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Toda la vida de Jesús ha consistido en revelar el ser de Dios, que es Amor. El amor es el único mandamiento que nos dejó. El Reino, la llamada, su predicación, los milagros, toda su vida entera, han sido la irrupción definitiva de Dios en el mundo para invitar a todos los hombres a entrar en comunión con Él.
Jesús ha hecho de su vida una entrega al cumplimiento de la voluntad del Padre. El designio de dios y la libertad del hombre, que rechaza a Dios, han hecho que la salvación pase por la cruz.
La cruz es el signo del amor que Dios siente por el mundo; pero también la ejecución de una sentencia injusta, dictaminada por el mundo. Puede ser abandono y fracaso, escándalo, y necedad, pero si es ofrecida por Dios, entonces es sabiduría de Dios, salvación, y motivo de esperanza para el mundo.

¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza!
Jamás el bosque dio mejor tributo
En hoja, en flor y en fruto.
¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la vida empieza
con un peso tan dulce en su corteza!
Vinagre y sed la boca, apenas gime;
y, al golpe de los clavos y la lanza,
un mar de sangre fluye, inunda, avanza
por tierra, mar y cielo, y los redime.
Ablándate, madero, tronco abrupto
de duro corazón y fibra inerte,
doblégate a este peso y esta muerte
que cuelga de tus ramos como un fruto.

Jesús formula la ley fundamental de la existencia humana: «El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna» (Jn 12,25).
Es decir, quien quiere tener su vida para sí, vivir sólo para él mismo, tener todo en puño y explotar todas sus posibilidades, éste es precisamente quien pierde la vida. Ésta se vuelve tediosa y vacía. Solamente en el abandono de sí mismo, en la entrega desinteresada del yo en favor del tú, en el «sí» a la vida más grande, la vida de Dios, nuestra vida se ensancha y engrandece. Así, este principio fundamental que el Señor establece es, en último término, simplemente idéntico al principio del amor.
En efecto, el amor significa dejarse a sí mismo, entregarse, no querer poseerse a sí mismo, sino liberarse de sí: no replegarse sobre sí mismo —¡qué será de mí!— sino mirar adelante, hacia el otro, hacia Dios y hacia los hombres que Él pone a mi lado. Y este principio del amor, que define el camino del hombre, es una vez más idéntico al misterio de la cruz, al misterio de muerte y resurrección que encontramos en Cristo.
Queridos amigos, tal vez sea relativamente fácil aceptar esto como gran visión fundamental de la vida. Pero, en la realidad concreta, no se trata simplemente de reconocer un principio, sino de vivir su verdad, la verdad de la cruz y la resurrección. Y por ello, una vez más, no basta una única gran decisión.
Indudablemente, es importante, esencial, lanzarse a la gran decisión fundamental, al gran «sí» que el Señor nos pide en un determinado momento de nuestra vida. Pero el gran «sí» del momento decisivo en nuestra vida —el «sí» a la verdad que el Señor nos pone delante— ha de ser después reconquistado cotidianamente en las situaciones de todos los días en las que, una y otra vez, hemos de abandonar nuestro yo, ponernos a disposición, aun cuando en el fondo quisiéramos más bien aferrarnos a nuestro yo.
También el sacrificio, la renuncia, son parte de una vida recta. Quien promete una vida sin este continuo y renovado don de sí mismo, engaña a la gente. Sin sacrificio, no existe una vida lograda. Si echo una mirada retrospectiva sobre mi vida personal, tengo que decir que precisamente los momentos en que he dicho «sí» a una renuncia han sido los momentos grandes e importantes de mi vida.
De la Homilía del Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor 2009
Tus heridas nos han curado

Aparentemente, nada tiene que ver la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén con el drama del Calvario del Viernes Santo y, sin embargo, esto es más real que la vida misma. Es la historia que se repite y que aquí tiene como protagonista el Corazón manso y humilde de Jesús, que se pone en manos de sus hermanos, los hombres. Fue llevado como cordero al matadero. Sabía que, como dice el Evangelio, nadie me quita la vida, soy yo el que la entrego por la redención del mundo. Va a la muerte, como dice la Plegaria eucarística, voluntariamente aceptada.
Detrás de los hechos, detrás de los errores humanos, detrás de toda la barbarie, que se ceba contra Cristo, existe una realidad mucho más profunda y real: la entrega de su Vida por Amor. Pasa por lo que tenga que pasar con tal de decirnos, una y otra vez, con su vida, que nos ama. La Pasión es la mayor declaración de amor del Padre y del Hijo a cada persona. Es el Te quiero permanente de Dios a la Humanidad. ¿Podríamos creer en un Dios al que nuestra vida no le hubiese costado su sangre?
