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POPE PRESIDES OVER CHRISM MASS AT VATICAN

 Mirad cómo se humilla cada día, como cuando bajó del trono real al seno de la Virgen. Cada día baja del seno del Padre al altar en las manos del sacerdote…

E igual que se manifestó a los apóstoles en carne verdadera, así también ahora se manifiesta a nosotros en el pan consagrado…

Te adoramos, Santísimo Señor Jesucristo, aquí y en todas tus iglesias que hay en el mundo entero, y te bendecimos, pues por tu santa Cruz has redimido al mundo.

 San Francisco
 
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Queridos jóvenes, no tengáis miedo de imitar a Francisco ante todo en la capacidad de volver a vosotros mismos. Él supo hacer silencio en su interior, poniéndose a la escucha de la Palabra de Dios. Paso a paso, se dejó llevar de la mano hasta el encuentro pleno con Jesús, hasta hacer de este encuentro el tesoro y la luz de su vida.  Benedicto XVI en Asís, 2007

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Mensaje de Benedicto XVI en el Angelus del 28 de octubre: 

Saludo con afecto a los fieles de lengua española. En particular, saludo a mis Hermanos Obispos de España, a los sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y fieles que habéis tenido el gozo de participar en la beatificación de un numeroso grupo de mártires del pasado siglo en vuestra Nación, así como a los que siguen esta oración mariana a través de la radio y la televisión.

Damos gracias a Dios por el gran don de estos testigos heroicos de la fe que, movidos exclusivamente por su amor a Cristo, pagaron con su sangre su fidelidad a Él y a su Iglesia. Con su testimonio iluminan nuestro camino espiritual hacia la santidad, y nos alientan a entregar nuestras vidas como ofrenda de amor a Dios y a los hermanos. Al mismo tiempo, con sus palabras y gestos de perdón hacia sus perseguidores, nos impulsan a trabajar incansablemente por la misericordia, la reconciliación y la convivencia pacífica.

Os invito de corazón a fortalecer cada día más la comunión eclesial, a ser testigos fieles del Evangelio en el mundo, sintiendo la dicha de ser miembros vivos de la Iglesia, verdadera esposa de Cristo. Pidamos a los nuevos Beatos, por medio de la Virgen María, Reina de los Mártires, que intercedan por la Iglesia en España y en el mundo; que la fecundidad de su martirio produzca abundantes frutos de vida cristiana en los fieles y en las familias; que su sangre derramada sea semilla de santas y numerosas vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras. ¡Que Dios os bendiga!”

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– La oración hace renacer al mundo. La oración es la condición indispensable para la regeneración y la vida de cada alma (M.Mª. Kolbe).

– Cuando en ti disminuye la gracia, disminuye en otros muchos que dependen de ti. Si eres amigo de Cristo, muchos otros se calentarán en ese fuego, compartirán esa luz (F. Mauriac).

– Señor, ayúdame a que mis ojos sean misericordiosos, que jamás sospeche o juzgue según las apariencias, sino que mire lo que de bello existe en el alma de mi prójimo (Sta. F. Kowalska).

– El amor comienza cuando una persona siente que las necesidades de otra persona son tan importantes como las suyas propias (H. S. Sullivan).


– Necesitamos encontrar a Dios, y a Dios no se le puede encontrar en el bullicio y en el desasosiego. Dios es el amigo del silencio. ¿Ves cómo crece en silencio la naturaleza: los árboles, las flores, la hierba? ¿Ves las estrellas, la luna y el sol, cómo se mueven en silencio? Cuanto más recibimos en oración silenciosa, más podemos dar en nuestra vida activa. Necesitamos silencio para poder llegar a las almas (Teresa de Calcuta).

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Frena tu lengua para que no se desboque; di siempre menos de lo que piensas. Cultiva una voz baja y persuasiva; la forma como lo dices a veces cuenta más que lo que dices.

Nunca dejes pasar la oportunidad para decir una palabra amable y alentadora.
Elogia el trabajo bien hecho, sin importar quién lo hizo.

