A menudo necesito, Señor, un faro, una guía, algo o alguien que me recuerde dónde habitas, cómo hablas, cómo amas. Necesito tu luz en mis sombras. Tu palabra en mis silencios. Tu plenitud en mis vacíos y tu fortaleza en mi miedo. Necesito tus ojos para verme reflejado en ellos (y verme bueno). Tus manos que acaricien mis tormentas. Tu vida que venza mis pequeñas muertes. Necesito tu luz en mi vida, Señor…

A veces me veo así. Caminando inseguro. En esos días en que parece que pierdo suelo firme, y me quedo un poco a la intemperie. Cuando muerde un poco más la soledad, o la inseguridad, o parece que las heridas que uno lleva escuecen más de la cuenta. Cuando mis días parecen estériles. En esas ocasiones la duda lo tiñe todo, y no consigo vencer a mis fantasmas. Entonces me pesa el trabajo, o los estudios, o las relaciones; los proyectos en los que se baten mis jornadas me parecen más grises; tú parece que callas, y llamo: “¿Dónde estás?”

Y sin embargo, sé que estás ahí. Estás ahí mirándome con cariño. Hablándome con paciencia. Abrazándome con ternura, aunque a veces ni me dé cuenta. Estás ahí invitándome, una vez más, a sonreír por dentro y por fuera, porque la vida puede ser hermosa, (y hay que hacerla hermosa para todos). Estás, y te me asomas en los rostros de mi vida; en el cansancio de quien me pide ayuda; en la cercanía de mi amigo; en la tristeza de quien necesita mi alegría; en la canción que libera un vendaval de pasión en mi interior; en la oración tranquila; en la tormenta que sólo se vence con coraje. Estás, abriendo sepulcros y mostrando caminos.

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