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Cristo San Fco Murillo

Yo me sé sostenida y este sostén me da calma y seguridad. Ciertamente no es la confianza segura de sí mismo del hombre que, con su propia fuerza, se mantiene de pie sobre el suelo firme, sino la seguridad suave y alegre del niño que reposa sobre un brazo fuerte, es decir, una seguridad que, vista objetivamente, no es menos razonable”.

Edith Stein. De Ser finito y ser eterno.

Seguridad, ésta es una palabra importantísima para el mundo de hoy. Nos sentimos amenazados por mil y una realidades, pero también por numerosos fantasmas que sirven a intereses poderosos. Una sociedad bajo amenaza es siempre susceptible de vender su libertad a cambio de “seguridad”. Pero ¿qué seguridad nos venden?

En medio de esta complejidad, encontramos demasiadas veces personas que se sienten incapaces de sostenerse sobre sus propios pies: mantener sus convicciones, apostar por algo en la vida, emprender nuevos retos, descubrir otros horizontes… en resumen, vivir convencidos de que pueden mantenerse en pie en medio de los cambios, la inseguridad y las incertidumbres de la vida.

Entre una sociedad blindada y unas personas frágiles, parece que no se puede encontrar una salida. Edith Stein, con su peculiar sensibilidad ante lo oscuro de nuestra humanidad, nos ayuda a volver la mirada hacia la fuente de la Vida. Hay muchas ofertas: para nuestras necesidades, para nuestros deseos; ofertas de sentido y de amor, de metas y de proyectos. La que nos ofrece Edith está más allá de nuestras manos y se encuentra en las manos de Otro que nos sale al encuentro desde el interior de nuestra propia debilidad.

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El Señor siempre construye desde nuestra pobreza, nuestra nada. Nos empeñamos, a veces, en ser santos, en construir grandes obras, sin saber que los materiales con los que Dios cuenta es nuestra pobreza pura y dura. Son nuestros cinco panes y dos peces.

Nos gustaría ofrecerle nuestra riqueza y no sabemos que la pobreza nuestra de cada día, no sólo no es obstáculo para identificarnos con sus sentimientos, sino la condición indispensable para que Dios construya. ¡Cuántas veces le decimos a Jesús: ¡Conmigo no puedes nada, yo no tengo solución! ¡No te das cuenta de que quieres dar de comer, saciar el hambre de amor de tanta gente, contando con que no tengo nada! Y, sin embargo, Él siempre cuenta con nuestra nada, con nuestros cinco panes y dos peces para realizar el milagro de la vida

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mansespiga

San Juan de la Cruz dice que Dios nos trata “al modo que la amorosa madre hace al niño tierno, al cual al calor de sus pechos, le calienta, y con leche sabrosa y manjar blando y dulce le cría y en sus brazos le trae y regala”. Para acercarnos a este salmo necesitamos distanciarnos del lenguaje de la competitividad, del interés propio, de la eficacia, y escuchar otros lenguajes: el lenguaje del cariño, de la confianza, del amor de una madre que no sabe qué más locuras hacer para que su hijo no se pierda. ¿Qué más puede hacer Dios por nosotros?

 

Oigo un lenguaje desconocido:
«Retiré sus hombros de la carga,
y sus manos dejaron la espuerta.

Clamaste en la aflicción, y te libré,
te respondí oculto entre los truenos,
te puse a prueba junto a la fuente de Meribá.

Escucha, pueblo mío, doy testimonio contra ti;
¡ojalá me escuchases, Israel!

No tendrás un dios extraño,
no adorarás un dios extranjero;
yo soy el Señor, Dios tuyo,
que te saqué del país de Egipto;
abre la boca que te la llene».

Pero mi pueblo no escuchó mi voz,
Israel no quiso obedecer:
los entregué a su corazón obstinado,
para que anduviesen según sus antojos.