Interésate en los demás: en sus ocupaciones, su bienestar, sus hogares y su familia. Haz que todos, sin importar lo humilde que sean, sientan que tú los consideras importantes.

Sé jovial, oculta tus dolores, tus preocupaciones y tus desengaños bajo tu sonrisa animosa y sincera. Ríe francamente cuando oigas un buen chiste y aprende a contarlo tú también.

Debes mantener tu mente abierta a los problemas. Puedes discutir, pero sin disputar.

Deja que tus virtudes hablen por sí solas y no menciones los vicios de los demás. No alientes la murmuración. Debes imponerte no decir nada sobre personas cuando no sea algo bueno.

Ten mucho cuidado con los sentimientos de los demás. Los chistes y bromas, a expensas de otros, pocas veces valen la pena decirlos, pues hieren donde menos se espera.

No pongas atención a comentarios malévolos acerca de ti, simplemente vive de tal modo que nadie los crea.

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Déjame, Señora, decirte un poco de mi historia tejida de vulgaridades, de días sin brillo, de momentos turbios sin ganas de hacer nada. Nuestra vida, Señora, comienza cada día con una mirada de esperanza, pero a veces, cuando llega la noche, una sensación de inutilidad, como un escalofrío, recorre todo mi ser.

 Tú, santa María de cada día, de cada hora nuestra, enséñanos el valor de vivir la eterna novedad, de quien estrena corazón cada mañana. Nunca me siento tan feliz como cuando me valoran las pequeñas cosas que hago. Antes me daba pena y rabia porque nadie se fijaba en mis pequeños esfuerzos por mantener la casa en orden, por hacerlo todo con verdadero amor, por el detalle, por pensar en cómo hacer feliz a cada uno de mi casa.

Tú tan parecida a mí, me has enseñado hoy la hermosa lección: “ama y todo cambiará”. Tú eres el centro de un amor eterno. Tú eres amada por Dios de un modo único e irrepetible y todo estalla en sinfonía de novedad. Amén

Domingo XXX del Tiempo ordinario

Evangelio de Lc 18,9-14

 En aquel tiempo, a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, Jesús les dijo esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano.

El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: ‘¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias’.

En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!’. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».

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                                                                                       ¿Comprar a Dios?

Quien se ha encontrado con el Dios vivo alguna vez, ha frecuentado su amistad y ha saboreado el amor de Dios, nunca se tendrá por justo, porque justo sólo es Dios; y acercarse al solo Justo supone hacer la experiencia de comprobar nuestra desproporcionada diferencia con Él. Saberse pecador, reconocerse como no justo, no significa vivir tristes, sin paz o sin esperanza, sino situar la seguridad en Dios y no en las propias fuerzas, o en una hipócrita virtud. Alguien que verdaderamente no ha orado nunca, seguirá necesitando afirmarse y convencerse de su propia seguridad, ya que la de Dios, la única que verdaderamente es fiel, ni siquiera la ha intuido. Y cuando alguien se tiene por justo, y está hinchado de su propia seguridad, es decir, cuando vive en su mentira, suele maltratar a sus prójimos, los desprecia porque no llegan a su altura, porque no están al nivel de su santidad.
Tenemos, pues, el retrato robot de quien, estando incapacitado para orar por estas tres actitudes incompatibles con la auténtica oración, como el fariseo de la parábola, creía que podía comprar a Dios la salvación. La moneda de pago sería su arrogante virtud, su postiza santidad. Hasta aquí el fariseo.
Pero había otro personaje en la parábola: un publicano, es decir, un proscrito de la legalidad, alguien que no formaba parte del censo de los buenos. Y al igual que otras veces, Jesús lo pondrá como ejemplo, no para resaltar morbosamente su condición pecadora, sino para que, en ésta, resplandezca la gracia que puede hacer nuevas todas las cosas. Aquel publicano ni se sentía justo ante Dios, ni tenía seguridad en su propia coherencia, ni tampoco despreciaba a nadie. Ni siquiera a sí mismo. Sólo dijo una frase, al fondo del templo, en la penumbra de sus pecados: «Oh Dios, ten compasión de este pecador». Preciosa oración, tantas veces repetida por los muchos peregrinos que en su vida de oscuridad, de errores, de horrores quizás también, han comenzado a recibir gratis una salvación que con nada se puede comprar.
Jesús nos enseña a orar viviendo en la verdad, no en el disfraz de una vida engañosa y engañada ante todos menos ante Dios.
Tratar de amistad con quien nos ama es reconocer que sólo Él es Dios, que nosotros somos unos pobres pecadores a los que se les concede el don de volver a empezar siempre, de volver a la luz, a la alegría verdadera, a la esperanza, para rehacer aquello que en nosotros y entre nosotros, pueda haber manchado la gloria de Dios y nuestra dignidad.

