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“No temáis, dentro de unos días vendrá a vosotros el Señor”.

Si queréis, puedo contaros lo que Dios ha hecho conmigo. Felices los que oyen y creen, porque todo creyente concibe y engendra en sí mismo la Palabra de Dios, y reconoce su obra.

Ojalá en todos nosotros haya un alma como la de María y su espíritu, para que también nosotros podamos alegrarnos en Dios y glorificarlo, como ella lo hizo. Porque si corporalmente no hay más que una madre de Cristo, en cambio, por la fe, Cristo es el fruto de todos, pues todos recibimos la Palabra de Dios y todos, por eso, proclamamos la grandeza del Señor y nos alegramos en Dios nuestro Salvador. Si obramos en nuestra vida justa y religiosamente, Cristo vuelve a nacer para todos, para el mundo. Se convierte en Emmanuel, es decir: en “Dios-con-nosotros”. Es Sol, es Luz, Justicia que ilumina, Consuelo y Fortaleza, Pañuelo inmenso para enjugar todas las lágrimas.

Apresúrate, Señor Jesús, y no tardes. Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador! Ven y juega un rato, Señor, conmigo. Que me sienta en mi hogar cuando, interrumpiendo el juego, me digas: “a dormir” e inmediatamente me ponga a descansar en tu regazo. Al despertar, encontraré escrita la palabra amor en todas partes, porque de verdad el amor habrá echado raíces en el corazón las personas. “Ven, luz verdadera. Ven, vida eterna. Ven, misterio escondido. Ven, tesoro sin nombre. Ven, luz sin declive. Ven, despertador de los dormidos…”                                    

San Simón el Nuevo Teólogo

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Por más que leamos el evangelio de este último domingo de Adviento, no deja de sorprender. Que Dios hable con el hombre pertenece a la esencia misma de su hechura: lo creó para dialogar con él cara a cara como es habitual entre amigos y ganarse su confianza. Ahí están los paseos de Dios con Adán, al caer la tarde, en el paraíso de la gracia aún no perdida. Y ahí están los textos bíblicos confirmando diálogos de Dios con el hombre, ya caído en pecado, que expresan hasta qué punto cuenta con él, discute y lucha, conversa y calla, seduce y se deja conquistar por los justos y sencillos. Dios ha hecho al hombre para el diálogo, porque el mismo Dios en su comunión trinitaria dialoga entre sí. También en esto, el hombre es imagen y semejanza suya.

Pero que Dios dialogue, en la cámara secreta de una virgen, solicitando un sí, libre y obediente, para que su Hijo tome nuestra carne y se una para siempre a nuestro destino, sobrepasa toda comprensión y medida de nuestra lógica. Porque aquí, en este diálogo entre Gabriel y María, Dios hace depender su plan salvador del sí de una mujer que lo pronuncia en la plena libertad que le otorga la gracia. Este diálogo, para el que Dios ha preparado desde toda la eternidad a María, indica el grado de confianza que Dios concede al hombre que se deja amar por Él. Dios pidiendo favores; mendigando un sí; buscando complicidad para su obra. ¿Quién podrá mantener la tesis de que Dios no se fía del hombre, o se distancia de él, o le destierra de su lado? ¿Cómo no entender que, desde toda la eternidad, Dios ha querido ser hombre y que en la plenitud de los tiempos quiso ser conocido como el nacido de mujer?

Más aún. Para hacer los mundos, la primera creación, bastó una palabra suya, rotunda y poderosa, dirigida a la nada o al caos informe: Hágase. Y la luz, las aguas, la tierra y las luminarias del cielo, los animales y el hombre fueron hechos. La creación quedó concluida. Ahora, cuando llega el momento de la nueva y segunda creación, Dios dialoga con una virgen llamada María, y le pide que sea ella quien pronuncie el hágase de los nuevos orígenes; un hágase que sonaría en los oídos de Dios como un eco, pobre y humilde, virginal y obediente, dicho en la fe, de aquel primer hágase que constituyó los mundos. Cuando el hágase en mí según tu palabra resonó en lo más alto del cielo, Dios consumó su diálogo con el hombre, y le habló para siempre su Palabra, el Verbo; y se lo dio a una Virgen que con su sí abrió las puertas de su seno a la nueva creación que es Jesucristo.

