You are currently browsing the category archive for the 'Domingo del Señor' category.

Se acerca el fin del año litúrgico. Por eso, los textos bíblicos de hoy nos hablan, como todos los años, de la vuelta gloriosa de Cristo, del fin del mundo, del juicio universal. Estas promesas entusiasmaban a los primeros cristianos. Era esta fe, esta espera activa, la que impresionaba a sus contemporáneos. Porque aquellos cristianos no vivían como los demás, es decir, como gente sin esperanza.
¿Y nosotros? La verdad es que muchos no se sienten familiarizados con estos pensamientos. Nosotros no nos sentimos ni animados con estas promesas, ni inquietados por estas amenazas tan lejanas. Pocos de nosotros alimentan su vida religiosa con estos pensamientos. Sin embargo, estos sucesos tendrán lugar, algún día. Es cuestión de fe que Nuestro Señor ha de volver; es cuestión de fe que este mundo tendrá fin.

Las apariencias, tantas veces, engañan. El valor de las cosas no depende de su tamaño, ni de su brillo, ni del ruido que producen. Hay pequeñas cosas, detalles menudos, que de pronto son capaces de convertirse en protagonistas de todo un paisaje. Jesús, como haría un buen director de cine, sabe acercar unas veces su cámara a un detalle que parecía insignificante, y hacer que crezca, que se destaque y se adueñe de la pantalla; otras, en cambio, pasean su mirada con indiferencia, sin detenerse siquiera, sobre sucesos y personas que acaparan la atención de la gente.
Es que Él tiene otra manera de ver las cosas, otra escala de valores. Para Él, por ejemplo, lo importante no es dar, sino darse. Por eso, no lo engaña el ruido de un torrente de monedas cayendo en el cepillo del Templo: es un ruido engañoso, porque viene de alguien que da de lo que le sobra. Pero los oídos atentos de su corazón captan un sonido casi imperceptible: el que producen, al caer en el cepillo, dos moneditas; las está echando, casi a escondidas, una pobre viuda. Jesús percibe que ahí está latiendo un corazón; ahí hay alguien que se está dando a sí mismo.
Entonces toma Jesús ese trozo de vida y nos lo pone delante de los ojos. Llama a sus discípulos y les dice: ‘Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.
![]()
Hace tiempo que los científicos envían señales al cosmos en espera de respuestas de parte de seres inteligentes en algún planeta perdido. La Iglesia desde siempre mantiene un diálogo con los habitantes de otro mundo, los santos. Es cuanto proclamamos al decir: «Creo en la comunión de los santos». Aunque existieran habitantes fuera del sistema solar, la comunicación con ellos sería imposible porque entre la pregunta y la respuesta pasarían millones de años. Aquí en cambio la respuesta es inmediata porque existe un centro de comunicación y de encuentro común que es Cristo Resucitado.
Tal vez también por el momento del año en que cae, la Solemnidad de todos los santos tiene algo especial que explica su popularidad y las numerosas tradiciones ligadas a ella en algunos sectores de la cristiandad. El motivo está en lo que dice Juan en la segunda lectura. En esta vida «somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos»; somos como el embrión en el seno de la madre que anhela nacer. Los santos han «nacido» (la liturgia llama «día del nacimiento», dies natalis, al día de su muerte); contemplarles es contemplar nuestro destino. Mientras a nuestro alrededor la naturaleza se desnuda y caen las hojas, la fiesta de todos los santos nos invita a mirar a lo alto; nos recuerda que no estamos destinados a marchitarnos en tierra para siempre, como las hojas.