La expresión paulina de que hemos sido comprados con su sangre, nos alienta y nos recuerda el valor que da Dios a nuestra vida. Nos llena de la verdadera autoestima, y es que, cuando pienso que no valgo para nada, que mi vida no le interesa casi a nadie, nos quedas Tú, Señor. Eres Tú el que con tu pasión, muerte y resurrección nos recuerdas un amor que siempre nace en medio de todas las dificultades y problemas de la vida. La Pasión nos recuerda y nos convence de que nada ni nadie nos podrá quitar el amor de Jesús. Es un Amor que siempre sale a nuestro favor. Como escribieron los jóvenes en el muro de Berlín, Dios está con nosotros, no contra nosotros. El descubrimiento de la Pasión de Cristo borra todas nuestras dudas e incertidumbres sobre lo que es y debe ser nuestra vida. Somos infinitamente amados por un Dios que vive, muere y resucita por nosotros los hombres y por nuestra salvación.
Al descubrir la entrada de Jesús en Jerusalén, al leer la Pasión de Cristo en este Domingo, la Iglesia nos recuerda el sorprendente amor de Dios. Decía Carlos de Foucault: «Me enamoré de Cristo crucificado y no quiero contemplar nada más». Ésta es la esperanza y la alegría de nuestra vida, éste es el gozo desbordante de nuestra existencia. Nada está perdido cuando descubrimos el amor de Dios. Tu vida lo vale todo para Dios y lo puedes descubrir en su Pasión. Su amor es verdaderamente el motor que mueve el mundo. Lo que nos descubre la Pasión del Señor es que su amor va más allá de nuestras miserias. Lo que importa es amar y amar hasta el final, amar hasta el extremo, como nos enseña la pasión, muerte y resurrección de Cristo que celebramos en el Triduo Pascual.
Francisco Cerro

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Señor, enséñame a esperar. A creer en las promesas, en tus promesas. Enséñame a sentir que, aunque no lo vea, la losa que cubre tantas realidades está a punto de romperse. Dame fe, Señor. |
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Tus últimas palabras son de nuevo una oración al Padre. Todo está cumplido y le devuelves el Espíritu. Ese espíritu que es el hálito vital que te dio la primera respiración, la primera palabra, la primera sonrisa, el primer llanto. Pero también el Espíritu Santo que penetró ya el vientre de tu madre María. Ese Espíritu que te ha acompañado a lo largo de toda tu vida, que te hizo fuerte, sabio, paciente, misericordioso. El Espíritu que al tercer día te resucitará y que tu comunicarás a los apóstoles en el día de Pentecostés.
La vida esta a punto de agotarse. ¿Pasaría también por tu cabeza esa película que nos recuerda los momentos más importantes de nuestra vida? La respiración es cada vez más acelerada, los pulmones apenas pueden sostener ya el aire, el corazón no logra bombear con normalidad la poca sangre que te queda… Lo único que te queda es el Espíritu, y se lo das a tu Padre para que él te lo cuide unos días…
Ahora te espera un viaje de tres días, dicen que irás al infierno, a rescatar el alma de los justos encadenados al poder de la muerte… la muerte va a ser vencida definitivamente, la última batalla la vas a vencer tú, y te preparas para ello. A partir de hoy una espera, la espera tensa de la resurrección, de la justicia que te reivindica y te hace Señor del Tiempo y de la Historia.
Tu te vas pero nos quedará tu Espíritu. No tu simple recuerdo, ni tu mensaje moral, sino la fuerza que cambió el mundo y que lo sigue transformando. El Espíritu que animó a los primeros cristianos a salir del anonimato de una pequeña provincia del Imperio y a convertir a ese mismo Imperio en apenas tres siglos al cristianismo. Aquellos que te han abandonado y negado van a dar sus vidas por ti. Y aquellos que han escuchado hablar de ti darán su vida a lo largo de los siglos. Es incontable el número de los mártires, de los santos, de los justos que entregaron su vida por ti. Todos ellos lo hicieron animados por tu Espíritu. Hoy no se habla de esto, pero ninguna institución de la historia puede presentar el currículum de santidad de la Iglesia. Ha tenido fallos y pecados, sí; pero su obra en la historia es lo mejor que le ha pasado al hombre. Quitad a la Iglesia de la sociedad y esta se autodestruirá en menos que canta un gallo.