¿Y habrá quien piense aún que Dios no se fía del hombre?

César Franco

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El tercer domingo de Adviento se llama domingo «de la alegría» y marca el paso de la primera parte, prevalecientemente austera y penitencial, del Adviento a la segunda parte dominada por la espera de la salvación cercana. El título le viene de las palabras «Estad siempre alegres» (gaudete) que se escuchan al inicio de la Misa: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca» (Filipenses, 4,4-5). Pero el tema de la alegría invade también el resto de la liturgia de la Palabra. En la primera lectura oímos el grito del profeta: «Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios». El Salmo responsorial es el Magnificat de María, intercalado del estribillo: «Me alegro con mi Dios». La segunda lectura, finalmente, comienza con las palabras de Pablo: «Hermanos: Estad siempre alegres».

Ser felices es tal vez el deseo humano más universal. Todos quieren ser felices. El poeta alemán Schiller cantó este anhelo universal al gozo en una poesía que después Beethoven inmortalizó, haciendo el famoso Himno a la Alegría que concluye la Novena Sinfonía. También el Evangelio es, a su modo, un largo himno a la alegría. El nombre mismo «evangelio» significa, como sabemos, feliz noticia, anuncio de alegría. Pero el discurso de la Biblia sobre la alegría es un discurso realista, no idealista ni veleidoso. Con la comparación de la mujer que da a luz (Juan 16,20-22), Jesús nos ha dicho muchas cosas. El embarazo no es en general un período fácil para la mujer. Es más bien un tiempo de molestias, de limitaciones de todo tipo: no se puede hacer, comer ni llevar puesto lo que se desea, ni ir adonde se quiera. Sin embargo, cuando se trata de un embarazo deseado, vivido en un clima sereno, no es un tiempo de tristeza, sino de alegría. El porqué es sencillo: se mira adelante, se pregusta el momento en que se podrá tener en brazos a la propia criatura. He oído a varias madres decir que ninguna otra experiencia humana se puede comparar a la felicidad que se experimenta al convertirse en madre.

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CINCO PANES Y DOS PECES

Este breve libro nos introduce en la experiencia de monseñor Van Thuân, testigo de Jesús desde la cárcel.
A partir de fragmentos del mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Juventud de 1997, el autor nos presenta siete reflexiones dirigidas especialmente a los jóvenes. En ellas, bajo el título evocador de Cinco panes y dos peces, nos ofrece su testimonio sobre la importancia de vivir el momento presente, la elección de Dios, la oración, la Eucaristía, el amor con la medida de Jesús, la maternidad de María y cómo renovar el mundo siguiendo a Cristo.

 


thuanMonseñor François-Xavier Nguyên Van Thuân nace en 1928 en Hue, región central de Vietnam. Es ordenado sacerdote en 1953 y licenciándose en derecho canónico en Roma el año 1958. Obispo de Nhatrang de 1967 a 1975, ese año Pablo VI le nombra obispo coadjutor de Saigón, actualmente ciudad de Ho Chi-Minh. Algunos meses más tarde, con la llegada del régimen comunista es arrestado permaneciendo en la cárcel de 1975 a 1988, nueve de los cuales en régimen de aislamiento. Juan Pablo II le nombró Presidente del Pontificio Consejo de la Justicia y de la Paz y posteriormente le creó cardenal. “Ha fallecido un santo” explicó el obispo Gianpaolo Crepaldi, secretario de este mismo Consejo, al dar la noticia del fallecimiento del cardenal, el 16 de septiembre de 2002. De entre sus diversos libros están publicados “Plegarias de esperanza” (San Pablo, 1997), “El camino de la esperanza” (Città Nuova, 1992), publicado en ocho idiomas. “Testigos de esperanza”, “Cinco panes y dos peces” y “El gozo de la esperanza” (Ciudad Nueva, Madrid).

