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ANEL APOCALIPSIS

Se acerca el fin del año litúrgico. Por eso, los textos bíblicos de hoy nos hablan, como todos los años, de la vuelta gloriosa de Cristo, del fin del mundo, del juicio universal. Estas promesas entusiasmaban a los primeros cristianos. Era esta fe, esta espera activa, la que impresionaba a sus contemporáneos. Porque aquellos cristianos no vivían como los demás, es decir, como gente sin esperanza.

¿Y nosotros? La verdad es que muchos no se sienten familiarizados con estos pensamientos. Nosotros no nos sentimos ni animados con estas promesas, ni inquietados por estas amenazas tan lejanas. Pocos de nosotros alimentan su vida religiosa con estos pensamientos. Sin embargo, estos sucesos tendrán lugar, algún día. Es cuestión de fe que Nuestro Señor ha de volver; es cuestión de fe que este mundo tendrá fin.

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madre teresa de calcuta

Las apariencias, tantas veces, engañan. El valor de las cosas no depende de su tamaño, ni de su brillo, ni del ruido que producen. Hay pequeñas cosas, detalles menudos, que de pronto son capaces de convertirse en protagonistas de todo un paisaje. Jesús, como haría un buen director de cine, sabe acercar unas veces su cámara a un detalle que parecía insignificante, y hacer que crezca, que se destaque y se adueñe de la pantalla; otras, en cambio, pasean su mirada con indiferencia, sin detenerse siquiera, sobre sucesos y personas que acaparan la atención de la gente.

Es que Él tiene otra manera de ver las cosas, otra escala de valores. Para Él, por ejemplo, lo importante no es dar, sino darse. Por eso, no lo engaña el ruido de un torrente de monedas cayendo en el cepillo del Templo: es un ruido engañoso, porque viene de alguien que da de lo que le sobra. Pero los oídos atentos de su corazón captan un sonido casi imperceptible: el que producen, al caer en el cepillo, dos moneditas; las está echando, casi a escondidas, una pobre viuda. Jesús percibe que ahí está latiendo un corazón; ahí hay alguien que se está dando a sí mismo.

Entonces toma Jesús ese trozo de vida y nos lo pone delante de los ojos. Llama a sus discípulos y les dice: ‘Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.

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icono todos los sanots

Hace tiempo que los científicos envían señales al cosmos en espera de respuestas de parte de seres inteligentes en algún planeta perdido. La Iglesia desde siempre mantiene un diálogo con los habitantes de otro mundo, los santos. Es cuanto proclamamos al decir: «Creo en la comunión de los santos». Aunque existieran habitantes fuera del sistema solar, la comunicación con ellos sería imposible porque entre la pregunta y la respuesta pasarían millones de años. Aquí en cambio la respuesta es inmediata porque existe un centro de comunicación y de encuentro común que es Cristo Resucitado.

Tal vez también por el momento del año en que cae, la Solemnidad de todos los santos tiene algo especial que explica su popularidad y las numerosas tradiciones ligadas a ella en algunos sectores de la cristiandad. El motivo está en lo que dice Juan en la segunda lectura. En esta vida «somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos»; somos como el embrión en el seno de la madre que anhela nacer. Los santos han «nacido» (la liturgia llama «día del nacimiento», dies natalis, al día de su muerte); contemplarles es contemplar nuestro destino. Mientras a nuestro alrededor la naturaleza se desnuda y caen las hojas, la fiesta de todos los santos nos invita a mirar a lo alto; nos recuerda que no estamos destinados a marchitarnos en tierra para siempre, como las hojas.

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Greco Curacion ciego

Bartimeo, el ciego de Jericó, es un hombre que vive a oscuras. Ya ha oído de Jesús, y de sus curaciones y milagros… Y ese día escucha ruidos desacostumbrados. Pregunta qué ocurre y se entera que es Jesús de Nazaret que pasa por el camino. Al oírlo se llenó de fe su corazón. Jesús era la gran oportunidad de su vida. Y comenzó a gritar con todas sus fuerzas:¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!. En su alma, la fe se hace oración.

Reflexiona San Agustín esta escena diciendo: También nosotros tenemos cerrados los ojos y el corazón y pasa Jesús para que clamemos. Tenemos que gritarle con la oración y con las obras. Debemos pedir ayuda al Señor.

