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En Belén nació el Amor, abarcable, como si Dios, queriendo parodiar su infinitud, se nos diera a cada uno del modo más tierno que hubiéramos imaginado: hecho niño en las manos más puras y dulces de María.
Si Dios es amor, en este niño nacido llamado Jesús, ese amor ha querido ser amado. Y así fue, primero por María, luego por la humanidad de todos los tiempos.

La Navidad es tiempo de alegría bulliciosa, aunque más de gozo íntimo, agradecido, por el inmenso don de Dios a la humanidad; es la fiesta del amor de Dios a los hombres. En esta historia de amor, José, esposo de María, interviene decididamente expresando su amor a través de su donación incondicional a los planes de Dios sobre la historia. Desconociendo el devenir del proyecto divino, se abandona con docilidad en las manos del Señor.

Los ángeles anuncian en Belén una alegría para todo el pueblo. Por eso, la Navidad es la fuente del verdadero gozo. Porque Dios ha querido entrar en nuestra casa, en nuestra familia, en nuestras preocupaciones y en nuestra historia. La Navidad nos recuerda que Dios es amigo del hombre y lo hace partícipe de su divinidad. Participación por el camino de la humildad y la sencillez, porque solo en este sendero se encuentra la fuente de la gracia, la única que sacia la sed última del ser humano.

La Navidad es una fiesta para celebrar también la fidelidad a la Iglesia, un abanico de carismas donde caben todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Fidelidad a la Iglesia porque un Niño nace para nosotros, y pese a tantas flaquezas y traiciones, la comunidad cristiana ha creído en la salvación y ha transmitido al mundo entero el mensaje divino y humano del nacimiento del Mesías.

 ¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!

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