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En su larga andadura histórica de veinte siglos la Iglesia ha conocido toda clase de pruebas testimoniales, desde las persecuciones cruentas en sus innumerables mártires, hasta las insidias, amenazas, calumnias y todo tipo de vejaciones dirigidas a un solo propósito: si no exterminarla, reducirla, al menos a un sepulcral silencio. En los mismos albores del Tercer Milenio y dentro de la civilizada Europa, en algunos estados que se proclaman a bombo y platillo “democráticos”, se ignoran y atropellan derechos fundamentales del hombre, discriminando a los católicos como si fueran ciudadanos de segunda o tercera categoría.

Lamentablemente esto viene ocurriendo en España con un Gobierno de turno empleado sectariamente en imponer a todos un modelo ideológico de sociedad laicista del peor cuño que no respeta la libertad de conciencia ni su manifestación en instituciones y ambientes públicos. Ante una difícil y conflictiva situación, los católicos españoles estamos llamados a ejercer una virtud que, juntamente con la intrepidez o santa audacia, ejercemos muy poco: la fidelidad a toda prueba y en todo trance, pese a quien pese. En efecto, ha sonado la hora de la fidelidad si no queremos sucumbir en la cuneta atropellados par una devastadora ola neopagana carente de principios y de auténticos valores.

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Porque según observamos estamos en la falsa cultura del “todo vale y todo está permitido”. No pintamos panoramas pesimistas ni hacemos un diagnóstico catastrófico. Se trata simplemente de la realidad circundante, monda y lironda. Se impone, pues, obrar en consecuencia. Por supuesto, no somos mejores que los demás y nos confesamos pobres pecadores. Pero deseamos ayudar a este mundo profundamente enfermo y nos sentimos solidarios con todos los hombres, nuestros hermanos. Pero solo conseguiremos ser útiles a los demás si permanecemos plenamente fieles.

La fidelidad reclama obrar de acuerdo con nuestra conciencia rectamente formada, y se extiende a todos los deberes de cualquier índole, colocando en lugar preferente nuestras obligaciones para con el prójimo, amándolo y sirviéndolo. Sin duda, hemos de ser fieles a nosotros mismos, a nuestros ideales pero iluminados siempre por la luz sobrenatural que Dios nos otorga y fortalecidos en todo momento por su divina gracia. La fidelidad debe cultivarse, crecer en un clima de profunda humildad de corazón.

Se nos pide vivir la fidelidad sin complejos ni cansancios, levantándonos mil veces si otras tantas caemos. Se nos pide ser fieles en lo pequeño, en los cosas cotidianas, en el momento actual, en el lugar donde residimos y trabajamos. El sencillo camino de la fidelidad cristiana consiste en hacer por amor de Dios, y de modo extraordinario, las cosas ordinarias de nuestras monótonas jornadas. Es entonces cuando la fidelidad cristiana alcanza su cumbre más elevada y su mayor eficacia santificadora.

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