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El 14 de octubre del año pasado echó a andar este blog que nombré como Creer para Ver. Han pasado ya algo más de siete meses y continúo con la misma ilusión que el primer día, para seguir llenándolo de palabras e imágenes. Como sabréis este no es un blog personal o intimista, donde se escriben de puño y tecla experiencias personales (Los hay maravilosos, ¿verdad?) Es más bien una “revista” -por tratar de definirlo- donde edito aquello que me ayuda a ahondar en mi relación con Dios y con la Iglesia de la que formo parte.

En la actualidad ya hemos (todos los que pasáis por aquí) recibido más de 15.000 visitas. Fortuitamente o  a próposito, habéis entrado aquí. Algunos habrán pasado de largo, unos habran repetido más de una vez y otros sé que lo haceis a menudo. A los que dejaís un comentario, por pequeño que sea, doblemente gracias. Porque nos enriquecéis con vuestras líneas de cariño y hondura personal. A tí, que dejas aquí la huella de tu alma, GRACIAS. A todos los que leéis Creer para ver, por pararos un rato en este rincón humilde de la red, GRACIAS. De corazón.

Y como regalo os invito a saborear esta Palabra que llena de sentido el título de este blog: CREER PARA VER.

Un gran abrazo de Paz.

Víctor MB. Lee el resto de esta entrada »

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Nadie dijo que fuera fácil. Jesús nos seduce, y nos provoca, nos instala y nos desinstala, nos llena de calma y nos mete de lleno en la tormenta. También el Resucitado aparece de modo enigmático. No se le reconoce, y cuando se le reconoce, se vuelve a ir. Te enciende por dentro, y luego no aparece, se le adivina en algunos momentos y se le añora en otros. Y quizás esa tensión es lo más necesario para mantenernos vivos tras sus huellas.

 Así me siento a veces, Señor. Asombrado por la lógica de tu evangelio, pero poco incapaz para aplicarla. Deseoso de amar sin límites, pero sin saber muy bien cómo salir de mi amor pequeño. Sobrecogido por la verdad que se adivina en las bienaventuranzas, pero al tiempo seducido por esas otras promesas de este mundo. Así me vivo, Señor, tratando de entenderte desde las entrañas y el corazón, de respirar al ritmo de tu latido en las vidas. Queriendo reconocerte en el día a día. Y, reconociéndote, amarte y seguirte.

Así vivo el evangelio. En ocasiones me llena de coraje, de impulso, de energía. Entonces parece que no hay obstáculo grande. Cada proyecto parece asequible. Y siento que, contigo, todo lo puedo. Gritar tu nombre, luchar por tu Reino, amar al prójimo, gastar la vida… y otras veces me asusta todo eso.
Me da miedo el silencio, la soledad, el fracaso, el rechazo, la pobreza o el dolor.
Me asusta buscarte y no encontrarte. Me aterra perderte. Y así me vivo, Señor, dando pasos, a veces vacilante, otras seguro. Queriendo seguir tu camino. Y, encontrándote, sentirme en casa.

Hay ocasiones en que te siento fuerte en mí. Otras en que no me siento capaz de nada.
Días en que Tú eres mi fortaleza, mi baluarte, mi roca, mi seguridad, mi resurrección; otras en que eres mi grito, mi llanto, mi cruz y mi herida. Y otras en que ni te siento. Hay días en que creo que mis brazos pueden ser refugio y casa para acoger a quien se sienta hambriento de prójimo. Y otras en que esos brazos míos ni se levantan para pedir ayuda.