Tu Espíritu nos acompaña, nos guía hasta el final de los tiempos. Nos hace hombres y mujeres de fe, de esperanza y de caridad. De fe en Dios, de caridad con el prójimo y de esperanza en que después de la tormenta viene la calma; después de la muerte siempre viene la resurrección. El cristiano sabe que ha vencido ya la última batalla. Y no la ha vencido él, sino que la has vencido tú por nosotros. Como nos dice San Pablo y repetimos en el pregón pascual, la muerte ha perdido su aguijón. ¿Qué sentido tendría la vida si todo terminara en la muerte?, ¿Para que servirían los buenos momentos y los sinsabores de la vida si todo se acabara como un sueño? Tu nos has abierto las puertas del Paraíso, le has devuelto un sentido a nuestras vidas, nos has hecho inmortales para siempre. Gracias por dejarnos tu Espíritu que nos conduce hasta el final de nuestros días.
Señor, ¡encomienda también a nuestras manos tu Espíritu, para que sea él y no nosotros quien gobierne nuestra vidas!
«Mientras cenaban, tomó un pan, pronunció la bendición,lo partió y se lo dio diciendo: “Tomad, esto es mi cuerpo”» (Mc 14,22)
El pan que es la propia vida. Partir, repartir y compartir lo que uno tiene, lo que uno es, lo que uno sueña y siente. Dar tu fuerza y tu debilidad, tu ilusión y tu abatimiento, tu canto y tu silencio. Dar tu tiempo y tu mirada, tu riqueza y tu nada. Darte cada día.Es lo que haces tú: el Hijo del Hombre; el Hijo de Dios, el Dios de rostro humano; el hombre cuya vida habla de Dios. Tú mismo te conviertes en don, en entrega, en regalo. Qué sorprendente forma de actuar en un mundo de brazos cerrados, donde, quien más quien menos, todos nos reservamos mucho.
“Se levanta de la mesa, se quita el manto, y tomando una toalla, se la ciñe. Después echa agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba ceñida” (Jn 13,4-5)
Dar descanso y alivio tras la fatiga del camino. Mostrarle al otro que es merecedor de una dignidad profunda, sea cual sea su situación. Invertir los rangos y categorías. Acariciar los cansancios. Despojarse uno de pompas y honras, de títulos y méritos, para vestirse la toalla de quien está dispuesto a cuidar del otro. Es lo que haces tú, un Dios hecho hombre, un hombre que refleja Dios, y ese gesto genera sorpresa e incomprensión, resistencia y miedo. ¿Quién va a abrazar hoy esta lógica absurda? ¿Por qué hacerse pequeño y no grande? ¿Por qué agacharse para cuidar del sencillo?
FRATERNIDAD
Estás en medio nuestro
como un gran amigo.
Sostienes nuestras voces
con tu voz silenciosa.
Es hermoso tenerte
tan cerca en este instante
de oración y alegría
que nos une a tu lado. Lávanos bien el alma
de egoísmo, Señor,
en tanto te rezamos
con las manos unidas.
Haz que esta plegaria
que nos das que te demos
nos haga más hermanos
de verdad desde ahora.
Estás en medio nuestro
sembrándonos tu vida,
tu reciente y eterna
ternura transparente.
Todo cuanto ahora mismo
cantamos todos juntos
es una lenta súplica
de amor y de querencia.
Basta, Señor, de un mundo
que se cierra a tu altura.
De unos hombres
que sólo se miran con recelo.
De esta lágrima inmensa
que es la tierra en que vamos
medio viviendo aprisa
sin mirarte a los ojos.
Valentín Arteaga.
como un gran amigo.
Sostienes nuestras voces
con tu voz silenciosa.
Es hermoso tenerte
tan cerca en este instante
de oración y alegría
que nos une a tu lado. Lávanos bien el alma
de egoísmo, Señor,
en tanto te rezamos
con las manos unidas.
Haz que esta plegaria
que nos das que te demos
nos haga más hermanos
de verdad desde ahora.
Estás en medio nuestro
sembrándonos tu vida,
tu reciente y eterna
ternura transparente.
Todo cuanto ahora mismo
cantamos todos juntos
es una lenta súplica
de amor y de querencia.
Basta, Señor, de un mundo
que se cierra a tu altura.
De unos hombres
que sólo se miran con recelo.
De esta lágrima inmensa
que es la tierra en que vamos
medio viviendo aprisa
sin mirarte a los ojos.

