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Renovemos hoy la esperanza en la vida eterna fundada realmente en la muerte y resurrección de Cristo.
“He resucitado y ahora estoy siempre contigo”, nos dice el Señor, y mi mano te sostiene. Dondequiera que puedas caer, caerás entre mis manos, y estaré presente incluso a las puertas de la muerte. A donde ya nadie puede acompañarte y a donde no puedes llevar nada, allí te espero para transformar para ti las tinieblas en luz.
Pero la esperanza cristiana nunca es solamente individual; también es siempre esperanza para los demás. Nuestras existencias están profundamente unidas unas a otras, y el bien y el mal que cada uno realiza también afecta siempre a los demás. Así, la oración de un alma peregrina en el mundo puede ayudar a otra alma que se está purificando después de la muerte.
Por eso hoy la Iglesia nos invita a rezar por nuestros queridos difuntos y a visitar sus tumbas en los cementerios. Que María, Estrella de la esperanza, haga más fuerte y auténtica nuestra fe en la vida eterna y sostenga nuestra oración de sufragio por los hermanos difuntos.
Benedicto XVI
En este domingo dedicado a las misiones, me dirijo ante todo a vosotros, Hermanos en el ministerio episcopal y sacerdotal, y también a vosotros, hermanos y hermanas de todo el Pueblo de Dios, para exhortar a cada uno a reavivar en sí mismo la conciencia del mandato misionero de Cristo de hacer “discípulos a todos los pueblos” (Mt 28,19), siguiendo los pasos de San Pablo, el Apóstol de las Gentes.
“Las naciones caminarán a su luz” (Ap 21,24). Objetivo de la misión de la Iglesia es, en efecto, iluminar con la luz del Evangelio a todos los pueblos en su camino histórico hacia Dios, para que en Él tengan su realización plena y su cumplimiento. Debemos sentir el ansia y la pasión por iluminar a todos los pueblos con la luz de Cristo, que brilla en el rostro de la Iglesia, para que todos se reúnan en la única familia humana, bajo la paternidad amorosa de Dios.
En esta perspectiva los discípulos de Cristo dispersos por todo el mundo trabajan, se esfuerzan, gimen bajo el peso de los sufrimientos y donan la vida. Reafirmo con fuerza lo que ha sido varias veces dicho por mis venerados predecesores: la Iglesia no actúa para extender su poder o afirmar su dominio, sino para llevar a todos a Cristo, salvación del mundo. Nosotros no pedimos sino el ponernos al servicio de la humanidad, especialmente de aquella más sufriente y marginada, porque creemos que “el esfuerzo orientado al anuncio del Evangelio a los hombres de nuestro tiempo… es sin duda alguna un servicio que se presta a la comunidad cristiana e incluso a toda la humanidad” (Evangelii nuntiandi, 1), la cual “está conociendo grandes conquistas, pero parece haber perdido el sentido de las realidades últimas y de la misma existencia” (Redemptoris missio, 2).

Queridos amigos, no es difícil constatar que en todo joven hay una aspiración a la felicidad, quizás mezclada con un sentimiento de inquietud; una aspiración que sin embargo a menudo la actual sociedad de consumo aprovecha de forma falsa y alienante. Es necesario en cambio valorar seriamente el anhelo a la felicidad que exige una respuesta verdadera y exhaustiva. A vuestra edad se realizan de hecho las primeras grandes elecciones, capaces de orientar la vida hacia el bien o hacia el mal. Por desgracia no son pocos vuestros coetáneos que se dejan atraer por espejismos ilusorios de paraísos artificiales para encontrarse después en una triste soledad. Hay también sin embargo muchos chicos y chicas que quieren transformar, como ha dicho vuestro portavoz, la doctrina en acción para dar un sentido pleno a sus vidas.
Os invito a todos a mirar a la experiencia de san Agustín, que decía que el corazón de toda persona está inquieto hasta que no encuentra lo que verdaderamente busca. Y él descubrió que sólo Jesucristo era la respuesta satisfactoria al deseo, suyo y de cada hombre, de una vida feliz, llena de significado y de valor.

