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 “Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo” (Mt 4, 1-11)
Este episodio que nos introduce de lleno en la Cuaresma nos habla de una auténtica lucha con Dios, no con esos viejos diablos. Se trata de la gran tentación: o Dios o no Dios. Vivir cara a Dios o vivir de espaldas a Él. Obedecer o desobedecer. Es la gran tentación que, hoy como ayer, toda persona    -tú, yo, el mismo Papa- y también la institución eclesial, hemos de afrontar.

Los cuarenta días de Jesús en el desierto, nos recuerdan los cuarenta años que pasó Israel en el desierto, camino de la tierra prometida. Allí, el Señor hizo una Alianza con el pueblo, invitándole a cumplir un mandamiento: “Shemá, Israel. El Señor es tu único Dios. Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu mente, con todas tus fuerzas…”. Shemá Israel. Escucha Israel. Obedece. No hagas oídos sordos. ¿Es que no quieres acertar en tu camino?

De eso se trata: escuchar o no escuchar; obedecer o no obedecer. Y Jesús, lo vemos en sus respuestas al tentador, soluciona el dilema siendo totalmente fiel a la Alianza. Prefiere escuchar y dejarse guiar por su Palabra. “No sólo de pan vive el hombre…sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios”. El pan importa y sin él no se puede vivir. Sin Dios, tampoco. Lo que le importa es, sobre todo, la Palabra que sale de la boca de Dios. Por eso vuelve a contestar al tentador: “Está escrito…no tentarás al Señor tu Dios…”. Está escrito…la Palabra de Dios lo dice…y yo la obedezco. Jesús es un verdadero “oyente de la Palabra”. Su vida no consiste en otra cosa: vivir cara a Dios siendo fiel a la Palabra. La tercera respuesta al tentador nos recuerda el mandamiento de la alianza: “Está escrito…al Señor Dios adorarás y sólo a Él darás culto”. ¡Apártate, Satanás! ¿No has oído lo que dice su Palabra?¿No has oído que Él ha de ser mi único Dios, mi única referencia? El episodio de las tentaciones nos dejan clara una cosa: Jesús, decidido por la Palabra se resiste a la antigüa y siempre nueva tentación de prescindir de Dios y quitarle protagonismo en la Historia.

Se trata de acertar o no en la vida. Sabemos por experiencia (y quizá también por algún que otro escarmiento) que, con Él, las cosas nos van mucho mejor. Prescindiendo de Dios, abandonados a nuestros propios límites, ya sabemos lo que damos de sí. Con Él, sin embargo, todo es ilimitado y siempre se puede esperar algo nuevo y distinto.

Fernando Prado Ayuso

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