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El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia. ¿Sin Él a qué quedaría reducida? Sería ciertamente un gran movimiento histórico, una compleja y sólida institución social, quizá una especie de agencia humanitaria. Y, en realidad, así la consideran quienes la ven fuera de una perspectiva de fe. Sin embargo, en su verdadera naturaleza y también en su más auténtica presencia histórica, la Iglesia es incesantemente modelada y guiada por el Espíritu de su Señor. Es un cuerpo vivo, cuya vitalidad es precisamente fruto del invisible Espíritu divino.

Después de tantos domingos celebrando la pascua, la resurrección del Señor, llegamos a lo central de la vida cristiana: el amor. Hoy las tres lecturas dan vueltas a lo mismo: la cuestión es amar. Ahí es donde se juega nuestro seguimiento, nuestra fe en Dios. Ser cristiano no es solamente cuestión de recitar el credo ni de comprender perfectamente cada una de sus expresiones. Tampoco es solo cuestión de participar en la liturgia de la Iglesia ni de cantar salmos todo el día ni de hacer mucha penitencia y sacrificios. No es cuestión de ser más o menos pobres. Ni siquiera es cuestión de rezar muchas horas o de hacer los ejercicios ignacianos.
Todo eso esta bien. Ayuda. Pero no es la clave, lo central, lo importante está bien claro en la segunda lectura: “Amémonos unos a otros ya que el amor es de Dios”. Y podríamos añadir, citando también a Juan: “Porque Dios es amor”. Y no hay otra forma de conocer a Dios, de vivir a Dios, de seguir a Jesús, que amando. Y amando como Dios, que acoge a todos y no hace distinciones.
Hay una cuestión que no hay que olvidar en esto del amor: es que él nos amó primero. No hay que olvidarlo nunca. Lo nuestro es amor de respuesta, por así decir. No tenemos más que volver los ojos a él para darnos cuenta. Lo nuestro no es más que agradecimiento, acción de gracias. Si se quiere, lo mínimo que puede hacer una persona educada ante el que le tiende la mano en la dificultad.

«Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo poda, para que dé más fruto».
En su enseñanza Jesús parte con frecuencia de cosas familiares para cuantos le escuchan, cosas que estaban ante los ojos de todos. Esta vez nos habla con la imagen de la vid y los sarmientos.
Jesús expone dos casos. El primero, negativo: el sarmiento está seco, no da fruto, así que es cortado y desechado; el segundo, positivo: el sarmiento está aún vivo y sano, por lo que es podado. Ya este contraste nos dice que la poda no es un acto hostil hacia el sarmiento. El viñador espera todavía mucho de él, sabe que puede dar frutos, tiene confianza en él. Lo mismo ocurre en el plano espiritual. Cuando Dios interviene en nuestra vida con la cruz, no quiere decir que esté irritado con nosotros. Justamente lo contrario.
Pero ¿por qué el viñador poda el sarmiento y hace «llorar», como se suele decir, a la vid? Por un motivo muy sencillo: si no es podada, la fuerza de la vid se desperdicia, dará tal vez más racimos de lo debido, con la consecuencia de que no todos maduren y de que descienda la graduación del vino. Si permanece mucho tiempo sin ser podada, la vid hasta se asilvestra y produce sólo pámpanos y uva silvestre.
Lo mismo ocurre en nuestra vida. Vivir es elegir, y elegir es renunciar. La persona que en la vida quiere hacer demasiadas cosas, o cultiva una infinidad de intereses y de aficiones, se dispersa; no sobresaldrá en nada. Hay que tener el valor de hacer elecciones, de dejar aparte algunos intereses secundarios para concentrarse en otros primarios. ¡Podar!
Esto es aún más verdadero en la vida espiritual. La santidad se parece a la escultura. Leonardo da Vinci definió la escultura como «el arte de quitar». Las otras artes consisten en poner algo: color en el lienzo en la pintura, piedra sobre piedra en la arquitectura, nota tras nota en la música. Sólo la escultura consiste en quitar: quitar los pedazos de mármol que están de más para que surja la figura que se tiene en la mente. También la perfección cristiana se obtiene así, quitando, haciendo caer los pedazos inútiles, esto es, los deseos, ambiciones, proyectos y tendencias carnales que nos dispersan por todas partes y no nos dejan acabar nada.