¡Ojalá me escuchase mi pueblo
y caminase Israel por mi camino!:
en un momento humillaría a sus enemigos
y volvería mi mano contra sus adversarios;

los que aborrecen al Señor te adularían,
y su suerte quedaría fijada;
te alimentaría con flor de harina,
te saciaría con miel silvestre.

Salmo 80, 7-17

 

Escucha este lenguaje nuevo, sorprendente y guárdalo en el corazón:

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,18). “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1 Jn 3,1). “Retiré tus hombros de la carga, te respondí, te puse a prueba…” “¿Qué más se puede hacer ya a mi viña, mi pueblo, que no se lo haya hecho yo” (Is 5,4).

 

 La humanidad espera escuchar nuevos lenguajes. ¿Quién los pronunciará?

del-piombo-j-cruz-a-cuestasLos que viven en clima de violencia necesitan oír el lenguaje nuevo de la paz.

Los que viven en el miedo y la desconfianza necesitan oír el lenguaje de la confianza.

Los que llevan mil heridas por dentro y por fuera necesitan oír el lenguaje entrañable de la ternura.

Los que mueren de hambre cada día necesitan escuchar urgentemente el lenguaje nuevo del pan compartido.

Los que viven alejados de la fe necesitan escuchar el lenguaje de Dios: “os quiero con locura”. 

 

 

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“No temáis, dentro de unos días vendrá a vosotros el Señor”.

Si queréis, puedo contaros lo que Dios ha hecho conmigo. Felices los que oyen y creen, porque todo creyente concibe y engendra en sí mismo la Palabra de Dios, y reconoce su obra.

Ojalá en todos nosotros haya un alma como la de María y su espíritu, para que también nosotros podamos alegrarnos en Dios y glorificarlo, como ella lo hizo. Porque si corporalmente no hay más que una madre de Cristo, en cambio, por la fe, Cristo es el fruto de todos, pues todos recibimos la Palabra de Dios y todos, por eso, proclamamos la grandeza del Señor y nos alegramos en Dios nuestro Salvador. Si obramos en nuestra vida justa y religiosamente, Cristo vuelve a nacer para todos, para el mundo. Se convierte en Emmanuel, es decir: en “Dios-con-nosotros”. Es Sol, es Luz, Justicia que ilumina, Consuelo y Fortaleza, Pañuelo inmenso para enjugar todas las lágrimas.

Apresúrate, Señor Jesús, y no tardes. Ven pronto, Señor. ¡Ven, Salvador! Ven y juega un rato, Señor, conmigo. Que me sienta en mi hogar cuando, interrumpiendo el juego, me digas: “a dormir” e inmediatamente me ponga a descansar en tu regazo. Al despertar, encontraré escrita la palabra amor en todas partes, porque de verdad el amor habrá echado raíces en el corazón las personas. “Ven, luz verdadera. Ven, vida eterna. Ven, misterio escondido. Ven, tesoro sin nombre. Ven, luz sin declive. Ven, despertador de los dormidos…”                                    

San Simón el Nuevo Teólogo

Mis deseos me hacen sufrir un verdadero martirio durante la oración. Abro las cartas de San Pablo buscando una respuesta. Los capítulos 12 y 13 de la primera carta a loa Corintios se abren ante mis ojos… Leo, en el primero, que todos no pueden ser apóstoles, profetas, doctores, etc., que la Iglesia se compone de diferentes miembros y que el ojo no puede ser al mismo tiempo la mano… La respuesta era clara , pero no colmaba mis deseos y no me daba la paz… como Magdalena, siempre inclinada junto a la tumba vacía, terminó por encontrar lo que buscaba, así, descendiendo hasta las profundidades de mi nada, llegué tan alto que puede alcanzar mi objetivo… Sin desanimarme, continué mi lectura y esta frase me consoló: “buscad con ardor los DONES MÁS PERFECTOS; pero ahora voy a mostraros un camino más excelente” (1Co 12, 31). Y explica el Apóstol cómo los dones más PERFECTOS no son nada sin el AMOR… Que la caridad es el CAMINO EXCELENTE para ir con seguridad a Dios.