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Una de las grandes estrellas de las narraciones de Adviento y de Navidad, Juan el Bautista, hace hoy su aparición en el escenario bíblico. Consideremos juntos algunos detalles de la vida de Juan y veamos por qué es tan buen modelo para nosotros. Juan Bautista no tenía pelos en la lengua. Decía lo que pensaba y lo que hacía falta. Hoy nos dirigiría palabras igualmente crudas: tocarían directamente los puntos débiles de nuestras vidas. Juan Bautista predicaba el arrepentimiento con credibilidad porque antes amaba la Palabra de Dios que había escuchado en el corazón de su propio desierto.

Escuchó, experimentó y vivió la palabra liberadora de Dios en el desierto. Su eficacia en el anuncio de esta palabra se debía al hecho de que su vida y su mensaje eran una sola cosa. La doblez es una de las cosas más desalentadoras que tenemos que afrontar en nuestras vidas. Cuántas veces nuestras palabras, nuestros pensamientos y nuestros gestos no son coherentes. Los verdaderos profetas de Israel nos ayudan a luchar contra toda forma de doblez.

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 ·    Santa María,  madre nuestra: Míranos como hijos, con ternura. 

·    Santa María, llena del espíritu: Enséñanos a ser templos vivos.

·    Santa María, sede de la sabiduría: Pidenos los dones del Espíritu.

·    Santa María, nueva Eva: Renuévanos a imagen de tu Hijo.

·    Santa María, mujer creyente: Contágianos de tu fe.

·    Santa María, esperanza nuestra: Sostennos en nuestra espera.

·    Santa María, madre de amor: Envuélvenos en tu misericordia.

·    Santa María, fuente de alegría: Vístenos de fiesta.

·    Santa María, reina de la paz: Haznos merecedores de tus premios.

·    Santa María, divina enfermera: Danos medicinas y actitudes samaritanas.

·    Santa María, Casa de la Palabra: Ábrenos la puerta.

·    María de los mil nombres: acércanos al misterio de Cristo.

·    Madre de la unidad: ayúdanos a vivir en paz, buscando todos a Cristo

·    Santa María de la urgencia: que no seamos tranquilos ni conformistas

·    Santa María del silencio: que sepamos escuchar la Palabra

·    Santa María, nueva oportunidad: ponnos de nuevo, delante de Jesús

·    Santa María de la ilusión:

   eleva el tono interior de nuestro ser, danos entusiasmo.

·    María, presencia en nuestra historia:

   regálanos a Cristo cada día

·    Santa María de cada día:

  ayúdanos a hacer lo ordinario de manera extraordinaria

·    María, Madre del Buen Consejo:

  guía nuestros pasos por el camino de la Verdad

·    María, mujer de los ojos de Dios:

 que miremos a cada persona como Dios la ve

·    Perfecta discípula de Cristo:

 ayúdanos a seguir a tu Hijo desde la propia vocación

·    Madre de todos los hombres: cuida especialmente de los más desvalidos

 

 

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Santa María, tú que un día escuchaste la voz de Dios,

y abriste al corazón a su llamada,

 ¡enséñanos a escuchar!

Tú que escogiste el camino verdadero entre los que el mundo ofrece,

¡enséñanos a escoger!

Tú que sonríes en cada nuevo día sin temer el misterio del porvenir,

¡enséñanos a sonreír!

Tú que entregas tu corazón entero al corazón del Padre, sin vacilar,

¡enséñanos a esperar!

Tú que eres feliz en tu entrega sin nada recibir, nada esperar, ¡enséñanos a amar!

Tú que das testimonio del Amor, que preparas en la tierra la eternidad,

¡enséñanos a vivir en santidad!

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La Iglesia entra este fin de semana en el tiempo litúrgico de Adviento. Los cristianos proclaman que el Mesías ha venido realmente y que el reino de Dios está a nuestro alcance. El Adviento no cambia a Dios. El Adviento profundiza en nuestro deseo y en nuestra espera de que Dios realice lo que los profetas anunciaron. Rezamos para que Dios ceda a nuestra necesidad de ver y sentir la promesa de salvación aquí y ahora.

