Fragmentos de las “Cartas de Taizé” escritas por el Hermano Roger:hno-roger.jpg

   Como el almendro florece con las primeras luces de la primavera, un soplo de confianza hace que florezcan de nuevo los desiertos del corazón.  Alentado por ese soplo, ¿quién no deseará aliviar el dolor y las pruebas humanas? Incluso cuando nuestros pasos tropiezan en un sendero pedregoso, ¿quién no desearía realizar en su vida las palabras del Evangelio: “lo que hacéis al más pequeño, al más necesitado, es a mí mismo, Cristo, a quién se lo hacéis?”
   Un siglo después de Cristo, un creyente escribía: “Revístete de alegría… Purifica tu corazón de la dañina tristeza y vivirás para Dios.” El que vive para Dios elige amar. Asumir tal elección supone una vigilancia constante. Una bondad sin límites puede irradiar en el corazón decidido a amar, y quisiera aliviar los sufrimientos que atormentan a quienes están cerca y lejos. El que vive para Dios discierne una realidad inaudita: todos nosotros somos seres habitados por una presencia, la presencia con la que Cristo viene a inundar nuestra vida. Antes de su resurrección, él nos lo aseguró: “Os enviaré el Espíritu Santo, él permanecerá siempre en vosotros” … No son unos instantes fugitivos, sino para siempre.
   Lo que Cristo Jesús fue para los suyos en la tierra, hoy continúa siéndolo igualmente para nosotros. Cristo llega a ser nuestra vida. Y podemos abrirle nuestro corazón tal como es. Entonces se desvela uno de los secretos del Evangelio: el presente y el futuro de nuestra existencia se juegan por entero en la confianza puesta en Cristo y en el Espíritu Santo.

   Si ocurre que una bruma interior nos hace ir a la deriva lejos de la humilde confianza de le fe, Cristo no nos abandona por ello. Nadie está excluido de su amor… ni de su perdón, ni de su presencia.
    Y si en nosotros surgen desánimos e incluso dudas, él no nos ama menos. Está ahí. Alumbra nuestros pasos… Y resuena incansablemente su llamada:  “¡Ven y sígueme!”
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