Había encontrado por fin el descanso… Pensando en el cuerpo místico de la Iglesia, no me reconocí en ninguno de los miembros descritos por San Pablo, o, mejor dicho, quería reconocerme en todos… La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto por diferentes miembros; el más necesario, el más noble de todos no podía faltarle; comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que este corazón estaba ARDIENDO de AMOR. Comprendí que sólo el amor hace obrar a los miembros de la Iglesia, que si el amor se apagase, los apóstoles no predicarían el Evangelio, los mártires rehusarían derramar su sangre… ¡Comprendí que EL AMOR ENCIERRA TODAS LAS VOCACIONES, QUE EL AMOR LO ES TODO, QUE ABARCA TODOS LOS TIEMPOS Y LUGARES… EN UNA PALABRA, QUE ES ETERNO!…

Entonces en un exceso de alegría delirante, me dije: ¡Oh, Jesús, Amor mío… he encontrado por fin mi vocación, MI VOCACIÓN ES EL AMOR!… ¡Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia y este puesto , ¡oh, Dios mío!, me lo habéis dado vos.. en el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el Amor… así lo seré todo… así se realizará mi sueño!…

Santa Teresa de Liseaux

Natividad de la Virgen María

 Son más los que salen cada mañana a buscar el rostro de Dios, que los que descubren cómo Dios trata amorosamente de abrirse paso hasta el corazón humano.

Dios sigue siendo bandera discutida. Unos dicen: “Para enriquecer a Dios debe empobrecerse el hombre; para que Dios sea todo, debe el hombre ser nada” (Feuerbach). Pero otros, contemplando a Jesús dijeron: “Siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza” (San Pablo).

Algunos lo ven como un ser lejano, distante, ajeno al bien de los hombres y mujeres del mundo. Pero otros descubren que su gozo y su gloria se realizan con más plenitud allí donde de modo más verdadero y auténtico se realiza nuestra humanidad. Más que señor es servidor de sus criaturas: “La ternura de Dios es tan grande que se entrega al alma como si él fuese su siervo y ella fuese su Señor” (San Juan de la Cruz)

 

 Su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación…
Se alegra mi espíritu en Dios , mi salvador” (Lc 1, 46.49-50).

 

  • Cuando decimos que Dios es santo queremos decir que Dios es amor. Y en el amor él da siempre el primer paso. Cuando el amor llamó a las puertas del corazón de María, el Espíritu se hizo en ella plenitud de gracia, el Padre presencia de amor, y el Hijo carne de su carne.
  • Cuando decimos que Dios es misericordioso queremos decir que nos ama hasta el extremo. María dejó hablar a Dios en su vida, y Dios se hizo cercano. Apareció la vida y se hizo visible el Amor.
  • Cuando decimos que Dios es salvador queremos decir que nos cura las heridas y nos capacita para amar. Si amamos nos convertimos en creadores, en personas libres. María salió del encuentro con Dios más nueva, más libre, con más capacidad de crear, más llena de esperas.
  • Cuando nos alegramos en Dios estamos diciendo que él es la fuente de nuestra vida, su sentido más profundo. María, mujer-testigo de Dios, pone flores en nuestra ventana y nos recuerda que Dios entra en la historia para quitar peso a todo oprimido y embellecer la vida de todo ser humano.

“La Virgen María ha sido propuesta siempre por la Iglesia a imitación de los fieles… porque en sus condiciones concretas de vida ella se adhirió total y responsablemente a la voluntad de Dios; porque acogió la palabra y la puso en práctica; porque su acción estuvo animada por la caridad y por el espíritu de servicio; porque fue la primera y la más perfecta discípula de Cristo” (Marialis Cultus, 35).

