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Roturan los pies de Cristo la faz de la tierra, hundida, surcada con el peso de su amor. Un nuevo año abre sus puertas a nuestras vidas, y en un camino abierto que termina en el horizonte se nos invita a caminar.

Caminante, se hace camino al andar (A. Machado), y al andar Dios que se nos acerca y camina con nosotros (Lc 24,15), pues viene para comulgar con sus mortales con quienes Dios hombre se hace (Unamuno).

Durante el nuevo año, de formas diversas y nuevas, Dios entrará en comunión con nosotros. Comunión que es comunicación en Cristo, piedra angular donde todo se sustenta y convergen los caminos. Infinito capaz de expresarse en la minúscula geografía de la forma consagrada. Tensión que todo lo alcanza. Paz y remanso de turbulencias. Esperanza que rompe toda angustia. Alfa como puerta del sendero que conduce a la Omega, conjunción de toda perfección.

¡Oh, mi Jesús, tierno e incomprensible! ¡Cercano que lo logro abrazar, pues cuanto más fuerte te aprieto contra mi pecho, más se ensancha tu corazón! Oh, Señor, deja que escape mi amargura, que mis lágrimas salpiquen tu rostro y mis gemidos hieran tus oídos, pues cuanto más cerca te siento, más te separas de mi. Y así, escondiéndote y huidizo, habiéndome herido (Juan de la Cruz) me guías hacia el infinito, la trascendencia hacia donde todos nacemos abocados.

Será la nueva vida recorrida durante el año 2008 esfuerzo sacrificado para alcanzar el bien, lucha denodada contra el mal, defensa de la paz y de la justicia. Conllevará un desgaste que solo la Eucaristía podrá reparar.

La Eucaristía nos asimila con Dios de tal forma que podremos decir con Pablo al comulgar: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”. Y así, dejamos nuestro camino para adentrarnos por los surcos divinos de la Tierra en busca del hermano. Concebida de este modo, la Eucaristía desemboca necesariamente en los demás. El auténtico cristiano no puede comulgar a Jesús y desentenderse del hermano.

Los hambrientos de pan, de cultura, de verdad, de amor, quienes padecen la enfermedad y la maldad del opresor, los heridos por el odio, la muerte y la violencia, todos tienen hambre de Dios, pues solo Él calmará su dolor.

Ansiamos la libertad. Por eso, al andar por el camino no siempre descubrimos la verdad. La libertad no necesariamente conduce a la Verdad; a la inversa sí. Pues solo quien vive con la Verdad está inmune de pecado y, por tanto, logra la auténtica libertad. Decir quién salió a nuestro encuentro mientras recorríamos el camino de la vida resulta imposible; tan solo experimentamos que nuestro corazón ardía hasta explotar; sin embargo, el gozo del pecado, ¡ah, qué efímero fue el placer del pecado!

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