Lejos del Narciso mitologico, el muchachito anonimo que dono los pocos panes y los peces era, con certeza, libre interiormente. Verdaderamente libre. Por que lamentarse de la propia nada? Sabemos delante de que Dios estamos, de Quien? Regocijarnos en la grandeza de Dios importa muchisimo. Es vital. En mi flaqueza brilla la Potencia del Tres veces Santo!
3 Septiembre, 2009 a 21:57
Víctor
Muchas gracias, Daniel, por tu comentario. Me encantó que compartieras esto en el blog. Muy enriquecedor.
Un gran abrazo.