Nadie dijo que fuera fácil. Jesús nos seduce, y nos provoca, nos instala y nos desinstala, nos llena de calma y nos mete de lleno en la tormenta. También el Resucitado aparece de modo enigmático. No se le reconoce, y cuando se le reconoce, se vuelve a ir. Te enciende por dentro, y luego no aparece, se le adivina en algunos momentos y se le añora en otros. Y quizás esa tensión es lo más necesario para mantenernos vivos tras sus huellas.

 Así me siento a veces, Señor. Asombrado por la lógica de tu evangelio, pero poco incapaz para aplicarla. Deseoso de amar sin límites, pero sin saber muy bien cómo salir de mi amor pequeño. Sobrecogido por la verdad que se adivina en las bienaventuranzas, pero al tiempo seducido por esas otras promesas de este mundo. Así me vivo, Señor, tratando de entenderte desde las entrañas y el corazón, de respirar al ritmo de tu latido en las vidas. Queriendo reconocerte en el día a día. Y, reconociéndote, amarte y seguirte.

Así vivo el evangelio. En ocasiones me llena de coraje, de impulso, de energía. Entonces parece que no hay obstáculo grande. Cada proyecto parece asequible. Y siento que, contigo, todo lo puedo. Gritar tu nombre, luchar por tu Reino, amar al prójimo, gastar la vida… y otras veces me asusta todo eso.
Me da miedo el silencio, la soledad, el fracaso, el rechazo, la pobreza o el dolor.
Me asusta buscarte y no encontrarte. Me aterra perderte. Y así me vivo, Señor, dando pasos, a veces vacilante, otras seguro. Queriendo seguir tu camino. Y, encontrándote, sentirme en casa.

Hay ocasiones en que te siento fuerte en mí. Otras en que no me siento capaz de nada.
Días en que Tú eres mi fortaleza, mi baluarte, mi roca, mi seguridad, mi resurrección; otras en que eres mi grito, mi llanto, mi cruz y mi herida. Y otras en que ni te siento. Hay días en que creo que mis brazos pueden ser refugio y casa para acoger a quien se sienta hambriento de prójimo. Y otras en que esos brazos míos ni se levantan para pedir ayuda.

 

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