Bartimeo, el ciego de Jericó, es un hombre que vive a oscuras. Ya ha oído de Jesús, y de sus curaciones y milagros… Y ese día escucha ruidos desacostumbrados. Pregunta qué ocurre y se entera que es Jesús de Nazaret que pasa por el camino. Al oírlo se llenó de fe su corazón. Jesús era la gran oportunidad de su vida. Y comenzó a gritar con todas sus fuerzas:¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!. En su alma, la fe se hace oración.
Reflexiona San Agustín esta escena diciendo: También nosotros tenemos cerrados los ojos y el corazón y pasa Jesús para que clamemos. Tenemos que gritarle con la oración y con las obras. Debemos pedir ayuda al Señor.
En este domingo dedicado a las misiones, me dirijo ante todo a vosotros, Hermanos en el ministerio episcopal y sacerdotal, y también a vosotros, hermanos y hermanas de todo el Pueblo de Dios, para exhortar a cada uno a reavivar en sí mismo la conciencia del mandato misionero de Cristo de hacer “discípulos a todos los pueblos” (Mt 28,19), siguiendo los pasos de San Pablo, el Apóstol de las Gentes.
“Las naciones caminarán a su luz” (Ap 21,24). Objetivo de la misión de la Iglesia es, en efecto, iluminar con la luz del Evangelio a todos los pueblos en su camino histórico hacia Dios, para que en Él tengan su realización plena y su cumplimiento. Debemos sentir el ansia y la pasión por iluminar a todos los pueblos con la luz de Cristo, que brilla en el rostro de la Iglesia, para que todos se reúnan en la única familia humana, bajo la paternidad amorosa de Dios.
En esta perspectiva los discípulos de Cristo dispersos por todo el mundo trabajan, se esfuerzan, gimen bajo el peso de los sufrimientos y donan la vida. Reafirmo con fuerza lo que ha sido varias veces dicho por mis venerados predecesores: la Iglesia no actúa para extender su poder o afirmar su dominio, sino para llevar a todos a Cristo, salvación del mundo. Nosotros no pedimos sino el ponernos al servicio de la humanidad, especialmente de aquella más sufriente y marginada, porque creemos que “el esfuerzo orientado al anuncio del Evangelio a los hombres de nuestro tiempo… es sin duda alguna un servicio que se presta a la comunidad cristiana e incluso a toda la humanidad” (Evangelii nuntiandi, 1), la cual “está conociendo grandes conquistas, pero parece haber perdido el sentido de las realidades últimas y de la misma existencia” (Redemptoris missio, 2).

Elisama era un hombre afortunado. Gozaba de excelente reconocimiento en Jerusalén, su lugar habitual de residencia. La mansión en que vivía estaba situada en el barrio más lujoso de la ciudad, era muy amplia y revelaba el buen gusto de su propietario. Elisama tenía tres hijas que eran el encanto de sus ojos. El hijo, Elifeleth, era un joven formal, prometedor, un chico verdaderamente legal. Pero llevaba varios meses enfermo: una rara melancolía se había apoderado de él, los médicos consultados no acertaban con el remedio para aquel estado de postración. Ni la bonanza del clima, ni el cariño de las hermanas, ni la presencia del padre liberaban al joven de la negra pena que se le había inflitrado en la más profunda entraña.
Elifeleth era el joven del relato evangélico de hoy. No lo acabo de inventar. Leed Las figuras de la Pasión del Señor, una obra de Gabriel Miró, si queréis conocer más a fondo al personaje. El escritor valenciano casi no hace otra cosa que desarrollar el apunte que nos ofrece el evangelista: “a estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico”.

Cuando las personas conocen la postura de la Iglesia sobre el divorcio, la reacción más común es el escándalo: “… entonces, qué quiere la Iglesia, que si no son felices continúen sufriendo juntos…” ; “La Iglesia es muy injusta con los divorciados…”; “Seguro que Jesús hubiese tenido más misericordia…”. Desconocen nuestros amigos que Jesús fue infinitamente más radical. El Señor llegó a decir que si alguien casado miraba a otra deseándola en su corazón —fíjate que ni siquiera hace alusión a los físico—, ya había cometido adulterio…
¿Es tan inhumana nuestra fe con los seres humanos? ¿Vivimos en una fe que no entiende los problemas y dificultades de las personas de hoy? Es el tema de siempre. Hacer que Dios se haga presente en nuestra vida significa adquirir un estilo de vida según el Evangelio. Cuando una pareja ilusionada va a casarse por la Iglesia, descubrimos que en la mayoría de los casos no viven una vida previa de fe. De esta manera el contenido real de lo que significa el matrimonio queda poco menos que ignorado.
¿Por qué se casa la gente por la Iglesia? No seamos ingenuos, todos lo sabemos. En la mayoría de los casos el planteamiento menos importante es el de la fe. Se va a las charlas prematrimoniales a regañadientes, se quiere convertir la Iglesia en un bosque floreado, y cuando se reparten las invitaciones de boda, se les olvida invitar a Dios a la propia celebración. No soy catastrofista. Soy realista. Siempre me ha llamado la atención la facilidad que tenemos en la Iglesia para hacer la vista gorda ante los intereses del Evangelio. Miramos para otro lado, ponemos disculpas, pero la acción del Evangelio queda muchas veces oscurecidas bajo el nombre de “la prudencia”, que, en el fondo, es el reflejo de una cobardía mal disimulada.
¿Jesús, provocado por sus interlocutores, toca el tema del divorcio, un tema más que difícil por la carga de sufrimiento que proporciona tal institución. En pocos temas como el divorcio necesitamos los agentes de pastoral más amor, más acogida y… sentido, mucho sentido común. Vayamos por partes.