Un día, Miguel Ángel, paseando por un jardín de Florencia, vio, en una esquina, un bloque de mármol que asomaba desde debajo de la tierra, medio cubierto de hierba y barro. Se paró en seco, como si hubiera visto a alguien, y dirigiéndose a los amigos que estaban con él exclamó: «En ese bloque de mármol está encerrado un ángel; debo sacarlo fuera». Y armado de cincel empezó a trabajar aquel bloque hasta que surgió la figura de un bello ángel.
También Dios nos mira y nos ve así: como bloques de piedra aún informes, y dice para sí: «Ahí dentro está escondida una criatura nueva y bella que espera salir a la luz; más aún, está escondida la imagen de mi propio Hijo Jesucristo -nosotros estamos destinados a «reproducir la imagen de su Hijo» (Rm 8, 29. Ndt-; ¡quiero sacarla fuera!». ¿Entonces qué hace? Toma el cincel, que es la cruz, y comienza a trabajarnos; toma las tijeras de podar y empieza a hacerlo. ¡No debemos pensar en quién sabe qué cruces terribles! Normalmente Él no añade nada a lo que la vida, por sí sola, presenta de sufrimiento, fatiga, tribulaciones; sólo hace que todas estas cosas sirvan para nuestra purificación. Nos ayuda a no desperdiciarlas.

El Evangelio de Pascua nos habla de una mujer, Maria Magalena, que llora, llena de desconcierto, como si la muerte de Jesús hubiera sellado el fracaso de todas sus esperanzas. Sin embargo, mientras que, por miedo, los apóstoles de Jesús se han encerrado, ella va a la tumba. Este gesto expresa no solamente su duelo, sino también una espera,, por muy confusa que ella esté . Es la espera de un amor, que ningún sufrimiento por grande que sea puede hacer desaparecer por completo.
Entonces Jesús, el Resucitado, viene hacia ella. Ocurre de una manera completamente inesperada, no triunfalmente, sino tan humildemente que ella no le reconoce, ella le toma por el jardinero. Y Jesús la llama por su nombre, « María », esto va a cambiarlo todo. María reconoce en su corazón la voz de Jesús. Ella se vuelve hacia él y le llama a su vez : « Rabbuní, Señor. » Una vida nueva comienza en ella , tiene confianza en que Jesús está cerca , aunque su presencia sea en adelante diferente. Luego el Resucitado la envia: « Vete donde mis hermanos y diles que ¡he resucitado! » Su vida recibe un sentido nuevo, ella tiene una tarea que cumplir.
También nosotros, somos como María Magdalena junto a la tumba. Como en ella, hay en nosotros una espera, con frecuencia, cuestiones que no están resueltas. La espera, la experimentamos a veces como una carencia o un vacio. La manifestamos quizá mediante un grito de angustia o sin palabras, con un simple suspiro. Desde ahí nuestro ser comienza a abrirse a Dios. Es la espera, aunque confusa, de una comunión, que nos ha hecho vivir ya de la confianza en Dios.

La experiencia de la resurrección de Jesús cambió radicalmente la vida de aquellos primeros discípulos. En el momento del arresto, del juicio y de la crucifixión, todos salieron corriendo. Todos tuvieron miedo. Todos sintieron temor de las autoridades judías. Por eso el Evangelio de este domingo empieza afirmando que los discípulos estaban en una casa “con las puertas cerradas por miedo a los judíos”. Temían ser detenidos si salían a la calle. Así de simple.
Pero la resurrección de Jesús les abre a una vida nueva. Los que vivían en el temor, reciben el mensaje de la paz. Los que se habían encerrado en una casa con las puertas y ventanas cerradas –¿qué diferencia hay con una tumba?– son enviados a la vida a predicar la Buena Nueva del Reino.