Durante este tiempo de deseo y de espera del Señor, se nos invita a rezar y a profundizar en la Palabra de Dios, pero estamos llamados ante todo a convertirnos en reflejo de la luz de Cristo, que en realidad es el mismo Cristo. De todas formas, todos sabemos lo difícil que es reflejar la luz de Cristo, especialmente cuando hemos perdido nuestras ilusiones, cuando nos hemos acostumbrado a una vida sin luz y ya no esperamos más que la mediocridad y el vacío. Adviento nos recuerda que tenemos que estar listos para encontrar al Señor en todo momento de nuestra vida. Como un despertador despierta a su propietario. Adviento despierta a los cristianos que corren el riesgo de dormirse en la vida diaria.

¿Qué esperamos de la vida o a quién esperamos? ¿Por qué regalos o virtudes rezamos en este año? ¿Deseamos reconciliarnos en nuestras relaciones rotas? En medio de nuestras oscuridades, de nuestras tristezas y secretos, ¿qué sentido deseamos encontrar? ¿Cómo queremos vivir las promesas de nuestro Bautismo? ¿Qué cualidades de Jesús buscaremos para nuestras propias vidas en este Adviento? Con frecuencia, las cosas, las cualidades, los regalos o las personas que buscamos y deseamos dicen mucho sobre quiénes somos realmente. ¡Dime qué esperas y te diré quién eres!

 

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“No temáis, dentro de cinco días vendrá a vosotros el Señor”.

Si queréis, puedo contaros lo que Dios ha hecho conmigo. Felices los que oyen y creen, porque todo creyente concibe y engendra en sí mismo la Palabra de Dios, y reconoce su obra. Ojalá en todos nosotros haya un alma como la de María y su espíritu, para que también nosotros podamos alegrarnos en dios y glorificarlo, como ella lo hizo. Porque si corporalmente no hay más que una madre de Cristo, en cambio, por la fe, Cristo es el fruto de todos, pues todos recibimos la Palabra de Dios y todos, por eso, proclamamos la grandeza del Señor y nos alegramos en Dios nuestro Salvador. Si obramos en nuestra vida justa y religiosamente, Cristo vuelve a nacer para todos, para el mundo. Se convierte en Emmanuel, es decir: en “Dios-con-nosotros”. Es Sol, es Luz, Justicia que ilumina, Consuelo y Fortaleza, Pañuelo inmenso para enjugar todas las lágrimas.

Apresúrate, Señor Jesús, y no tardes. Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador! Ven y juega un rato, Señor, conmigo. Que me sienta en mi hogar cuando, interrumpiendo el juego, me digas: “a dormir” e inmediatamente me ponga a descansar en tu regazo. Al despertar, encontraré escrita la palabra amor en todas partes, porque de verdad el amor habrá echado raíces en el corazón las personas. “Ven, luz verdadera. Ven, vida eterna. Ven, misterio escondido. Ven, tesoro sin nombre. Ven, luz sin declive. Ven, despertador de los dormidos…”                                    

San Simón el Nuevo Teólogo

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  Nuestra vida es adviento:
  Dios está viniendo.
  Él viene en su Palabra,
  en su Espíritu que nos da la fe,
  en los sacramentos de la Iglesia,
  en las luchas y alegrías de la vida,
  en cada uno de nuestros hermanos,
  sobre todo en los más pobres y sufridos.
  Hay que saber esperar a Dios.
  Hay que saber buscar a Dios.
  Hay que saber descubrir a Dios.

  Hay muchos que se cansan de esperar,
  porque la vida se ha puesto muy dura.
  Y hay muchos que no saben buscar a Dios
  día a día, en el trabajo, en casa, en la calle,
  en la lucha por los derechos de todos,
  en la oración, en la fiesta de los hermanos. 

  Estamos en el Adviento.
  Luego llegará la Navidad.
  Dios está llegando siempre.

 

Abramos los ojos de la fe,
abramos los brazos de la esperanza,
abramos el corazón del amor.

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 II Domingo de Adviento: Mt 3, 1-12 

«Voz del que grita en el desierto: preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas».

   Enderezar un sendero para el Señor significa emprender la reforma de nuestra vida, convertirse. Lo que hay que allanar y los obstáculos que hay que retirar son el orgullo -que lleva a ser despiadado, sin amor hacia los demás–, la injusticia -que engaña al prójimo, tal vez aduciendo pretextos de resarcimiento y de compensación para acallar la conciencia–, por no hablar de rencores, venganzas, traiciones en el amor. Son hondonadas a colmar la pereza, la desidia, la incapacidad de imponerse un mínimo esfuerzo, todo pecado de omisión.