Evangelio de Lc 12,54-59

  En aquel tiempo, Jesús decía a la gente: «Cuando veis una nube que se levanta en el occidente, al momento decís: ‘Va a llover’, y así sucede. Y cuando sopla el sur, decís: ‘Viene bochorno’, y así sucede. ¡Hipócritas! Sabéis explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no exploráis, pues, este tiempo? ¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo? Cuando vayas con tu adversario al magistrado, procura en el camino arreglarte con él, no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al alguacil y el alguacil te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo».

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«¿Cómo no exploráis este tiempo?

¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo?»

Hoy, Jesús quiere que levantemos nuestra mirada hacia el cielo. Esta mañana, después de tres días de lluvia persistente, el cielo ha aparecido luminoso y claro en uno de los días más espléndidos de este otoño. Vamos entendiendo en el tema de cambios de tiempo, ya que ahora los meteorólogos son casi como de la familia. En cambio, nos cuesta más entender en qué tiempo estamos o vivimos: «Sabéis explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no exploráis, pues, este tiempo?» (Lc 12,56). Muchos de los que escuchaban a Jesús dejaron perder una ocasión única en la historia de toda la Humanidad. No vieron en Jesús al Hijo de Dios. No captaron el tiempo, la hora de la salvación.

El Concilio Vaticano II, en la Constitución Gaudium et Spes (n. 4), actualiza el Evangelio de hoy: «Pesa sobre la Iglesia el deber permanente de escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio (…). Es necesario, por tanto, conocer y comprender el mundo en que vivimos y sus esperanzas, sus aspiraciones, su modo de ser, frecuentemente dramático».

Cuando observamos la historia, no nos cuesta mucho señalar las ocasiones perdidas por la Iglesia por no haber descubierto el momento entonces vivido. Pero, Señor: ¿cuántas ocasiones no habremos perdido ahora por no descubrir los signos de los tiempos o, lo que es lo mismo, por no vivir e iluminar la problemática actual con la luz del Evangelio? «¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo?» (Lc 12,57), nos vuelve a recordar hoy Jesús.

No vivimos en un mundo de maldad, aunque también haya bastante. Dios no ha abandonado su mundo. Como recordaba san Juan de la Cruz, habitamos en una tierra en la que anduvo el mismo Dios y que Él llenó de hermosura. La beata Teresa de Calcuta captó los signos de los tiempos, y el tiempo, nuestro tiempo, ha entendido a la beata Teresa de Calcuta. Que ella nos estimule. No dejemos de mirar hacia lo alto sin perder de vista la tierra.

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Cuando murió Miguel de Unamuno, en 1936 en Salamanca, encontraron esta oración:

 Agranda la puerta, Padre,

porque no puedo pasar.

La hicieron para los niños,

 yo he crecido a mi pesar.

 

Si no me agrandas las puertas,

achícame por piedad.

Vuélveme a la edad aquella

en que vivir es soñar. 

Evangelio de Lc 12,13-21  

En aquel tiempo, uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». Él le respondió: «¡Hombre! ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?». Y les dijo: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes».

Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: ‘¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?’. Y dijo: ‘Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea’. Pero Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?’. Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios».

