¡Oh, Señor Dios mío!, ¿quién te buscará con amor puro y sencillo que te deje de hallar muy a su gusto y voluntad, pues que Tú te muestras primero y sales al encuentro a los que te desean?

 

Sí, es el Señor el que nos sale al encuentro. No podemos buscar sino porque hemos sido hallados primero, no podemos amar sino porque hemos sido amados primero. Desde esta conciencia, ¡qué sencilla es la humildad y qué espontánea la gratitud!
Desde esta certeza, Juan de la Cruz goza con esta locura del amor divino: si buscas, alaba pues ya te ha alcanzado su mirada. Por eso, no hay que temer si le podremos encontrar, sólo procurar que nuestra búsqueda sea “con amor puro y sencillo”. Que no es el problema si Dios se deja alcanzar o no, sino
qué me mueve realmente para buscarle. ¿Qué deseo realmente cuando salgo en busca de Dios?
Si es a Él a quien deseo, pronto mis deseos se verán colmados. Saben bien los amigos de Dios que siempre, siempre, su gracia nos precede…

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