   Pero la palabra de Dios jamás nos aplasta bajo una mole de deberes sin darnos al mismo tiempo la seguridad de que Él nos brinda lo que nos manda hacer. Dios, dice el profeta Baruc, «ha ordenado que sean rebajados todo monte elevado y los collados eternos, y colmados los valles hasta allanar la tierra, para que Israel marche en seguro bajo la gloria de Dios». Dios allana, Dios colma, Dios traza la senda; es tarea nuestra secundar su acción, recordando que «quien nos ha creado sin nosotros, no nos salva sin nosotros».

R. Cantalamessa

    I Domingo de Adviento: Mt 24, 37-44

  La palabra que destaca sobre todas, en el Evangelio de este primer domingo de Adviento, es: «Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor… Estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre». Se pregunta a veces por qué Dios nos esconde algo tan importante como es la hora de su venida, que para cada uno de nosotros, considerado singularmente, coincide con la hora de la muerte. La respuesta tradicional es: «Para que estuviéramos alerta, sabiendo cada uno que ello puede suceder en sus días» (San Efrén el Sirio). Pero el motivo principal es que Dios nos conoce; sabe qué terrible angustia habría sido para nosotros conocer con antelación la hora exacta y asistir a su lenta e inexorable aproximación. Es lo que más atemoriza de ciertas enfermedades. Son más numerosos hoy los que mueren de afecciones imprevistas de corazón que los que mueren de «penosas enfermedades». Si embargo dan más miedo estas últimas porque nos parece que privan de esa incertidumbre que nos permite esperar.

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  La incertidumbre de la hora no debe llevarnos a vivir despreocupados, sino como personas vigilantes. La misma naturaleza en otoño nos invita a reflexionar sobre el tiempo que pasa.  «El tiempo pasa y el hombre no se da cuenta», decía Dante. Un antiguo filósofo expresó esta experiencia fundamental con una frase que se ha hecho célebre: «panta rei», o sea, todo pasa. El mundo permanece, pero nosotros nos vamos uno tras otro. De todos los nombres, los rostros, las noticias que llenan los periódicos y los telediarios del día –de mí de ti, de todos nosotros–, ¿qué permanecerá de aquí a algún año o década? Nada de nada. El hombre no es más que «un trazo que crea la ola en la arena del mar y que borra la ola siguiente».  

  Veamos qué tiene que decirnos la fe a propósito de este dato de hecho de que todo pasa. «El mundo pasa, pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Jn 2, 17). Así que existe alguien que no pasa, Dios, y existe un modo de que nosotros no pasemos del todo: hacer la voluntad de Dios, o sea, creer, adherirnos a Dios. En esta vida somos como personas en una balsa que lleva un río en crecida a mar abierto, sin retorno. En cierto momento, la balsa pasa cerca de la orilla. El náufrago dice: «¡Ahora o nunca!», y salta a tierra firme. ¡Qué suspiro de alivio cuando siente la roca bajo sus pies! Es la sensación que experimenta frecuentemente quien llega a la fe. Podríamos recordar, como conclusión de esta reflexión, las palabras que santa Teresa de Ávila dejó como una especie de testamento espiritual: «Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa. Sólo Dios basta».

 

R. Cantalamessa

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CREER PARA VER

Padre, en aquellos momentos en que cuestionan mi fe dame serenidad y fuerza… Señor, cuando yo mismo me pregunte quien soy y quien eres para mí ayúdame a sentir Tu Amor … Que crea Padre, como el ciego, que confíe en Ti, que espere en Ti y que descubra quién eres en mi vida… Que me aferre, Señor, al Padre que ama, que cuida y protege a sus hijos, Y me aleje de la imagen castigadora y distante del fariseo… Porque al final siempre eres ternura, entrega y generosidad… Que la oración sea mi agua de Siloé, que tu Palabra sea el encuentro en el camino… que mi fe sea mi vista… que no se cierren mis ojos, que vea al mirar… Que me deje hacer por Ti como el ciego de Siloé… Y que mi boca bendiga tu nombre por haber experimentado tu Amor recibido.