Jesús nos envía, una vez que hemos experimentado su amor y le hemos conocido en el profundo santuario de nuestro corazón. Sin intimidad con Cristo, no hay envío. Cuanto más amor le tengamos al Señor, más nos encomendará sus cosas más queridas. Si se agota nuestro amor hacia Él, la misión y el envío se resentirán rápidamente y nos convertiremos en campana que suena pero que no convoca a nadie. La fecundidad tiene siempre mucho que ver con la conversión y la unión con Cristo.
Para el envío, pone como condición una pobreza que es nuestra mayor riqueza, pues sólo se puede expresar la riqueza que es Cristo desde lo que somos y tenemos, pobremente. Aunque parece exagerado lo de no tomar nada para el camino, no llevar ni pan, ni alforjas, ni calderilla, en el fondo no es más que experimentar la confianza en la providencia de Dios que siempre nos cuida y nos invita a mirar y a contemplar a los pájaros y a los lirios del campo, ¡cómo los cuida el Padre! Mucho más nos cuida a nosotros.
La clave es que, cuanto más nos fiamos de Dios, más se manifiesta su bondad, más actúa en nuestro favor. Todo lo demás son anécdotas. La experiencia en la vida cristiana es saber que, cuando nos ponemos en sus manos con una infinita confianza, el Señor saca adelante todo y no nos falta nada de nada. Lo han experimentado todos los santos, a veces en cuestiones heroicas. Vive esta experiencia y cree en ella como verdad. Intenta poner en práctica el Evangelio y te quedarás sorprendido, porque no sólo no te faltará nada, sino que vivirás aquello que expresaba san Juan de la Cruz: «Cuando no quise nada, lo tuve todo».

Muchos dicen: ¿qué enigma es éste de tres que son uno y de uno que son tres? ¿No sería más sencillo creer en un Dios único, y punto, como hacen los judíos y los musulmanes? La respuesta es fácil. La Iglesia cree en la Trinidad no porque le guste complicar las cosas, sino porque esta verdad le ha sido revelada por Cristo. La dificultad de comprender el misterio de la Trinidad es un argumento a favor, no en contra, de su verdad. Ningún hombre, dejado a sí mismo, habría ideado jamás un misterio tal.
Después de que el misterio nos ha sido revelado, intuimos que, si Dios existe, no puede más que ser así: uno y trino al mismo tiempo. No puede haber amor más que entre dos o más personas; si, por lo tanto, «Dios es amor», debe haber en Él uno que ama, uno que es amado y el amor que les une. También los cristianos son monoteístas; creen en un Dios que es único , pero no solitario. ¿A quién amaría Dios si estuviera absolutamente solo? ¿Tal vez a sí mismo? Pero entonces el suyo no sería amor, sino egoísmo, o narcisismo.
Desearía recoger la gran y formidable enseñanza de vida que nos llega de la Trinidad. Este misterio es la máxima afirmación de que se puede ser iguales y diversos: iguales en dignidad y diversos en características. ¿Y no es esto de lo que tenemos la necesidad más urgente de aprender, para vivir adecuadamente en este mundo? ¿O sea, que se puede ser diversos en color de la piel, cultura, sexo, raza y religión, y en cambio gozar de igual dignidad, como personas humanas?

El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia. ¿Sin Él a qué quedaría reducida? Sería ciertamente un gran movimiento histórico, una compleja y sólida institución social, quizá una especie de agencia humanitaria. Y, en realidad, así la consideran quienes la ven fuera de una perspectiva de fe. Sin embargo, en su verdadera naturaleza y también en su más auténtica presencia histórica, la Iglesia es incesantemente modelada y guiada por el Espíritu de su Señor. Es un cuerpo vivo, cuya vitalidad es precisamente fruto del invisible Espíritu divino.