  • No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad; y si hallares que tu naturaleza es mudable, trasciéndete a ti mismo (De la verdadera religión).    
    S. Agustin

    S. Agustín

     

  • Bienaventurado el que te ama a Ti, Señor; y al amigo en Ti, y al enemigo por Ti, porque sólo no podrá perder al amigo quien tiene a todos por amigos en Aquel que no puede perderse (Confesiones).
  • La vida feliz es gozo de la verdad, porque éste es gozo de Ti, que eres la Verdad (Confesiones).
  • Esto es lo que necesitamos creer: que la humildad, en virtud de la cual Dios ha nacido de una mujer y ha sido conducido a la muerte de manos de mortales, en medio de tantos ultrajes, es el medicamento más eficaz para sanar el tumor de nuestra soberbia, y es el sublime misterio por el cual el vínculo con el pecado queda disuelto (Sobre la Trinidad).
  • Todos aquellos que creen en Cristo, creen en Él para amarlo. Esto, de hecho, es lo que quiere decir creer en Cristo: amar a Cristo (Enarraciones sobre los salmos).

El mundo que se asoma al tercer milenio está lleno de excluidos. Esta es una de las mayores denuncias a una sociedad que se construye sobre el orillamiento de los débiles.

“Las culebras sólo muerden a los descalzos” (Monseñor Romero) y los descalzos son voz profética que llama a las puertas de la Iglesia y grita: ¿Dónde y con quién estás? ¿Qué haces con la luz?

 Sin embargo, el Espíritu que sopla donde quiere, suscita hoy personas que abren los ojos y el alma, abren las puertas y las ventanas, abren el corazón para estar con los excluidos de tierra y dignidad, de pan y de paz.

Todos los que abren los brazos a la solidaridad, los que ponen sal y luz en la oscuridad y el sinsentido, son la mejor continuación de María, la mujer que se estremeció cuando Dios le dijo que estaba con ella, cuando todo un Dios miró su pequeñez.

  • Frente al deseo de “ser uno mismo”, María es la mujer que acepta “ser desde otro”. Esta aceptación la lleva al gozo y a la libertad. María es imagen de la Iglesia, que no sabe vivir sin su Señor.
  • El saludo de Dios tiene una hermosísima traducción y concreción siempre que un ser humano le dice a otro: “Estoy contigo”; cuando se reinicia el diálogo entre los pueblos, y se acortan las distancias; cuando entre los hombres y mujeres de todos los mundos se establece un guiño de complicidad y las manos se unen en proyectos de solidaridad. .
  • Dios está con el mundo, comprometido con todos los seres humanos. Por doquier ha dejado sus huellas. María le ha abierto el espacio para que pueda plantar su tienda. En ella comienza la Iglesia, en la que Dios habita.
  • Mirando a María, sabemos que somos lugar para Dios. Mirando a Dios, sabemos que somos lugar para todos los excluidos. “Mil gracias derramando pasó por estos sotos con presura, y yéndolos mirando, con solo su figura, vestidos los dejó de hermosura” (Juan de la Cruz).

- El alma sola, sin maestro, que tiene virtud, es como el carbón encendido que está solo: antes se irá enfriando que encendiendo.
- El que a solas cae, a solas se está caído y tiene en poco su alma, pues de sí solo la fía.

Dichos 7 y 8, San Juan de la Cruz

 ¡Cuánta necesidad tenemos de compañeros de camino! Todo parece invitarnos a la autosuficiencia, al “hágalo usted mismo”, al “manual de autoayuda en tres semanas”… Sin embargo, lo propio de nuestra condición es, precisamente, necesitarnos unos a otros, sentirnos menesterosos y, a la vez, opulentos pues todos precisamos de una mano cercana y, al mismo tiempo, todos podemos ofrecer esa mano al otro.

