dali-cesta.jpg Dicen que la Cuaresma es tiempo de ayuno. Hasta hace unas decadas estaba muy bien definido qué tenía que ser ayuno y qué no… Pero hoy en día esto no está tan claro. ¿Tiene algo que ver con comer carne o no comerla? ¿Con hacer unas cosas u otras? Digamos sobre todo que se trata de un tiempo y unos gestos para recordar que no podemos tener todo.; que el sueño de la omnipotencia es insensato; que el afán por controlar las cosas es ingenuo; que la sed de poseer es insaciable; y que vivir sin apreciar lo que tenemos es desagradecido e injusto en un mundo donde tantos seres humanos no tienen nada. Por eso merece la pena ayunar.

 “Así dice el Señor: No ayunéis como hoy, para hacer oír en las alturas vuestra voz. ¿Así ha de ser el ayuno que yo elija? Día de humillarse el hombre, sí, ¿pero agachando como un junco la cabeza? Y el saco; y esparcir la ceniza. ¿A eso llamáis ayuno y día grato a Yahvéh? ¿No será éste el ayuno que yo elija?: deshacer los nudos de la maldad, soltar las coyundas del yugo, dejar libres a los maltratados y arrancar todo yugo. ¿No será partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en tu casa? ¿o que cuando veas a un desnudo le cubras, y de tu semejante no te apartes? Entonces brotará tu luz como la aurora, y tu herida se curará rápidamente. Te precederá tu justicia, la gloria de Yahvéh te seguirá.” Is 58, 4-8

 

Hay quien piensa que ayunamos para sufrir. Así, sin más, como si fuéramos masoquistas religiosos. Como si tuviéramos que pasar incomodidad, malestar o dolor para tener a Dios contento. Eso no es así. Eso responde a una imagen un tanto alterada de Dios, un Dios duro. En realidad, ayunamos para crecer. Ayunamos para recordar que las cosas no son el fin, sino el medio. Ayunamos como una forma de mirar alrededor, y recordar que la realidad es mucho más amplia que nuestra propia situación. Ayunar no es “dejar de comer”. Es aceptar de manera consciente que mis deseos, mis necesidades, mis intereses, mis preocupaciones no son el centro del mundo. Que si hoy en día sabemos que el Universo no gira alrededor de la tierra, mucho menos gira alrededor de mí.

“Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea visto por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”. Mt 6, 16-18

Hay un sentido de intimidad, de gratuidad, de desinterés, de humildad en la búsqueda de Dios y en la búsqueda de crecimiento. Cuando hablamos de ayunar no se trata de alardear de nuestras búsquedas y retos. No se trata de “torturar” a otros con mi santidad en ciernes. No se trata de utilizar la virtud como un arma que marque distancias con los “pecadores”. Se trata de aprender a mirar mi fragilidad llena de posibilidades, mi debilidad fuerte, mi pequeñez grande, en lo que vale. Como algo a un tiempo minúsculo y enorme. Hay un momento en el que la búsqueda de Dios pasa por el silencio, por el ocultamiento, por el trabajo más cotidiano e invisible, por aquello que nunca nadie va a saber. En el fondo el Reino de Dios no se construirá bajo focos o pasarelas de fama, ni bajo premios o aplausos, sino en lo escondido. En la soledad de la oración de quien pregunta. En el anonimato de quien sirve. En la sencillez de quien renuncia a un “YO” enorme por un “Mundo” justo.

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