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El Cardenal de Sevilla, Carlos Amigo Vallejo, ha escrito una carta pastoral incidiendo en principios educativos fundamentales que afectan a la persona. A continuación se sintetiza parte de su contenido.

Tras el agradecimiento a los padres, maestros, alumnos y diversos colectivos implicados en la educación, el Cardenal Amigo expresa su reconocimiento a los profesionales cristianos que dan testimonio de su fe a pesar de su trabajo en ambientes hostiles. Son todos éstos “verdaderos artífices de los que Dios se ha querido valer para hacer de la educación un verdadero y privilegiado camino de esperanza”.

A las dificultades especificas de toda escolarización se añade la secularización ambiental que hace difícil “sentir el aprecio a valores trascendentes”: materialismo, políticas adversas hacia la libertad de enseñanza, pasividad de las familias, cansancio de los profesionales, etc. No obstante, no caben excusas. “Habrá que unir ciencia y sabiduría. La ciencia es conocimiento. Y la sabiduría, amor. Y solamente conjuntando y uniendo se puede llegar a lo que el hombre merece en justicia: el derecho a ser y a vivir con la dignidad que como a persona le corresponde.”

 Huyendo del pesimismo, el Cardenal Amigo, desde un planteamiento positivo impulsado por la confianza en Dios y en los docentes cristianos, y a través de “los caminos del dialogo y la comprensión” propone un “pacto de Estado por la educación, en el que un consenso unánime, más allá de cualquier forma partidista, busque lo mejor para una escuela de auténtica calidad educativa”.

Educación y ciudadanía.  “Llama la atención que mientras un 85% de los alumnos opte por la clase de Religión, sea el 15 % restante el que tenga mayor protagonismo”. “San Pablo ya tuvo que hablar de la ciudadanía, pues los cristianos eran excluidos, por otros grupos, de los derechos que a los demos correspondían (Cf. Ef 2, 12 )” . “Debemos trabajar por los derechos que nos asisten, pero sin olvidar nunca la propia identidad cristiana”. La educación es el camino para ayudar al hombre a recuperar su auténtica y más original imagen: portador de paz, alegría, fraternidad entre los hombres, superación de la injusticia, etc.
Carlos Amigo defiende el derecho de “los padres para educar a sus hijos conforme a sus convicciones”, y propone diversas iniciativas para educar en la ciudadanía:

– Formación de la conciencia moral. Ofrecer criterios objetivos para la formación de la conciencia superando el relativismo ético.
– Formación sexual adecuada ante una sexualidad desenfocada, superando la llamada ideología de género.
– Formación en valores humanos, sociales y cívicos dentro de la familia.
– Conocimiento de los principios constitucionales y normas cívicas, edición de manuales, subsidios para la educación, etc.
– Recordar a los padres y jóvenes la necesidad de elegir la asignatura de Religión y Moral.
– Promover el principio de subsidiariedad, y que la familia pueda ejercer sus derechos en la formación de sus hijos.
– Cursos de formación, grupos de fe-cultura, promoción de asociaciones, encuentros de profesores, padres, AMPAS católicas, Consejos escolares, escuelas parroquiales de formación moral, son, entre otras muchas, algunas de las acciones que se pueden emprender.

Ley de calidad. El Cardenal Amigo sostiene que” una enseñanza desprovista de valores trascendentes y morales, una educación sin hablar de Dios es como un atentado al derecho de la persona a conocer la verdad”. La calidad meramente técnica, donde la religión permanece escondida en la intimidad de lo privado, es una privación del conocimiento íntegro sobre la verdad del hombre. “Nuestra primera ley de calidad no puede ser otra que la de ayudar al hombre a buscar el rostro del Señor”.

Sobre las escuelas católicas, insiste la carta pastoral que “hay que ofrecer una clara identidad. La ambigüedad, ni es honrada ni eficaz”, no caben dualismos ni alternativas, dicotomías entre el ser y el obrar; sino ofrecer lo que se tiene y se valora como buena noticia para la salvación del hombre. Los centros católicos de enseñanza han de tener bien definida su identidad cristiana y presentar el evangelio comprensible y entusiasmante.

“Enséñame, Señor, lo que tengo que enseñar y lo que aún tengo que aprender, pedía San Agustín”.