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Déjame, Señora, decirte un poco de mi historia tejida de vulgaridades, de días sin brillo, de momentos turbios sin ganas de hacer nada. Nuestra vida, Señora, comienza cada día con una mirada de esperanza, pero a veces, cuando llega la noche, una sensación de inutilidad, como un escalofrío, recorre todo mi ser.

 Tú, santa María de cada día, de cada hora nuestra, enséñanos el valor de vivir la eterna novedad, de quien estrena corazón cada mañana. Nunca me siento tan feliz como cuando me valoran las pequeñas cosas que hago. Antes me daba pena y rabia porque nadie se fijaba en mis pequeños esfuerzos por mantener la casa en orden, por hacerlo todo con verdadero amor, por el detalle, por pensar en cómo hacer feliz a cada uno de mi casa.

Tú tan parecida a mí, me has enseñado hoy la hermosa lección: “ama y todo cambiará”. Tú eres el centro de un amor eterno. Tú eres amada por Dios de un modo único e irrepetible y todo estalla en sinfonía de novedad. Amén

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