Los resultados de esa misión están a la vista en la primera y en la segunda lectura. Los creyentes, los que han experimentado que Jesús está vivo forman una comunidad diferente, viven de un modo diferente, se relacionan de una manera diferente: tienen todo en común, comparten los bienes, nadie pasa necesidad. Son verdaderos hermanos y hermanas, que participan todos en la mesa común. ¿No es eso el Reino llevado a la práctica? Es posible que la primera lectura sea más un sueño, un deseo, del autor de los Hechos de los Apóstoles, que una descripción de la vida real de aquella primera comunidad de discípulos.
Pero ese sueño ha pervivido en la historia de la comunidad cristiana y ha seguido generando en muchos de los creyentes el deseo de hacerlo realidad. Es el sueño del Reino que, desde la fe, promueve una forma diferente de vivir, de relacionarse las personas.

Madre del Resucitado, mujer de entereza y fortaleza; Virgen de la fidelidad en medio del dolor y la muerte; lámpara que permaneciste encendida cuando muchas se apagaron; llama encendida que contagiaste ilusión; mujer valiente y orante que siempre creíste a tu Hijo.
LLENA NUESTRO CORAZÓN DE ALEGRÍA PASCUAL.
Hija del Padre que cantaste las maravillas del Dios de la historia que se pone de parte de los pobres y excluidos; mujer nunca resignada ante lo injusto y lo adverso, pero siempre dispuesta a ver en todas las cosas el paso salvador de Dios; caminante discreta que seguías los pasos de tu Señor y Mesías sin querer robar el protagonismo a los apóstoles de tu Hijo:
LLENA NUESTRA CORAZÓN DE ALEGRÍA PASCUAL.
Espejo de justicia y santidad, que no te gusta la mentira, la doblez de corazón, el disimulo, la murmuración o la envidia; trono de sabiduría que aguantas nuestros mantos y nuestras joyas, pero que encauzas nuestra generosidad hacia tus hijos más pobres; cuidadora solícita de las familias que nutres nuestros hogares de ternura y compasión; fortaleza de enfermos que sabes estar cerca de quien se le mueve los cimientos de la vida cuando aparece la enfermedad o la posible muerte.
LLENA NUESTRO CORAZÓN DE ALEGRÍA PASCUAL.
Madre de la Iglesia, que quieres que seamos comunidades abiertas, acogedoras y solícitas; que mantienes las llamas de nuestros cirios siempre encendidos…
LLENA NUESTRO CORAZÓN DE ALEGRÍA PASCUAL.

En estos días pascuales sentiremos a menudo resonar las palabras de Jesús: “He resucitado y estaré siempre con vosotros”.
Haciéndose eco a este anuncio, la Iglesia proclama exultante: “¡Sí, estamos seguros! ¡El Señor verdaderamente ha resucitado, aleluya! ¡A Él gloria y poder por los siglos”. Toda la Iglesia en esta fiesta manifiesta sus sentimientos cantando: “Este es el día de Cristo el Señor”…
…Y nosotros, resucitados con Cristo mediante el Bautismo, debemos ahora seguirlo fielmente en la santidad de vida, caminando sin parar a la Pascua eterna, con el apoyo de una toma de conciencia de que las dificultades, las luchas, las pruebas, los sufrimientos de la existencia humana, incluida la muerte ahora ya no podrán más separarnos de Él y de su amor.
Su resurrección ha creado un puente entre el mundo y la vida eterna, en el que cada hombre y cada mujer pueden llegar a alcanzar la verdadera meta de nuestro peregrinaje terreno…
Regina Coeli, 13 de abril de 2009
«¡Oh Luz gozosa
de la santa gloria del Padre celeste, inmortal,
santo y feliz Jesucristo!
Al llegar el ocaso del sol y, vista la luz vespertina,
ensalzamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, Dios.
Es digno cantarte en todo momento con armonía,
Hijo de Dios, que nos das la vida:
por ello, el universo proclama tu gloria».
