Tal vez no es fácil verle. No es tangible ni lo podemos medir. No es paloma ni lengua de fuego, aunque esas imágenes a veces se usen para referirse a El. El Espíritu de Dios está sin dejarse ver, inspira sin imponer, propone sin forzar. Despierta en cada uno de nosotros ilusiones, proyectos, deseos… Nos da energías y nos muestra caminos para avanzar. A veces crees verlo claro, y otras te parece que se oculta. A veces no puedes dudar de su presencia, y otras gritas: “¿Dónde te has metido?” Pero ahí está. Y pone, en la tierra que somos, semilla que puede dar mucho fruto. Aunque a veces no parezca estar creciendo nada.

 

“A cada uno se le otorga el don del espíritu para el bien común”( 1 Cor 12,7)

Unión, reconciliación, comunicación, comunión… Hay muchas palabras que hablan de esa unidad entre las personas, entre las historias, entre los pueblos. Y es tan necesaria… porque hay muchos motivos para la discordia, para la distancia y para la ruptura. Rencores viejos, diferencias de carácter, episodios enquistados, malentendidos que no llegamos a aclarar… Enséñanos a tender puentes, a enlazar manos, a llenar los silencios vacíos con nuevas palabras de encuentro y fraternidad.

 

“El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo” (Rm 15,13)

Es sorpredente la capacidad del ser humano para levantarse, una y otra vez. Admiro eso en tantas personas, capaces de luchar cuando uno pensaría que ya todo está perdido. Para esperar contra toda esperanza, para seguir creyendo, y amando, y sonriendo. Esa humanidad nuestra tiene que estar muy llena de ti, un Espíritu de Vida. Tú haces que en la oscuridad uno pueda seguir creyendo en la luz –aun si por un rato falta; que en la adversidad uno pueda alzarse, erguir la cabeza, enjuagar sus lágrimas y continuar el camino. Tú nos haces fuertes.

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