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«La vida de uno no está asegurada por sus bienes»

Hoy, el Evangelio, si no nos tapamos los oídos y no cerramos los ojos, causará en nosotros una gran conmoción por su claridad: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes» (Lc 12,15). ¿Qué es lo que asegura la vida del hombre?

Sabemos muy bien en qué está asegurada la vida de Jesús, porque Él mismo nos lo ha dicho: «El Padre tiene el poder de dar la vida, y ha dado al Hijo ese mismo poder» (Jn 5,26). Sabemos que la vida de Jesús no solamente procede del Padre, sino que consiste en hacer su voluntad, ya que éste es su alimento, y la voluntad del Padre equivale a realizar su gran obra de salvación entre los hombres, dando la vida por sus amigos, signo del más excelso amor. La vida de Jesús es, pues, una vida recibida totalmente del Padre y entregada totalmente al mismo Padre y, por amor al Padre, a los hombres. La vida humana, ¿podrá ser entonces suficiente en sí misma? ¿Podrá negarse que nuestra vida es un don, que la hemos recibido y que, solamente por eso, ya debemos dar gracias? «Que nadie crea que es dueño de su propia vida» (San Jerónimo).

Siguiendo esta lógica, sólo falta preguntarnos: ¿Qué sentido puede tener nuestra vida si se encierra en sí misma, si halla su agrado al decirse: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea» (Lc 12,19)? Si la vida de Jesús es un don recibido y entregado siempre en el amor, nuestra vida —que no podemos negar haber recibido— debe convertirse, siguiendo a la de Jesús, en una donación total a Dios y a los hermanos, porque «quien vive preocupado por su vida, la perderá» (Jn 12,25).

agua-noche.jpgCuando se tiene sed de Dios,

lo más adecuado es llegar hasta las fuentes de la fe,

y con el agua de ese manantial

 empapar los problemas de la vida y del futuro.

 

¡Qué grande es el amor! Hace ligero todo lo pesado y soporta todo lo difícil; lleva el peso sin fatiga y todo lo amargo lo vuelve sabroso (Tomás de Kempis).

Hay asesinos de almas que ellos mismos no se dan cuenta de que lo han sido. Muchas veces se asesina sólo con una palabra, con un silencio, con una burla o con un desprecio. Todo lo que mata una ilusión, una fe, una creencia. Quitar a un niño su ilusión de los Reyes; inquietar un alma sencilla con dudas en su fe; convertir la confianza en malicia; la pobreza resignada en odio vengativo (Jacinto Benavente).

 El amor a Dios y el amor al projimo son dos hojas de una puerta que sólo pueden abrirse y cerrarse juntas (Sören Kierkegaard).

De vez en cuando, apaga la luz, baja el volumen, levanta el pie del acelerador, limita los compromisos. Menos puede ser realmente más. Olvídate de todas tus expectativas. Dios tiene un regalo sorprendente para ti.

 

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El Cardenal de Sevilla, Carlos Amigo Vallejo, ha escrito una carta pastoral incidiendo en principios educativos fundamentales que afectan a la persona. A continuación se sintetiza parte de su contenido.

Tras el agradecimiento a los padres, maestros, alumnos y diversos colectivos implicados en la educación, el Cardenal Amigo expresa su reconocimiento a los profesionales cristianos que dan testimonio de su fe a pesar de su trabajo en ambientes hostiles. Son todos éstos “verdaderos artífices de los que Dios se ha querido valer para hacer de la educación un verdadero y privilegiado camino de esperanza”.

A las dificultades especificas de toda escolarización se añade la secularización ambiental que hace difícil “sentir el aprecio a valores trascendentes”: materialismo, políticas adversas hacia la libertad de enseñanza, pasividad de las familias, cansancio de los profesionales, etc. No obstante, no caben excusas. “Habrá que unir ciencia y sabiduría. La ciencia es conocimiento. Y la sabiduría, amor. Y solamente conjuntando y uniendo se puede llegar a lo que el hombre merece en justicia: el derecho a ser y a vivir con la dignidad que como a persona le corresponde.”

