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– Impón a ese maldito exceso de trabajo que te acosa y te asedia algunas pausas de silencio para encontrarte con la soledad, con la música, con la naturaleza, con tu propia alma, con Dios en definitiva.  

  – Me gustaría que el mundo volviera a ser una gran escuela, que estuviéramos todos sentados en los viejos pupitres, que Dios fuera el maestro que escribiera en la pizarra el verbo “amar”.

– La vida es dolorosa, dramática, magnífica. Dolorosa, porque siempre se vive cuesta arriba. Dramática, porque en cada instancia nos jugamos nuestro destino. Magnífica, porque todo es un don, un don de amor. Sin que importe que las raíces sean oscuras, porque sabemos que mientras ellas pelean bajo tierra, ya hay un pájaro cantando en sus ramas.
 

La mentira se ha vuelto el eje del mundo. Y no estoy hablando de la “mentira gorda”, de la trapacería. Hablo de esa pequeñísima red de apariencias con que tapizamos todas nuestras horas.  

– A mi me encanta la gente que ama, aunque yo no comparta sus ideas. Porque sé que el amor es la única carta que llega siempre a su destino, aunque tenga la dirección equivocada. 

  

Martín Descalzo