El relato de Hechos de los Apóstoles comienza diciendo: «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar». De estas palabras deducimos que Pentecostés preexistía… a Pentecostés. En otras palabras: había ya una fiesta de Pentecostés en el judaísmo y fue durante tal fiesta que descendió el Espíritu Santo. No se entiende el Pentecostés cristiano sin tener en cuenta el Pentecostés judío que lo preparó. En el Antiguo Testamento ha habido dos interpretaciones de la fiesta de Pentecostés. Al principio era la fiesta de las siete semanas, la fiesta de la cosecha, cuando se ofrecía a Dios la primicia del trigo; pero sucesivamente, y ciertamente en tiempos de Jesús, la fiesta se había enriquecido de un nuevo significado: era la fiesta de la entrega de la ley en el monte Sinaí y de la alianza.
Si el Espíritu Santo viene sobre la Iglesia precisamente el día en que en Israel se celebraba la fiesta de la ley y de la alianza es para indicar que el Espíritu Santo es la ley nueva, la ley espiritual que sella la nueva y eterna alianza. Una ley escrita ya no sobre tablas de piedra, sino en tablas de carne, que son los corazones de los hombres. Estas consideraciones suscitan de inmediato un interrogante: ¿vivimos bajo la antigua ley o bajo la ley nueva? ¿Cumplimos nuestros deberes religiosos por constricción, por temor y por acostumbramiento, o en cambio por convicción íntima y casi por atracción? ¿Sentimos a Dios como padre o como patrón?
El secreto para experimentar aquello que Juan XXIII llamaba «un nuevo Pentecostés» se llama oración. ¡Es ahí donde se prende la «chispa» que enciende el motor! Jesús ha prometido que el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan (Lc 11, 13). Entonces, ¡pedir! La liturgia de Pentecostés nos ofrece magníficas expresiones para hacerlo: «Ven, Espíritu Santo… Ven, Padre de los pobres; ven, dador de los dones; ven, luz de los corazones. En el esfuerzo, descanso; refugio en las horas de fuego; consuelo en el llanto. ¡Ven Espíritu Santo!».
Aquí, en este País de libertad, quiero proclamar con fuerza que la Palabra de Cristo no elimina nuestras aspiraciones a una vida plena y libre, sino que nos descubre nuestra verdadera dignidad de hijos de Dios y nos alienta a luchar contra todo aquello que nos esclaviza, empezando por nuestro propio egoísmo y caprichos. Al mismo tiempo, nos anima a manifestar nuestra fe a través de nuestra vida de caridad y a hacer que nuestras comunidades eclesiales sean cada día más acogedoras y fraternas.
Sobre todo a los jóvenes les confío asumir el gran reto que entraña creer en Cristo y lograr que esa fe se manifieste en una cercanía efectiva hacia los pobres. También en una respuesta generosa a las llamadas que Él sigue formulando para dejarlo todo y emprender una vida de total consagración a Dios y a la Iglesia, en la vida sacerdotal o religiosa.
Queridos hermanos y hermanas, les invito a mirar el futuro con esperanza, permitiendo que Jesús entre en sus vidas. Solamente Él es el camino que conduce a la felicidad que no acaba, la verdad que satisface las más nobles expectativas humanas y la vida colmada de gozo para bien de la Iglesia y el mundo. Que Dios les bendiga.
Homilía de Benedicto XVI, Misa en el Yankee Stadium, Bronx, Nueva York
V Domingo de Pascua, 20 de abril de 2008
En el tiempo de Pascua celebramos la resurrección de Jesús pero hacemos también memoria gozosa de los primeros tiempos de la comunidad cristiana. No fueron fáciles pero son el modelo sobre el que la Iglesia se ha mirado siempre y debe seguir mirándose hoy.
Aquella primera comunidad comenzó caminando un poco a ciegas. Todo era nuevo. No había respuestas preparadas. Los desafíos eran constantes. Los problemas muchos. En los Hechos de los Apóstoles se repite a menudo veces que les guiaba el Espíritu. Es verdad. Pero la presencia del Espíritu no significa que aquellos pioneros de la fe no se vieran obligados a enfrentarse a los problemas que iban surgiendo, a lidiar con ellos y a buscar soluciones creativas que estuviesen de acuerdo con lo que habían aprendido de Jesús.