Quédate con nosotros, Señor, acompáñanos aunque no siempre hayamos sabido reconocerte. Quédate con nosotros, porque en torno a nosotros se van haciendo más densas las sombras, y tú eres la Luz; en nuestros corazones se insinúa la desesperanza, y tú los haces arder con la certeza de la Pascua. Estamos cansados del camino, pero tú nos confortas en la fracción del pan para anunciar a nuestros hermanos que en verdad tú has resucitado y que nos has dado la misión de ser testigos de tu resurrección.
Quédate con nosotros, Señor, cuando en torno a nuestra fe católica surgen las nieblas de la duda, del cansancio o de la dificultad: tú, que eres la Verdad misma como revelador del Padre, ilumina nuestras mentes con tu Palabra; ayúdanos a sentir la belleza de creer en ti


Es la tercera encíclica de Benedicto XVI en el año quinto de su Pontificado. Está firmada el 29 de junio, en la solemnidad de San Pedro y San Pablo, de 2009. Esta nueva encíclica trata los temas del desarrollo del mundo de hoy, siguiendo la propuesta de Pablo VI en 1967. Temas como la crisis económica, el medio ambiente, la cooperación internacional y la reforma de la Organización de las Naciones Unidas, son tratados por el Papa en contexto de la Caridad en la Verdad.
Con este documento, Benedicto XVI coloca a la Populorum Progressio a la altura de la Rerum Novarum-RN (1891) de León XIII. Con la RN se inició una gran corriente del compromiso social de una Iglesia, abierta a la sociedad y al mundo, preocupada por los problemas de los sectores populares, particularmente obreros y campesinos. Vino después la Quadragesimo Anno (1931) de Pío XI, la Mater et Magistra (1961) de Juan XXIII, la Octogesima Adveniens (1971) de Pablo VI, la Laborem exercens (1981) y la Centesimus Annus (1991) de Juan Pablo II.
Con la Populorum progressio (1967) se ha iniciado una nueva corriente del pensamiento social de la Iglesia, centrada en el tema del desarrollo integral de cada persona y de todos los pueblos. En esta misma línea Juan Pablo II escribió la Sollicitudo rei socialis (1987) y ahora Benedicto XVI nos regala la Caritas in Veritate.
A continuación ofrecemos una síntesis sobre la CARITAS IN VERITATE de Benedicto XVI

Verán ustedes, no es con medidas puramente técnicas como se terminará con la adicción al tabaco, con sus consecuencias: el aumento de cáncer de pulmón, de vejiga, etc. Desde luego, poner filtros en los cigarrillos puede limitar los daños. Pero su presencia da a los fumadores una falsa seguridad, y no se preguntan sobre sus motivos y responsabilidades. La verdadera solución, la solución a fin de cuentas, está en la educación: habría que enseñar a la gente a dominar su angustia en vez de fumar como carreteros. Es a ese precio como redescubrirán la alegría de respirar los verdaderos olores de la vida.
Bravo, querido doctor, y gracias por esta bonita lección de humanismo!
Publicamos algunos fragmentos de la carta que ha enviado Benedicto XVI a los sacerdotes al comenzar el Año Sacerdotal, que ha proclamado con motivo del 150° aniversario de la muerte de san Juan María Vianney, el santo cura de Ars.
Queridos hermanos en el Sacerdocio:
He resuelto convocar oficialmente un “Año Sacerdotal” con ocasión del 150 aniversario del “dies natalis” de Juan María Vianney, el Santo Patrón de todos los párrocos del mundo, que comenzará el viernes 19 de junio de 2009, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús -jornada tradicionalmente dedicada a la oración por la santificación del clero-. Este año desea contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo, y se concluirá en la misma solemnidad de 2010.
“El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús“, repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars. Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma. Tengo presente a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida. ¿Cómo no destacar sus esfuerzos apostólicos, su servicio infatigable y oculto, su caridad que no excluye a nadie? Y ¿qué decir de la fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes que, a pesar de las dificultades e incomprensiones, perseveran en su vocación de “amigos de Cristo”, llamados personalmente, elegidos y enviados por Él? (…)