 

   En el Evangelio Jesús habla del Espíritu Santo a los discípulos con el término «Paráclito», que significa consolador, o defensor, o las dos cosas a la vez. En el Antiguo Testamento, Dios es el gran consolador de su pueblo. Este «Dios de la consolación» se ha «encarnado» en Jesucristo. El Espíritu Santo, siendo aquel que continúa la obra de Cristo y que lleva a cumplimento las obras comunes de la Trinidad, no podía dejar de definirse, también Él, Consolador, «el Consolador que estará con vosotros para siempre», como le define Jesús. La Iglesia entera, después de la Pascua, tuvo una experiencia viva y fuerte del Espíritu como consolador, defensor, aliado, en las dificultades externas e internas, en las persecuciones, en los procesos, en la vida de cada día. En Hechos de los Apóstoles leemos: «La Iglesia se edificaba y progresaba en el temor del Señor y estaba llena de la consolación (¡paráclesis!) del Espíritu Santo» (9,31).Debemos ahora sacar de ello una consecuencia práctica para la vida. ¡Tenemos que convertirnos nosotros mismos en paráclitos! Si bien es cierto el cristiano debe ser «otro Cristo», es igualmente cierto que debe ser «otro Paráclito». El Espíritu Santo no sólo nos consuela, sino que nos hace capaces de consolar a los demás. La consolación verdadera viene de Dios, que es el «Padre de toda consolación». Viene sobre quien está en la aflicción; pero no se detiene en él; su objetivo último se alcanza cuando quien ha experimentado la consolación se sirve de ella para consolar a su vez al prójimo, con la misma consolación con la que él ha sido consolado por Dios. No se conforma con repetir estériles palabras de circunstancia que dejan las cosas igual («¡Ánimo, no te desalientes; verás que todo sale bien!»), sino transmitiendo el auténtico «consuelo que dan las Escrituras», capaz de «mantener viva nuestra esperanza» (Rm 15,4). Así se explican los milagros que una sencilla palabra o un gesto, en clima de oración, son capaces de obrar a la cabecera de un enfermo.

¡Es Dios quien está consolando a esa persona a través de ti!

En cierto sentido, el Espíritu Santo nos necesita para ser Paráclito. Él quiere consolar, defender, exhortar; pero no tiene boca, manos, ojos para «dar cuerpo» a su consuelo. O mejor, tiene nuestras manos, nuestros ojos, nuestra boca. La frase del Apóstol a los cristianos de Tesalónica: «Confortaos mutuamente» (1Ts 5,11), literalmente se debería traducir: «sed paráclitos los unos de los otros». Si la consolación que recibimos del Espíritu no pasa de nosotros a los demás, si queremos retenerla egoístamente para nosotros, pronto se corrompe. De ahí el porqué de una bella oración atribuida a San Francisco de Asís, que dice: «Que no busque tanto ser consolado como consolar, ser comprendido como comprender, ser amado como amar…».

A la luz de lo que he dicho, no es difícil descubrir que existen hoy, a nuestro alrededor, paráclitos. Son aquellos que se inclinan sobre los enfermos terminales, sobre los enfermos de Sida, quienes se preocupan de aliviar la soledad de los ancianos, los voluntarios que dedican su tiempo a las visitas en los hospitales. Los que se dedican a los niños víctimas de abuso de todo tipo, dentro y fuera de casa.

A menudo necesito, Señor, un faro, una guía, algo o alguien que me recuerde dónde habitas, cómo hablas, cómo amas. Necesito tu luz en mis sombras. Tu palabra en mis silencios. Tu plenitud en mis vacíos y tu fortaleza en mi miedo. Necesito tus ojos para verme reflejado en ellos (y verme bueno). Tus manos que acaricien mis tormentas. Tu vida que venza mis pequeñas muertes. Necesito tu luz en mi vida, Señor…

A veces me veo así. Caminando inseguro. En esos días en que parece que pierdo suelo firme, y me quedo un poco a la intemperie. Cuando muerde un poco más la soledad, o la inseguridad, o parece que las heridas que uno lleva escuecen más de la cuenta. Cuando mis días parecen estériles. En esas ocasiones la duda lo tiñe todo, y no consigo vencer a mis fantasmas. Entonces me pesa el trabajo, o los estudios, o las relaciones; los proyectos en los que se baten mis jornadas me parecen más grises; tú parece que callas, y llamo: “¿Dónde estás?”