 Huyendo del pesimismo, el Cardenal Amigo, desde un planteamiento positivo impulsado por la confianza en Dios y en los docentes cristianos, y a través de “los caminos del dialogo y la comprensión” propone un “pacto de Estado por la educación, en el que un consenso unánime, más allá de cualquier forma partidista, busque lo mejor para una escuela de auténtica calidad educativa”.

Educación y ciudadanía.  “Llama la atención que mientras un 85% de los alumnos opte por la clase de Religión, sea el 15 % restante el que tenga mayor protagonismo”. “San Pablo ya tuvo que hablar de la ciudadanía, pues los cristianos eran excluidos, por otros grupos, de los derechos que a los demos correspondían (Cf. Ef 2, 12 )” . “Debemos trabajar por los derechos que nos asisten, pero sin olvidar nunca la propia identidad cristiana”. La educación es el camino para ayudar al hombre a recuperar su auténtica y más original imagen: portador de paz, alegría, fraternidad entre los hombres, superación de la injusticia, etc.
Carlos Amigo defiende el derecho de “los padres para educar a sus hijos conforme a sus convicciones”, y propone diversas iniciativas para educar en la ciudadanía:

– Formación de la conciencia moral. Ofrecer criterios objetivos para la formación de la conciencia superando el relativismo ético.
– Formación sexual adecuada ante una sexualidad desenfocada, superando la llamada ideología de género.
– Formación en valores humanos, sociales y cívicos dentro de la familia.
– Conocimiento de los principios constitucionales y normas cívicas, edición de manuales, subsidios para la educación, etc.
– Recordar a los padres y jóvenes la necesidad de elegir la asignatura de Religión y Moral.
– Promover el principio de subsidiariedad, y que la familia pueda ejercer sus derechos en la formación de sus hijos.
– Cursos de formación, grupos de fe-cultura, promoción de asociaciones, encuentros de profesores, padres, AMPAS católicas, Consejos escolares, escuelas parroquiales de formación moral, son, entre otras muchas, algunas de las acciones que se pueden emprender.

Ley de calidad. El Cardenal Amigo sostiene que” una enseñanza desprovista de valores trascendentes y morales, una educación sin hablar de Dios es como un atentado al derecho de la persona a conocer la verdad”. La calidad meramente técnica, donde la religión permanece escondida en la intimidad de lo privado, es una privación del conocimiento íntegro sobre la verdad del hombre. “Nuestra primera ley de calidad no puede ser otra que la de ayudar al hombre a buscar el rostro del Señor”.

Sobre las escuelas católicas, insiste la carta pastoral que “hay que ofrecer una clara identidad. La ambigüedad, ni es honrada ni eficaz”, no caben dualismos ni alternativas, dicotomías entre el ser y el obrar; sino ofrecer lo que se tiene y se valora como buena noticia para la salvación del hombre. Los centros católicos de enseñanza han de tener bien definida su identidad cristiana y presentar el evangelio comprensible y entusiasmante.

“Enséñame, Señor, lo que tengo que enseñar y lo que aún tengo que aprender, pedía San Agustín”.

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A D V I E N T O

CREER PARA VER

Padre, en aquellos momentos en que cuestionan mi fe; dame serenidad y fuerza.

Señor, cuando yo mismo me pregunte quién soy y quién eres para mí; ayúdame a sentir Tu Amor.

Que crea, Padre, como el ciego, que confíe en Ti, que espere en Ti y que descubra quién eres en mi vida.

Que me aferre, Señor, al Padre que ama, que cuida y protege a sus hijos. Y me aleje de la imagen castigadora y distante del fariseo.

Porque al final siempre eres ternura, entrega y generosidad.

Que la oración sea mi agua de Siloé, que tu Palabra sea el encuentro en el camino,
que mi fe sea mi vista.

Que no se cierren mis ojos,
que vea al mirar, que me deje hacer por Ti como el ciego de Siloé.

Y que mi boca bendiga tu nombre por haber experimentado tu Amor recibido. Amén.

Víctor MB

octubre 2007
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