De nuevo te diriges a tu Padre. Todo se va a acabar, aunque el final es sólo el principio de la salvación. Termina la crucifixión y pronto comenzará la novedad de la resurrección. Tú ya no puedes hacer nada más. Te has dado entero, como dice san Juan, nos amaste hasta el extremo. Ya no te queda más amor, ni más perdón, ni más sangre, ni más fuerzas. El tormento de la cruz está a punto de ganar aparentemente la batalla. Será sólo una victoria de tres días, hasta que el Padre de nuevo intervenga y ponga las cosas en su sitio. El mal vence siempre aparentemente, pero luego la justicia de Dios acaba siempre imponiéndose.
Dentro de unos minutos, la lanza de un soldado romano solo conseguirá vaciarte aún más si cabe de la poca sangre y agua que queda en tu cuerpo. De tu costado abierto brotarán los sacramentos, Bautismo y Eucaristía. Todo está cumplido. Ya no puedes hacer otra cosa que esperar a que los hombres se arrepientan de lo que han hecho y se enmienden en sus vidas. Muere Cristo y nace la Iglesia, la que a pesar de los pesares nos ha transmitido tu mensaje hasta nuestros días.
Has vivido una vida intensa. Un nacimiento fuera de lo común para un Rey como tú. Una infancia y juventud de lo más normalitas, rodeadas del cariño de tus padres y de tus amigos. Una maduración que te ha hecho ver que eras distinto a los demás. Así te preparabas para darte a conocer. Y tres años intensos de predicación, de milagros, de parábolas, de curaciones, de amistades, aunque también de continuos enfrentamientos con las autoridades de este mundo que te han llevado al punto en que te encuentras ahora. Ser bueno en esta vida tiene sus problemas. Tú lo experimentas con la entrega de tu propia vida. No has hecho ni dicho nada malo, has ayudado a todo quien se ha cruzado en tu camino, has luchado contra el pecado en todas sus manifestaciones, pero te ha llevado a enfrentarte con intereses poderosos, con personas que no estaban dispuestas a cambiar su situación y te han llevado al patíbulo. Tú, en vez de llamar una legión de ángeles para que te ayudaran has preferido sufrir en silencio. Has comprendido que esa era la voluntad del Padre, una voluntad que no entiendes pero que aceptas. Ha sido una vida de continúa acción de gracias al Padre, una vida en la que nos has enseñado lo que significa verdaderamente ser hombre, cual es el secreto de la felicidad, de la tranquilidad de conciencia y de cumplir la voluntad de Dios. Ya Dios no tiene que decir nada más para nuestra salvación. Quien te ve a ti ve al Padre, tu eres el camino, la verdad y la vida, el Buen Pastor que da la vida por las ovejas, el Pan vivo que ha bajado del cielo.
Todo está cumplido. Dios ya no puede dar más de sí. Ahora espera nuestra respuesta, nuestra adhesión a ese plan que quiere conquistar el mundo no desde la fuerza sino desde el amor; a ese Reino que se impone a base de ejércitos incontables, pero no de guerreros sino de santos. Sus armas no son fusiles y cañones, sino Paz, Amor, Fe y Esperanza. Todo esta cumplido por tu parte, pero ahora esperas que nosotros cumplamos con la nuestra…
Jesús, ¡Tú lo dejaste todo cumplido, que tu Pasión no sea en vano, que tú sangre derramada no sea estéril, recuérdanos cada día que ahora somos notros los que tenemos que poner de nuestra parte para que el Reino de Dios crezca!