Y sin embargo, sé que estás ahí. Estás ahí mirándome con cariño. Hablándome con paciencia. Abrazándome con ternura, aunque a veces ni me dé cuenta. Estás ahí invitándome, una vez más, a sonreír por dentro y por fuera, porque la vida puede ser hermosa, (y hay que hacerla hermosa para todos). Estás, y te me asomas en los rostros de mi vida; en el cansancio de quien me pide ayuda; en la cercanía de mi amigo; en la tristeza de quien necesita mi alegría; en la canción que libera un vendaval de pasión en mi interior; en la oración tranquila; en la tormenta que sólo se vence con coraje. Estás, abriendo sepulcros y mostrando caminos.

Aquí, en este País de libertad, quiero proclamar con fuerza que la Palabra de Cristo no elimina nuestras aspiraciones a una vida plena y libre, sino que nos descubre nuestra verdadera dignidad de hijos de Dios y nos alienta a luchar contra todo aquello que nos esclaviza, empezando por nuestro propio egoísmo y caprichos. Al mismo tiempo, nos anima a manifestar nuestra fe a través de nuestra vida de caridad y a hacer que nuestras comunidades eclesiales sean cada día más acogedoras y fraternas.

Sobre todo a los jóvenes les confío asumir el gran reto que entraña creer en Cristo y lograr que esa fe se manifieste en una cercanía efectiva hacia los pobres. También en una respuesta generosa a las llamadas que Él sigue formulando para dejarlo todo y emprender una vida de total consagración a Dios y a la Iglesia, en la vida sacerdotal o religiosa.

Queridos hermanos y hermanas, les invito a mirar el futuro con esperanza, permitiendo que Jesús entre en sus vidas. Solamente Él es el camino que conduce a la felicidad que no acaba, la verdad que satisface las más nobles expectativas humanas y la vida colmada de gozo para bien de la Iglesia y el mundo. Que Dios les bendiga.

Homilía de Benedicto XVI, Misa en el Yankee Stadium, Bronx, Nueva York
V Domingo de Pascua, 20 de abril de 2008

Algunos fragmentos de los mensajes del Papa Benedicto XVI en su Viaje Apostólico a Estados Unidos:

 La Iglesia desea contribuir a la construcción de un mundo cada vez más digno de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios. Está convencida de que la fe proyecta una luz nueva sobre todas las cosas, y que el Evangelio revela la noble vocación y el destino sublime de todo hombre y mujer. La fe, además, nos ofrece la fuerza para responder a nuestra alta vocación y la esperanza que nos lleva a trabajar por una sociedad cada vez más justa y fraterna. Como vuestros Padres fundadores bien sabían, la democracia sólo puede florecer cuando los líderes políticos, y los que ellos representan, son guiados por la verdad y aplican la sabiduría, que nace de firmes principios morales, a las decisiones que conciernen la vida y el futuro de la Nación.

 (Ceremonia de bienvenida en Washington D.C., 16 de abril)
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En el tiempo de Pascua celebramos la resurrección de Jesús pero hacemos también memoria gozosa de los primeros tiempos de la comunidad cristiana. No fueron fáciles pero son el modelo sobre el que la Iglesia se ha mirado siempre y debe seguir mirándose hoy.
Aquella primera comunidad comenzó caminando un poco a ciegas. Todo era nuevo. No había respuestas preparadas. Los desafíos eran constantes. Los problemas muchos. En los Hechos de los Apóstoles se repite a menudo veces que les guiaba el Espíritu. Es verdad. Pero la presencia del Espíritu no significa que aquellos pioneros de la fe no se vieran obligados a enfrentarse a los problemas que iban surgiendo, a lidiar con ellos y a buscar soluciones creativas que estuviesen de acuerdo con lo que habían aprendido de Jesús.

La primera lectura de este domingo muestra una situación concreta de conflicto: las viudas de los discípulos de lengua griega no se sentían atendidas como las de lengua hebrea, punta del iceberg de un conflicto mayor entre los judaizantes y los griegos. Una situación de auténtica crisis comunitaria. Y la propuesta de una solución: la creación de los diáconos, un ministerio en la comunidad. Los diáconos se encargarían de la administración y distribución de los bienes de la comunidad entre los necesitados.
Al diálogo y la propuesta de una solución práctica, sigue la oración y la imposición de manos. Todo lleva su orden. Así avanza la comunidad. Así se va haciendo Iglesia. Así ha llegado el Evangelio hasta nosotros, hecho experiencia viva en las vidas de los creyentes.