Después de tantos domingos celebrando la pascua, la resurrección del Señor, llegamos a lo central de la vida cristiana: el amor. Hoy las tres lecturas dan vueltas a lo mismo: la cuestión es amar. Ahí es donde se juega nuestro seguimiento, nuestra fe en Dios. Ser cristiano no es solamente cuestión de recitar el credo ni de comprender perfectamente cada una de sus expresiones. Tampoco es solo cuestión de participar en la liturgia de la Iglesia ni de cantar salmos todo el día ni de hacer mucha penitencia y sacrificios. No es cuestión de ser más o menos pobres. Ni siquiera es cuestión de rezar muchas horas o de hacer los ejercicios ignacianos.
Todo eso esta bien. Ayuda. Pero no es la clave, lo central, lo importante está bien claro en la segunda lectura: “Amémonos unos a otros ya que el amor es de Dios”. Y podríamos añadir, citando también a Juan: “Porque Dios es amor”. Y no hay otra forma de conocer a Dios, de vivir a Dios, de seguir a Jesús, que amando. Y amando como Dios, que acoge a todos y no hace distinciones.
Hay una cuestión que no hay que olvidar en esto del amor: es que él nos amó primero. No hay que olvidarlo nunca. Lo nuestro es amor de respuesta, por así decir. No tenemos más que volver los ojos a él para darnos cuenta. Lo nuestro no es más que agradecimiento, acción de gracias. Si se quiere, lo mínimo que puede hacer una persona educada ante el que le tiende la mano en la dificultad.

«Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo poda, para que dé más fruto».
En su enseñanza Jesús parte con frecuencia de cosas familiares para cuantos le escuchan, cosas que estaban ante los ojos de todos. Esta vez nos habla con la imagen de la vid y los sarmientos.
Jesús expone dos casos. El primero, negativo: el sarmiento está seco, no da fruto, así que es cortado y desechado; el segundo, positivo: el sarmiento está aún vivo y sano, por lo que es podado. Ya este contraste nos dice que la poda no es un acto hostil hacia el sarmiento. El viñador espera todavía mucho de él, sabe que puede dar frutos, tiene confianza en él. Lo mismo ocurre en el plano espiritual. Cuando Dios interviene en nuestra vida con la cruz, no quiere decir que esté irritado con nosotros. Justamente lo contrario.
Pero ¿por qué el viñador poda el sarmiento y hace «llorar», como se suele decir, a la vid? Por un motivo muy sencillo: si no es podada, la fuerza de la vid se desperdicia, dará tal vez más racimos de lo debido, con la consecuencia de que no todos maduren y de que descienda la graduación del vino. Si permanece mucho tiempo sin ser podada, la vid hasta se asilvestra y produce sólo pámpanos y uva silvestre.
Lo mismo ocurre en nuestra vida. Vivir es elegir, y elegir es renunciar. La persona que en la vida quiere hacer demasiadas cosas, o cultiva una infinidad de intereses y de aficiones, se dispersa; no sobresaldrá en nada. Hay que tener el valor de hacer elecciones, de dejar aparte algunos intereses secundarios para concentrarse en otros primarios. ¡Podar!
Esto es aún más verdadero en la vida espiritual. La santidad se parece a la escultura. Leonardo da Vinci definió la escultura como «el arte de quitar». Las otras artes consisten en poner algo: color en el lienzo en la pintura, piedra sobre piedra en la arquitectura, nota tras nota en la música. Sólo la escultura consiste en quitar: quitar los pedazos de mármol que están de más para que surja la figura que se tiene en la mente. También la perfección cristiana se obtiene así, quitando, haciendo caer los pedazos inútiles, esto es, los deseos, ambiciones, proyectos y tendencias carnales que nos dispersan por todas partes y no nos dejan acabar nada.
Un día, Miguel Ángel, paseando por un jardín de Florencia, vio, en una esquina, un bloque de mármol que asomaba desde debajo de la tierra, medio cubierto de hierba y barro. Se paró en seco, como si hubiera visto a alguien, y dirigiéndose a los amigos que estaban con él exclamó: «En ese bloque de mármol está encerrado un ángel; debo sacarlo fuera». Y armado de cincel empezó a trabajar aquel bloque hasta que surgió la figura de un bello ángel.
También Dios nos mira y nos ve así: como bloques de piedra aún informes, y dice para sí: «Ahí dentro está escondida una criatura nueva y bella que espera salir a la luz; más aún, está escondida la imagen de mi propio Hijo Jesucristo -nosotros estamos destinados a «reproducir la imagen de su Hijo» (Rm 8, 29. Ndt-; ¡quiero sacarla fuera!». ¿Entonces qué hace? Toma el cincel, que es la cruz, y comienza a trabajarnos; toma las tijeras de podar y empieza a hacerlo. ¡No debemos pensar en quién sabe qué cruces terribles! Normalmente Él no añade nada a lo que la vida, por sí sola, presenta de sufrimiento, fatiga, tribulaciones; sólo hace que todas estas cosas sirvan para nuestra purificación. Nos ayuda a no desperdiciarlas.

Comentarios recientes