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Cristo y el joven rico

Elisama era un hombre afortunado. Gozaba de excelente reconocimiento en Jerusalén, su lugar habitual de residencia. La mansión en que vivía estaba situada en el barrio más lujoso de la ciudad, era muy amplia y revelaba el buen gusto de su propietario. Elisama tenía tres hijas que eran el encanto de sus ojos. El hijo, Elifeleth, era un joven formal, prometedor, un chico verdaderamente legal. Pero llevaba varios meses enfermo: una rara melancolía se había apoderado de él, los médicos consultados no acertaban con el remedio para aquel estado de postración. Ni la bonanza del clima, ni el cariño de las hermanas, ni la presencia del padre liberaban al joven de la negra pena que se le había inflitrado en la más profunda entraña.

Elifeleth era el joven del relato evangélico de hoy. No lo acabo de inventar. Leed Las figuras de la Pasión del Señor, una obra de Gabriel Miró, si queréis conocer más a fondo al personaje. El escritor valenciano casi no hace otra cosa que desarrollar el apunte que nos ofrece el evangelista: “a estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico”.

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Matrimonio

Cuando las personas conocen la postura de la Iglesia sobre el divorcio, la reacción más común es el escándalo: “… entonces, qué quiere la Iglesia, que si no son felices continúen sufriendo juntos…” ; “La Iglesia es muy injusta con los divorciados…”; “Seguro que Jesús hubiese tenido más misericordia…”. Desconocen nuestros amigos que Jesús fue infinitamente más radical. El Señor llegó a decir que si alguien casado miraba a otra deseándola en su corazón —fíjate que ni siquiera hace alusión a los físico—, ya había cometido adulterio…

¿Es tan inhumana nuestra fe con los seres humanos? ¿Vivimos en una fe que no entiende los problemas y dificultades de las personas de hoy? Es el tema de siempre. Hacer que Dios se haga presente en nuestra vida significa adquirir un estilo de vida según el Evangelio. Cuando una pareja ilusionada va a casarse por la Iglesia, descubrimos que en la mayoría de los casos no viven una vida previa de fe. De esta manera el contenido real de lo que significa el matrimonio queda poco menos que ignorado.

¿Por qué se casa la gente por la Iglesia? No seamos ingenuos, todos lo sabemos. En la mayoría de los casos el planteamiento menos importante es el de la fe. Se va a las charlas prematrimoniales a regañadientes, se quiere convertir la Iglesia en un bosque floreado, y cuando se reparten las invitaciones de boda, se les olvida invitar a Dios a la propia celebración. No soy catastrofista. Soy realista. Siempre me ha llamado la atención la facilidad que tenemos en la Iglesia para hacer la vista gorda ante los intereses del Evangelio. Miramos para otro lado, ponemos disculpas, pero la acción del Evangelio queda muchas veces oscurecidas bajo el nombre de “la prudencia”, que, en el fondo, es el reflejo de una cobardía mal disimulada.

¿Jesús, provocado por sus interlocutores, toca el tema del divorcio, un tema más que difícil por la carga de sufrimiento que proporciona tal institución. En pocos temas como el divorcio necesitamos los agentes de pastoral más amor, más acogida y… sentido, mucho sentido común. Vayamos por partes.

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Emmaus

Jesús nos envía, una vez que hemos experimentado su amor y le hemos conocido en el profundo santuario de nuestro corazón. Sin intimidad con Cristo, no hay envío. Cuanto más amor le tengamos al Señor, más nos encomendará sus cosas más queridas. Si se agota nuestro amor hacia Él, la misión y el envío se resentirán rápidamente y nos convertiremos en campana que suena pero que no convoca a nadie. La fecundidad tiene siempre mucho que ver con la conversión y la unión con Cristo.

Para el envío, pone como condición una pobreza que es nuestra mayor riqueza, pues sólo se puede expresar la riqueza que es Cristo desde lo que somos y tenemos, pobremente. Aunque parece exagerado lo de no tomar nada para el camino, no llevar ni pan, ni alforjas, ni calderilla, en el fondo no es más que experimentar la confianza en la providencia de Dios que siempre nos cuida y nos invita a mirar y a contemplar a los pájaros y a los lirios del campo, ¡cómo los cuida el Padre! Mucho más nos cuida a nosotros.