Con ocasión del 150° aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars, Juan María Vianney, Benedicto XVI ha convocado, del 19 de junio de 2009 al 19 de junio de 2010, un especial Año Sacerdotal, que tendrá como tema “Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote”.
El Santo Padre lo abrirá presidiendo la celebración de las Vísperas, el 19 de junio D.m. solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y jornada de santificación sacerdotal, en presencia de la reliquia del Cura de Ars traída por el obispo de Belley-Ars; lo cerrará, el 19 de junio de 2010, tomando parte en un “Encuentro Mundial Sacerdotal” en la Plaza de San Pedro.
Durante este Año jubilar, Benedicto XVI proclamará a san Juan María Vianney “Patrono de todos los sacerdotes del mundo”. Se publicará además el “Directorio para los Confesores y Directores Espirituales”, junto con una recopilación de textos del Sumo Pontífice sobre los temas esenciales de la vida y de la misión sacerdotal en la época actual.
El objetivo de este año es, según expresó el propio Papa, “ayudar a percibir cada vez más la importancia del papel y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad contemporánea”. Otro tema importante en el que se quiere incidir es en “la necesidad de potenciar la formación permanente de los sacerdotes ligándola a la de los seminaristas”.

Cincuenta años después de la convocación del Concilio Vaticano II, la barca de Pedro es zarandeada por dos interpretaciones extremistas y contrapuestas de aquella cumbre ecuménica que cambió la historia de la Humanidad: los que niegan su validez (conocidos como tradicionalistas) y los que lo interpretan como una ruptura con la Tradición. Ahora, tras las borrascas de las décadas pasadas, Benedicto XVI presenta el Concilio como la brújula de la Iglesia para este inicio de milenio.
¿En qué punto se encuentra la Iglesia? Esta pregunta, que mucha gente se hace tras leer todo tipo de noticias en medios de comunicación, la planteó, el pasado 26 de mayo, el mismo Benedicto XVI, en una ocasión particularmente solemne: la inauguración del congreso de la diócesis de Roma, su diócesis, el acontecimiento anual más importante para el territorio de la sede de Pedro. Las divisiones que la Iglesia ha vivido en estas décadas, particularmente agudas en los años setenta y ochenta, pero todavía hoy no superadas -explicó el Santo Padre-, se deben precisamente a las dificultades que se han experimentado en la recepción de la doctrina del Concilio.
En definitiva, la Iglesia todavía hoy sufre la tensión entre quienes niegan el valor y la doctrina de los documentos conciliares, como es el caso de grupos llamados tradicionalistas, y quienes ven en el Concilio el nacimiento de una nueva Iglesia, que rompe con el pasado, abandona su Tradición e incluso se contrapone a ésta. Es el modelo de una malentendida Iglesia democratizada.

El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia. ¿Sin Él a qué quedaría reducida? Sería ciertamente un gran movimiento histórico, una compleja y sólida institución social, quizá una especie de agencia humanitaria. Y, en realidad, así la consideran quienes la ven fuera de una perspectiva de fe. Sin embargo, en su verdadera naturaleza y también en su más auténtica presencia histórica, la Iglesia es incesantemente modelada y guiada por el Espíritu de su Señor. Es un cuerpo vivo, cuya vitalidad es precisamente fruto del invisible Espíritu divino.

PEREGRINACIÓN DEL PAPA BENEDICTO XVI A TIERRA SANTA
“Me haré peregrino de paz, en el nombre del único Dios
que es Padre de todos”.

En estos días pascuales sentiremos a menudo resonar las palabras de Jesús: “He resucitado y estaré siempre con vosotros”.
Haciéndose eco a este anuncio, la Iglesia proclama exultante: “¡Sí, estamos seguros! ¡El Señor verdaderamente ha resucitado, aleluya! ¡A Él gloria y poder por los siglos”. Toda la Iglesia en esta fiesta manifiesta sus sentimientos cantando: “Este es el día de Cristo el Señor”…
…Y nosotros, resucitados con Cristo mediante el Bautismo, debemos ahora seguirlo fielmente en la santidad de vida, caminando sin parar a la Pascua eterna, con el apoyo de una toma de conciencia de que las dificultades, las luchas, las pruebas, los sufrimientos de la existencia humana, incluida la muerte ahora ya no podrán más separarnos de Él y de su amor.
Su resurrección ha creado un puente entre el mundo y la vida eterna, en el que cada hombre y cada mujer pueden llegar a alcanzar la verdadera meta de nuestro peregrinaje terreno…

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