La primera lectura de este domingo muestra una situación concreta de conflicto: las viudas de los discípulos de lengua griega no se sentían atendidas como las de lengua hebrea, punta del iceberg de un conflicto mayor entre los judaizantes y los griegos. Una situación de auténtica crisis comunitaria. Y la propuesta de una solución: la creación de los diáconos, un ministerio en la comunidad. Los diáconos se encargarían de la administración y distribución de los bienes de la comunidad entre los necesitados.
Al diálogo y la propuesta de una solución práctica, sigue la oración y la imposición de manos. Todo lleva su orden. Así avanza la comunidad. Así se va haciendo Iglesia. Así ha llegado el Evangelio hasta nosotros, hecho experiencia viva en las vidas de los creyentes.
Durante sus veinte siglos de historia la comunidad cristiana se ha ido encontrando con problemas, desafíos, conflictos internos y externos… Es normal. Pero hay un elemento crucial, una razón que explica que haya seguido viva, un punto de unión entre los creyentes que impulsa la unidad y facilita el diálogo: la memoria de Jesús. Expresado en los términos del Evangelio de este domingo: Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida. Jesús ha sido el Camino, la Verdad y la Vida de la comunidad cristiana y de cada uno de los creyentes.
Las miradas de los creyentes confluyen en ese único punto y en él encuentran la fuerza y la motivación para seguir caminando y hacer realidad aquí y ahora el reino que predicó Jesús, para predicar y vivir la buena nueva de la reconciliación. Que Jesús sea el Camino no significa que no haya que dar cada uno de los pasos. Pero él es el guía que nos orienta.
A lo largo de la historia de la Iglesia ha habido muchos creyentes, hombres y mujeres, laicos y ministros ordenados, que, desde su fe en Jesús, Camino, Verdad y Vida, han dado respuesta a los desafíos, problemas y conflictos que se iba encontrando la comunidad. En diálogo, no siempre fácil, con el resto de la comunidad. De algunos han quedado sus nombres. Son, por ejemplo, los grandes fundadores de órdenes y congregaciones religiosas. Otros han quedado en el anonimato y sus obras han sido más pasajeras aunque no menos valiosas en su momento. Todos han hecho realidad el Evangelio, lo han llevado a vida diaria.
Hoy, porque seguimos vivos, seguimos encontrando nuevos desafíos y problemas, nuevos conflictos. El Evangelio nos sigue invitando a dar respuestas concretas, a no quedarnos en la teoría. En la oración, la reflexión, el diálogo y el discernimiento comunitario será como iremos descubriendo las respuestas y las soluciones que nos vayan indicando el camino concreto a seguir. Siempre con la Palabra en el centro, como criterio último y definitivo.
En la comunidad cristiana los creyentes no deben tener miedo a los problemas. Y menos a las soluciones creativas que nos ayuden a dar respuestas concretas en el aquí y ahora de nuestro mundo. Igual que los apóstoles crearon el ministerio del diaconado para servir a los pobres, crearemos otros ministerios y servicios para dar respuesta a las necesidades que encontremos en el camino.
La comunidad cristiana es una comunidad siempre en diálogo, siempre en búsqueda, siempre al servicio de la construcción del Reino, siempre teniendo a Jesús como Camino, Verdad y Vida. Como dice la segunda lectura: “Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa”.
LECTURAS DEL V DOMINGO DE PASCUA (pulse abajo)
Te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos. Es tan distinto saber de Dios como una rutina, una doctrina o una teoría… y saber de Dios como una presencia real que ha tocado mi vida. Es la diferencia entre leer una partitura y escuchar la música, entre leer un ensayo sobre el afecto o dar un abrazo a la persona amada. A Dios estamos llamados a conocerlo como presencia, a descubrirlo cerca. No como una teoría o una leyenda, no como un mito ni como un cuento. Dios presente, vivo en ti y en mí, en sus criaturas, susurrándonos palabras de Evangelio, de Reino, de Vida….





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