La clave es que, cuanto más nos fiamos de Dios, más se manifiesta su bondad, más actúa en nuestro favor. Todo lo demás son anécdotas. La experiencia en la vida cristiana es saber que, cuando nos ponemos en sus manos con una infinita confianza, el Señor saca adelante todo y no nos falta nada de nada. Lo han experimentado todos los santos, a veces en cuestiones heroicas. Vive esta experiencia y cree en ella como verdad. Intenta poner en práctica el Evangelio y te quedarás sorprendido, porque no sólo no te faltará nada, sino que vivirás aquello que expresaba san Juan de la Cruz: «Cuando no quise nada, lo tuve todo».

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Despedida de Cristo Ducio

Después de tantos domingos celebrando la pascua, la resurrección del Señor, llegamos a lo central de la vida cristiana: el amor. Hoy las tres lecturas dan vueltas a lo mismo: la cuestión es amar. Ahí es donde se juega nuestro seguimiento, nuestra fe en Dios. Ser cristiano no es solamente cuestión de recitar el credo ni de comprender perfectamente cada una de sus expresiones. Tampoco es solo cuestión de participar en la liturgia de la Iglesia ni de cantar salmos todo el día ni de hacer mucha penitencia y sacrificios.  No es cuestión de ser más o menos pobres. Ni siquiera es cuestión de rezar muchas horas o de hacer los ejercicios ignacianos. 

Todo eso esta bien. Ayuda. Pero no es la clave, lo central, lo importante está bien claro en la segunda lectura: “Amémonos unos a otros ya que el amor es de Dios”. Y podríamos añadir, citando también a Juan: “Porque Dios es amor”. Y no hay otra forma de conocer a Dios, de vivir a Dios, de seguir a Jesús, que amando. Y amando como Dios, que acoge a todos y no hace distinciones. 

Hay una cuestión que no hay que olvidar en esto del amor: es que él nos amó primero. No hay que olvidarlo nunca. Lo nuestro es amor de respuesta, por así decir. No tenemos más que volver los ojos a él para darnos cuenta. Lo nuestro no es más que agradecimiento, acción de gracias. Si se quiere, lo mínimo que puede hacer una persona educada ante el que le tiende la mano en la dificultad. 

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Jesucristo la vid y los sarmientos

«Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo poda, para que dé más fruto».

En su enseñanza Jesús parte con frecuencia de cosas familiares para cuantos le escuchan, cosas que estaban ante los ojos de todos. Esta vez nos habla con la imagen de la vid y los sarmientos.

Jesús expone dos casos. El primero, negativo: el sarmiento está seco, no da fruto, así que es cortado y desechado; el segundo, positivo: el sarmiento está aún vivo y sano, por lo que es podado. Ya este contraste nos dice que la poda no es un acto hostil hacia el sarmiento. El viñador espera todavía mucho de él, sabe que puede dar frutos, tiene confianza en él. Lo mismo ocurre en el plano espiritual. Cuando Dios interviene en nuestra vida con la cruz, no quiere decir que esté irritado con nosotros. Justamente lo contrario.

Pero ¿por qué el viñador poda el sarmiento y hace «llorar», como se suele decir, a la vid? Por un motivo muy sencillo: si no es podada, la fuerza de la vid se desperdicia, dará tal vez más racimos de lo debido, con la consecuencia de que no todos maduren y de que descienda la graduación del vino. Si permanece mucho tiempo sin ser podada, la vid hasta se asilvestra y produce sólo pámpanos y uva silvestre.

Lo mismo ocurre en nuestra vida. Vivir es elegir, y elegir es renunciar. La persona que en la vida quiere hacer demasiadas cosas, o cultiva una infinidad de intereses y de aficiones, se dispersa; no sobresaldrá en nada. Hay que tener el valor de hacer elecciones, de dejar aparte algunos intereses secundarios para concentrarse en otros primarios. ¡Podar!

Esto es aún más verdadero en la vida espiritual. La santidad se parece a la escultura. Leonardo da Vinci definió la escultura como «el arte de quitar». Las otras artes consisten en poner algo: color en el lienzo en la pintura, piedra sobre piedra en la arquitectura, nota tras nota en la música. Sólo la escultura consiste en quitar: quitar los pedazos de mármol que están de más para que surja la figura que se tiene en la mente. También la perfección cristiana se obtiene así, quitando, haciendo caer los pedazos inútiles, esto es, los deseos, ambiciones, proyectos y tendencias carnales que nos dispersan por todas partes y no nos dejan acabar nada.