El Maestro tiene sed… él, que le había dicho a la Samaritana que quien bebiera del agua de la vida ya nunca más tendría sed… De nuevo Jesús se solidariza con los hombres de este mundo que tienen sed… sed física y sed espiritual. El que es la Palabra de Dios, el Pan de la Vida, el manantial de agua fresca se humilla una vez más… La cruz es la escuela en la que, como dice San Pablo, Jesucristo aprendió sufriendo, a obedecer. Si la encarnación es un prodigio de humildad, la cruz es el clímax de la misma. El que pudo nacer en cualquier palacio escogió un pesebre para venir al mundo. El que era inmortal escoge morir entre los desheredados del mundo, en el lugar del escarnio y de la humillación. A Dios no le bastó hacerse uno de nosotros, sino que nos quiso dar un último ejemplo de humildad… Poco antes de hacerlo, ya había lavado los pies de los discípulos para mostrarles que el que quiera ser el primero tiene que portarse como el servidor de todos. Pedro no lo entendía, probablemente los otros tampoco, ellos que querían los primeros puestos no terminan de entender que la salvación pasa por el servicio y la humillación… por eso no están allí contigo, por que no te han comprendido del todo… hará falta la resurrección para que no tengan miedo ellos tampoco de humillarse y morir por ti…
Para cumplir las Escrituras pides un poco de agua. En lugar de ello te dan vinagre e hiel. La agonía se prolonga y los hombres van desfilando junto a la cruz. “Si ha salvado a otros, que se baje de la cruz y entonces creeremos en él”. De nuevo aparece Satanás, como en las tentaciones, pero esta vez con un rostro concreto. Cuantas veces nos reímos del indefenso, del que está clavado en la cruz, del que no puede defenderse… lo que no nos atrevemos a decirle a los poderosos de este mundo se lo decimos a los crucificados, a los que tienen las manos atadas y no pueden hacer nada… Que fácil es reírse del humillado, hacerse fuerte frente al abandonado y al frágil. Lo difícil es lo que tú haces, soportar con paciencia los insultos y las risas en vez de demostrar abiertamente tu divinidad… Al pie de la cruz se reparten tu túnica, se juegan a suertes la única posesión material que te queda… ya nos habías dicho que “el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza”… ahora solo te queda la cruz, a la que estás pegado y bien sujeto para que no huyas… El Dueño de toda la creación no tiene nada material, ni siquiera un poco de agua con el que saciar la angustia…
Tengo sed, dice el que había convertido el agua en vino en Caná. Cuanto daría él en ese momento por un poco de agua con el que refrescar la boca seca y el cuerpo deshidratado por tantas heridas… Para nosotros la sed hoy ya no es una necesidad primaria. Basta abrir un grifo o entrar en un bar y pedir un poco de agua o de cualquier otro líquido para calmarla. Y sin embargo, para un tercio del mundo el agua sigue siendo cuestión de vida o muerte. En muchos pueblos de África , Asia o Sudamérica no hay grifos, hay charcos llenos de agua enlodada que son un vivero de enfermedades mortales. También ellos tienen sed, y hambre, no solo física sino también hambre y sed de la justicia, como nos dijiste tú en las bienaventuranzas. Tu sed es la sed de los pobres de este mundo, de aquellos que sufren por una riqueza mal repartida, de aquellos que nacen condenados a morir en la más absoluta de las miserias por culpa de los caprichos de unos cuantos poderosos…
Señor, ¡haznos tener sed de ti, sed espiritual que aparque nuestras a menudo ficticias sedes materiales…!
“Desde hace veinte años, gracias al Papa Juan Pablo II, el Domingo de Ramos se ha convertido de manera particular en el día de la juventud, el día en que los jóvenes del todo el mundo salen al encuentro de Cristo, deseando acompañarle en sus ciudades y sus países para que esté entre nosotros y pueda establecer en el mundo su paz. Si queremos salir al encuentro de Jesús y caminar después con él por su camino, tenemos que preguntar: ¿Por qué camino quiere guiarnos? ¿Qué nos esperamos de él? ¿Qué se espera de nosotros?
Para comprender lo que sucedió el Domingo de Ramos y saber qué significa no sólo para aquella época sino para todos los tiempos, resulta importante un detalle, que para sus discípulos se convirtió en la clave para comprender aquel acontecimiento cuando, después de Pascua, recordaron con una nueva mirada aquellos días tumultuosos. Jesús entra en la Ciudad Santa a lomos de un asno, es decir, el animal de la sencilla gente del campo, y además un asno que no le pertenece, que ha tomado prestado para esta ocasión. No llega en una lujosa carroza real, ni a caballo como los grandes del mundo, sino en un asno tomado prestado. Juan nos cuenta que en un primer momento los discípulos no entendieron esto. Sólo después de la Pascua se dieron cuenta de que de este modo Jesús estaba cumpliendo los anuncios de los profetas, mostraba que su acción derivaba de la Palabra de Dios y la llevaba a su cumplimiento. Se acordaron, dice Juan, de que en el profeta Zacarías se lee: “No temas, hija de Sión; mira que viene tu Rey montado en un pollino de asna” (Juan 12, 15; Cf. Zacarías 9, 9). Para comprender el significado de la profecía y de este modo la acción de Jesús, tenemos que escuchar todo el texto de Zacarías que sigue diciendo: “El suprimirá los cuernos de Efraím y los caballos de Jerusalén; será suprimido el arco de combate, y él proclamará la paz a las naciones. Su dominio irá de mar a mar y desde el Río hasta los confines de la tierra” (9,10).






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