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    La próxima celebración del anunciado Sínodo de los Obispos, tendrá como eje central la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia, y se ocupará entre otros importantes temas, de una práctica que se remonta a los primeros siglos del cristianismo. Nos referimos a la llamada Lectio Divina o también Lectura Sagrada.
    Se trata de un eficiente método de oración que se apoya totalmente en la Escritura. Su finalidad consiste en alimentar nuestra vida espiritual siguiendo un camino de crecimiento y comunión. Produce en quien lo ejercita “un común acercamiento al misterio de Cristo bajo la guía del Espíritu”.
     La lectura Sagrada caracterizaba la oración monástica de los monjes antiguos centrada toda ella en la Biblia. Todas las fórmulas de plegaria que nos ha legado el monacato primitivo están henchidas de savia bíblica, de ideas bíblicas, de sentimientos bíblicos, de palabras bíblicas. Y todo esto en un grado tal que nos llena de asombro. El libro de oración por excelencia era el Salterio cuyos versículos mas enjundiosos se usaban continuamente como jaculatorias. Aquellos ejemplares ascetas tenían muy en cuenta el rico texto de san Pablo: “Toda escritura es divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y se consume en toda obra buena” (2 Tim. 3, 16).

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    ¿En qué consiste propiamente la Lectura Sagrada? Fundamentalmente en cumplir con la mayor fidelidad el mandato de Jesús transmitido por Mateo y Marcos: “Pedid y se os dará. Buscad y hallaréis. Llamad y se os abrirá. Porque quien pide, recibe, quien busca halla y a quien llama se le abre”. Los autores antiguos y medievales distinguían cuatro pasos o fases en la asimilación vital de la Palabra de Dios: lección, meditación, oración y contemplación. Y San Juan de la Cruz a la luz de los textos evangélicos citados, hará este denso resumen como eximio Doctor místico: “Buscad leyendo, y hallaréis meditando. Llamad orando y se os abrirá contemplando”. Glosemos telegráficamente estos conceptos:
a) Lección. Se trata de una lectura rezada, en espíritu de oración, y ante la presencia de Dios. No es lectura curiosa o meramente intelectual que pretenda solamente instruirse, sino búsqueda perseverante y seria de la Verdad para adquirir “la ciencia exacta de Jesucristo” (Flp 3, 8).
b) Meditación. En esta fase mas avanzada rumiamos el texto bíblico y nos preguntamos humildemente: “¿Que me dice a mí? ¿ Que actitud me sugiere? ¿Que me pide en concreto?”. La palabra de Dios debe calar con profundidad en la mente y en el corazón, poniendo en juego todas nuestras facultades.
c) Oración. San Ambrosio escribía: “A Dios hablamos cuando oramos y a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras” que se transforman en efusiva oración filial y en cordial alabanza, en reconocimiento, invocación e intercesión.
d) Contemplación. Es el ultimo paso y la meta final de la Lectura Sagrada. Se contempla el amor infinito del Padre, el derramamiento abundante de los dones del Espíritu Santo que mora en nosotros como en templos vivos. La contemplación constituye un regalo gratuito del Señor por medio del Espíritu que obra activamente en el corazón del que ama, y está disponible para su acción santificadora.
    No debemos asustarnos ante la practica de la Lectura Sagrada recomendada por la Iglesia a todos sus hijos de cualquier estado y profesión. Poco a poco y paso a paso iremos ejercitándonos en ella con extraordinario provecho. La clave de la perseverancia cristiana radica en la oración que tanto necesitamos para oxigenar nuestro espíritu a menudo cansado y siempre débil. Para el comienzo y el final de la Lectura Sagrada se han sugerido estas dos breves plegarias que cada lector y lectora pueden ampliar o modificar según su inspiración interior:

“Señor y Dios mío: Haz que tu Espíritu nos guíe a la verdad total para que podamos llamarnos y ser en verdad discípulos de tu Hijo”. “Padre: Danos, en tu Espíritu un corazón de niños, para tener la alegría de creer y la voluntad libre para obedecer cumpliendo la Voluntad de tu Hijo”.
    Cada cual, por supuesto, puede comenzar y terminar como el Señor le inspire en el santuario de su propia conciencia.

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