Cristo Miguel AngelUn día, Miguel Ángel, paseando por un jardín de Florencia, vio, en una esquina, un bloque de mármol que asomaba desde debajo de la tierra, medio cubierto de hierba y barro. Se paró en seco, como si hubiera visto a alguien, y dirigiéndose a los amigos que estaban con él exclamó: «En ese bloque de mármol está encerrado un ángel; debo sacarlo fuera». Y armado de cincel empezó a trabajar aquel bloque hasta que surgió la figura de un bello ángel.

También Dios nos mira y nos ve así: como bloques de piedra aún informes, y dice para sí: «Ahí dentro está escondida una criatura nueva y bella que espera salir a la luz; más aún, está escondida la imagen de mi propio Hijo Jesucristo -nosotros estamos destinados a «reproducir la imagen de su Hijo» (Rm 8, 29. Ndt-; ¡quiero sacarla fuera!». ¿Entonces qué hace? Toma el cincel, que es la cruz, y comienza a trabajarnos; toma las tijeras de podar y empieza a hacerlo. ¡No debemos pensar en quién sabe qué cruces terribles! Normalmente Él no añade nada a lo que la vida, por sí sola, presenta de sufrimiento, fatiga, tribulaciones; sólo hace que todas estas cosas sirvan para nuestra purificación. Nos ayuda a no desperdiciarlas.

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La experiencia de la resurrección de Jesús cambió radicalmente la vida de aquellos primeros discípulos. En el momento del arresto, del juicio y de la crucifixión, todos salieron corriendo. Todos tuvieron miedo. Todos sintieron temor de las autoridades judías. Por eso el Evangelio de este domingo empieza afirmando que los discípulos estaban en una casa “con las puertas cerradas por miedo a los judíos”. Temían ser detenidos si salían a la calle. Así de simple. 

Pero la resurrección de Jesús les abre a una vida nueva. Los que vivían en el temor, reciben el mensaje de la paz. Los que se habían encerrado en una casa con las puertas y ventanas cerradas –¿qué diferencia hay con una tumba?– son enviados a la vida a predicar la Buena Nueva del Reino. 

Los resultados de esa misión están a la vista en la primera y en la segunda lectura. Los creyentes, los que han experimentado que Jesús está vivo forman una comunidad diferente, viven de un modo diferente, se relacionan de una manera diferente: tienen todo en común, comparten los bienes, nadie pasa necesidad. Son verdaderos hermanos y hermanas, que participan todos en la mesa común. ¿No es eso el Reino llevado a la práctica? Es posible que la primera lectura sea más un sueño, un deseo, del autor de los Hechos de los Apóstoles, que una descripción de la vida real de aquella primera comunidad de discípulos. 

Pero ese sueño ha pervivido en la historia de la comunidad cristiana y ha seguido generando en muchos de los creyentes el deseo de hacerlo realidad. Es el sueño del Reino que, desde la fe, promueve una forma diferente de vivir, de relacionarse las personas. 

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Aparentemente, nada tiene que ver la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén con el drama del Calvario del Viernes Santo y, sin embargo, esto es más real que la vida misma. Es la historia que se repite y que aquí tiene como protagonista el Corazón manso y humilde de Jesús, que se pone en manos de sus hermanos, los hombres. Fue llevado como cordero al matadero. Sabía que, como dice el Evangelio, nadie me quita la vida, soy yo el que la entrego por la redención del mundo. Va a la muerte, como dice la Plegaria eucarística, voluntariamente aceptada.

Detrás de los hechos, detrás de los errores humanos, detrás de toda la barbarie, que se ceba contra Cristo, existe una realidad mucho más profunda y real: la entrega de su Vida por Amor. Pasa por lo que tenga que pasar con tal de decirnos, una y otra vez, con su vida, que nos ama. La Pasión es la mayor declaración de amor del Padre y del Hijo a cada persona. Es el Te quiero permanente de Dios a la Humanidad. ¿Podríamos creer en un Dios al que nuestra vida no le hubiese costado su sangre?

piombo-cristo-cruz-a-cuestasLa expresión paulina de que hemos sido comprados con su sangre, nos alienta y nos recuerda el valor que da Dios a nuestra vida. Nos llena de la verdadera autoestima, y es que, cuando pienso que no valgo para nada, que mi vida no le interesa casi a nadie, nos quedas Tú, Señor. Eres Tú el que con tu pasión, muerte y resurrección nos recuerdas un amor que siempre nace en medio de todas las dificultades y problemas de la vida. La Pasión nos recuerda y nos convence de que nada ni nadie nos podrá quitar el amor de Jesús. Es un Amor que siempre sale a nuestro favor. Como escribieron los jóvenes en el muro de Berlín, Dios está con nosotros, no contra nosotros. El descubrimiento de la Pasión de Cristo borra todas nuestras dudas e incertidumbres sobre lo que es y debe ser nuestra vida. Somos infinitamente amados por un Dios que vive, muere y resucita por nosotros los hombres y por nuestra salvación.

