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   Tocamos un tema casi tabú, porque hablar de silencio al hombre contemporáneo, que apenas sabe vivir sin ruidos de elevados decibelios, parece un despropósito. Sin embargo, necesitamos con urgencia intensas terapias de silencio para recuperar el equilibrio psíquico tan amenazado en la estresante vida moderna.
   No se trata de imitar el silencio monástico que practican nuestros contemplativos claustrales. Y mucho menos aludimos al silencio del investigador o estudioso concentrado en el trabajo que tiene entre manos. Se trata de un sabio silencio que ayude eficazmente a formar y hacer madurar nuestra personalidad interior, facilitándonos la vivencia de nuestra fe, asfixiada a menudo entre el ruido frenético e insoportable griterío callejero. Cuando Pablo VI visitó Nazaret el 5 de enero de 1964 recordó conmovido el ejemplo de la Sagrada Familia y ponderó el ambiente que respiraron en aquella humildísima aldea de Galilea Jesús, María y José. Y exclamó en un emotivo desahogo: “Silencio de Nazaret, enséñanos el recogimiento y la interioridad, enséñanos a estar siempre dispuestos a escuchar las buenas inspiraciones y la doctrina de los verdaderos maestros”.

   Se ha dicho que hemos de saber buscar tres tipos de silencio que marcan también tres direcciones: hacia el mundo, huyendo de la frivolidad chabacana para la que todo vale, sin distinguir los verdaderos valores de los falsos contravalores. Hacia nosotros, buceando en lo más noble y profundo de nuestro corazón. Hacia Dios, acogiendo y meditando cuanto nos ha revelado. Por consiguiente, este silencio reflexivo y serenante entraña algo más que una ausencia de ruidos o de palabras, ya que supone un vencimiento propio al crear por dentro y por fuera un saludable microclima que nos preserva de la peligrosa superficialidad que no toma nada en serio. Ha escrito certeramente Joan Bestard: “Cuando no logramos espacios de silencio en nuestra vida nos falla la fortaleza de ánimo para emprender los cambios necesarios en nuestra existencia. Y sin fortaleza de ánimo difícilmente se logra la auténtica conversión del corazón”.
   Desde una perspectiva cristiana hemos de fomentar el silencio que favorece el diálogo con Dios y el encuentro con nosotros mismos. San Agustín resumía así su plegaria: “¡Señor, que te conozca y que me conozca!”. Para lograr estos dos objetivos que condensan toda la sabiduría divina y humana es preciso practicar el silencio, aunque sea en pequeñas dosis diarias que serán capaces de mantener en alto nuestra existencia cristiana.
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