Durante sus veinte siglos de historia la comunidad cristiana se ha ido encontrando con problemas, desafíos, conflictos internos y externos… Es normal. Pero hay un elemento crucial, una razón que explica que haya seguido viva, un punto de unión entre los creyentes que impulsa la unidad y facilita el diálogo: la memoria de Jesús. Expresado en los términos del Evangelio de este domingo: Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida. Jesús ha sido el Camino, la Verdad y la Vida de la comunidad cristiana y de cada uno de los creyentes. 
Las miradas de los creyentes confluyen en ese único punto y en él encuentran la fuerza y la motivación para seguir caminando y hacer realidad aquí y ahora el reino que predicó Jesús, para predicar y vivir la buena nueva de la reconciliación. Que Jesús sea el Camino no significa que no haya que dar cada uno de los pasos. Pero él es el guía que nos orienta.

A lo largo de la historia de la Iglesia ha habido muchos creyentes, hombres y mujeres, laicos y ministros ordenados, que, desde su fe en Jesús, Camino, Verdad y Vida, han dado respuesta a los desafíos, problemas y conflictos que se iba encontrando la comunidad. En diálogo, no siempre fácil, con el resto de la comunidad. De algunos han quedado sus nombres. Son, por ejemplo, los grandes fundadores de órdenes y congregaciones religiosas. Otros han quedado en el anonimato y sus obras han sido más pasajeras aunque no menos valiosas en su momento. Todos han hecho realidad el Evangelio, lo han llevado a vida diaria. 
Hoy, porque seguimos vivos, seguimos encontrando nuevos desafíos y problemas, nuevos conflictos. El Evangelio nos sigue invitando a dar respuestas concretas, a no quedarnos en la teoría. En la oración, la reflexión, el diálogo y el discernimiento comunitario será como iremos descubriendo las respuestas y las soluciones que nos vayan indicando el camino concreto a seguir. Siempre con la Palabra en el centro, como criterio último y definitivo.

En la comunidad cristiana los creyentes no deben tener miedo a los problemas. Y menos a las soluciones creativas que nos ayuden a dar respuestas concretas en el aquí y ahora de nuestro mundo. Igual que los apóstoles crearon el ministerio del diaconado para servir a los pobres, crearemos otros ministerios y servicios para dar respuesta a las necesidades que encontremos en el camino. 
La comunidad cristiana es una comunidad siempre en diálogo, siempre en búsqueda, siempre al servicio de la construcción del Reino, siempre teniendo a Jesús como Camino, Verdad y Vida. Como dice la segunda lectura: “Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa”.

 LECTURAS DEL V DOMINGO DE PASCUA (pulse abajo)

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Te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos. Es tan distinto saber de Dios como una rutina, una doctrina o una teoría… y saber de Dios como una presencia real que ha tocado mi vida. Es la diferencia entre leer una partitura y escuchar la música, entre leer un ensayo sobre el afecto o dar un abrazo a la persona amada.

A Dios estamos llamados a conocerlo como presencia, a descubrirlo cerca. No como una teoría o una leyenda, no como un mito ni como un cuento. Dios presente, vivo en ti y en mí, en sus criaturas, susurrándonos palabras de Evangelio, de Reino, de Vida….

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CREER PARA VER

Padre, en aquellos momentos en que cuestionan mi fe dame serenidad y fuerza… Señor, cuando yo mismo me pregunte quien soy y quien eres para mí ayúdame a sentir Tu Amor … Que crea Padre, como el ciego, que confíe en Ti, que espere en Ti y que descubra quién eres en mi vida… Que me aferre, Señor, al Padre que ama, que cuida y protege a sus hijos, Y me aleje de la imagen castigadora y distante del fariseo… Porque al final siempre eres ternura, entrega y generosidad… Que la oración sea mi agua de Siloé, que tu Palabra sea el encuentro en el camino… que mi fe sea mi vista… que no se cierren mis ojos, que vea al mirar… Que me deje hacer por Ti como el ciego de Siloé… Y que mi boca bendiga tu nombre por haber experimentado tu Amor recibido.