Cristo Jesús, tú nunca nos conduces hasta el vértigo del desánimo donde nada queda, salvo decaimiento y tristeza. Al contrario, tú nos concedes llegar a una comunión e incluso a una intimidad contigo. Y si, para cada uno, hay pruebas, hay sobre todo un amor que viene de ti. Este amor nos devuelve la vida.
 
No la resignación sino la confianza de las profundidades: abandonarse al Espíritu Santo, dejando en manos de Cristo, ahora y siempre, lo que pesa en el corazón.
Jesús, el Resucitado, tú infundes en nosotros el Espíritu Santo. Quisiéramos decirte: tú tienes las palabras que dan vida a nuestra alma, ¿a quién iríamos sino a tí, el Resucitado?
 
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