Contrariamente a lo que parece ser moda, la persona realmente fuerte sabe pedir y ofrecer la presencia del “tú” que nos saca de nuestra soledad: una palabra, un gesto, una mirada. ¿Cuándo necesitamos de los demás? Siempre: para crecer y para levantarnos, para llevar la carga y para ofrecer descanso. Creados para vivir en compañía, descubrirnos necesitados es hallar ocasión de gozar agradecidos del don del otro y de salir hacia el otro para emprender una senda común.

Juan de la Cruz, con su fina sensibilidad, conoce bien esta nuestra condición. Precisamente alguien que, como él, consideramos maestro del espíritu, insiste en este aviso: soledad sí, mas no aislados, que quien quiera andar tras el Maestro ha de llevar guía. No se trata de buscar un gurú, hoy por cierto tan en boga, sino esas personas que siguen también a Cristo, que han empeñado en esta empresa su vida y su persona. ¡Cuántas veces la persona más simple, pero grande a los ojos del Señor, se convierte por un instante en luz y aliento!

Así reconocemos en la práctica que uno sólo es el Maestro, todos los demás somos discípulos que nos ayudamos mutuamente a seguirle. Precisamente Él sintetizó todo el misterio de su intimidad con Dios Padre en una sola palabra, ABBA, maravillosa palabra que aprendió en la tierna compañía de José, el humilde carpintero galileo.

¡Oh, Señor Dios mío!, ¿quién te buscará con amor puro y sencillo que te deje de hallar muy a su gusto y voluntad, pues que Tú te muestras primero y sales al encuentro a los que te desean?

 

Sí, es el Señor el que nos sale al encuentro. No podemos buscar sino porque hemos sido hallados primero, no podemos amar sino porque hemos sido amados primero. Desde esta conciencia, ¡qué sencilla es la humildad y qué espontánea la gratitud!
Desde esta certeza, Juan de la Cruz goza con esta locura del amor divino: si buscas, alaba pues ya te ha alcanzado su mirada. Por eso, no hay que temer si le podremos encontrar, sólo procurar que nuestra búsqueda sea “con amor puro y sencillo”. Que no es el problema si Dios se deja alcanzar o no, sino
qué me mueve realmente para buscarle. ¿Qué deseo realmente cuando salgo en busca de Dios?
Si es a Él a quien deseo, pronto mis deseos se verán colmados. Saben bien los amigos de Dios que siempre, siempre, su gracia nos precede…

 
Cristo Jesús, tú nunca nos conduces hasta el vértigo del desánimo donde nada queda, salvo decaimiento y tristeza. Al contrario, tú nos concedes llegar a una comunión e incluso a una intimidad contigo. Y si, para cada uno, hay pruebas, hay sobre todo un amor que viene de ti. Este amor nos devuelve la vida.
 
No la resignación sino la confianza de las profundidades: abandonarse al Espíritu Santo, dejando en manos de Cristo, ahora y siempre, lo que pesa en el corazón.
Jesús, el Resucitado, tú infundes en nosotros el Espíritu Santo. Quisiéramos decirte: tú tienes las palabras que dan vida a nuestra alma, ¿a quién iríamos sino a tí, el Resucitado?
 

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CREER PARA VER

Padre, en aquellos momentos en que cuestionan mi fe dame serenidad y fuerza… Señor, cuando yo mismo me pregunte quien soy y quien eres para mí ayúdame a sentir Tu Amor … Que crea Padre, como el ciego, que confíe en Ti, que espere en Ti y que descubra quién eres en mi vida… Que me aferre, Señor, al Padre que ama, que cuida y protege a sus hijos, Y me aleje de la imagen castigadora y distante del fariseo… Porque al final siempre eres ternura, entrega y generosidad… Que la oración sea mi agua de Siloé, que tu Palabra sea el encuentro en el camino… que mi fe sea mi vista… que no se cierren mis ojos, que vea al mirar… Que me deje hacer por Ti como el ciego de Siloé… Y que mi boca bendiga tu nombre por haber experimentado tu Amor recibido.