Al descubrir la entrada de Jesús en Jerusalén, al leer la Pasión de Cristo en este Domingo, la Iglesia nos recuerda el sorprendente amor de Dios. Decía Carlos de Foucault: «Me enamoré de Cristo crucificado y no quiero contemplar nada más». Ésta es la esperanza y la alegría de nuestra vida, éste es el gozo desbordante de nuestra existencia. Nada está perdido cuando descubrimos el amor de Dios. Tu vida lo vale todo para Dios y lo puedes descubrir en su Pasión. Su amor es verdaderamente el motor que mueve el mundo. Lo que nos descubre la Pasión del Señor es que su amor va más allá de nuestras miserias. Lo que importa es amar y amar hasta el final, amar hasta el extremo, como nos enseña la pasión, muerte y resurrección de Cristo que celebramos en el Triduo Pascual.

Francisco Cerro

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Vivir con pasión el amor al Señor y a todos es la clave del Evangelio. Pasión que no significa, ni mucho menos, fanatismo y, menos aún, hacer uso de ningún tipo de violencia, sino que verdaderamente nos creamos lo que significa Jesús, como Nuevo Templo de Dios.

 Tenemos siempre el peligro de aguar el Evangelio, es decir, de que perdamos parte de su significado como sal y luz. A Jesús le duele, sobre todo, nuestra falta de coherencia, nuestra falta de entrega o que no nos tomemos en serio lo más radical e importante del Evangelio, que no es otra cosa que vivirlo todo desde el amor de Dios y el servicio de los hermanos. Cuando es mi criterio y no el de Jesús, cuando es mi opinión y no la de Iglesia, cuando yo me convierto en la norma de todo, entonces puedo convertir la casa del Señor en un mercado donde todo vale y, sobre todo, acabo negociando con lo más justo y sagrado que tiene el Evangelio, el Templo de Dios que es Jesús, y los templos que son los corazones de los hermanos. Cuando no se ama, cuando no nos importa nada ni nadie, entonces, es mucho el daño que hacemos convirtiendo todo en un mercado, donde podemos comprar y vender, incluso negociando con las cosas de Dios. Sólo una verdadera conversión nos hace salir de nuestros egoísmos e intereses humanos.

Sólo la llamada profunda a dejar que sea la palabra de Dios la referencia de nuestra vida y la caridad la que nos impulse a entregarnos sin medida a los que sufren, haría que nuestra vida tenga el sello de autenticidad del Evangelio. Es muy conveniente y necesario tomarnos en serio el Evangelio, el seguimiento de Jesús, y vivir la caridad para que el espíritu de la Cuaresma impregne toda nuestra vida del gozo del Evangelio.

Lo más grave de nuestra vida es pensar y vivir como si la misma ya no tuviese solución. Es necesario recuperar la convicción de que todo lo puedo en Aquel que me conforta, como decía san Pablo. De manera especial, tenemos que pedirle al Señor que arroje de nuestro corazón todo aquello que anida en nosotros y que nos impide crecer en el Amor.

 Francisco Cerro

EVANGELIO III DOMINGO DE CUARESMA: Juan 2, 13-25

giotto-expulsion-temploEn aquel tiempo se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre». Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: El celo de tu casa me devora.
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?» Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré». Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»
Pero Él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.
Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque Él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

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CREER PARA VER

Padre, en aquellos momentos en que cuestionan mi fe dame serenidad y fuerza… Señor, cuando yo mismo me pregunte quien soy y quien eres para mí ayúdame a sentir Tu Amor … Que crea Padre, como el ciego, que confíe en Ti, que espere en Ti y que descubra quién eres en mi vida… Que me aferre, Señor, al Padre que ama, que cuida y protege a sus hijos, Y me aleje de la imagen castigadora y distante del fariseo… Porque al final siempre eres ternura, entrega y generosidad… Que la oración sea mi agua de Siloé, que tu Palabra sea el encuentro en el camino… que mi fe sea mi vista… que no se cierren mis ojos, que vea al mirar… Que me deje hacer por Ti como el ciego de Siloé… Y que mi boca bendiga tu nombre por haber experimentado tu Amor recibido.