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Llega el tiempo de verano, cuando cambia la actividad, cuando las ciudades se vacían un poco y se llenan las costas. Cuando las vacaciones (al menos ahora son en España) imponen un ritmo más tranquilo. También este tiempo puede tener sus acentos en la relación con Dios y los otros.

Pues sí, parece que uno termina junio, y el curso, un poco acelerado. Por los exámenes, por el desgaste del curso, porque los meses de trabajo han ido siendo intensos… y por eso hace falta descansar un poco. Dormir más, vivir un poco más despacio, mirar el reloj menos a menudo, prescindir de agendas. Cada quién sabemos qué es lo que nos descansa. Pero, sea lo que sea, no descansar “de” Dios, sino con Dios. Dejarle que “venga conmigo”, ser consciente de su presencia en mi vida, también en este tiempo de reposo.

Es tiempo de hacer muchas cosas que siempre apetecen, pero para las que nunca parezco encontrar el momento adecuado: leer alguna buena novela, ver alguna película pendiente, escribir a gente querida, hablar con los míos un poco más despacio… Si las vacaciones son largas, tal vez asomarme a espacios, realidades, gentes que normalmente no forman parte de mi vida… Es tiempo para recorrer espacios distintos.

También es tiempo para un poquito de calidad en la relación con Dios (porque si no, a veces parece que Dios cae en la parte del “trabajo” o la “obligación”, cuando resulta que puede ser fuente de encuentro y plenitud). Por eso este verano puede ser un tiempo para intentar conocerle más (leer sobre él, pensar, rezar algún rato, tratar de releer su presencia en mi vida).

Es un privilegio poder descansar (sí, es un derecho, pero como tantos otros, no siempre al alcance de todos). Y es una suerte tener una vida que, con sus altos y bajos, me va poniendo en contacto con gentes, con mundos, con historias (también la mía propia).

Por eso, el verano puede ser tiempo para una mirada agradecida al curso que se va. A lo bueno, que en estos meses ha sido fuente de alegría. A lo difícil, que ha podido ser escuela. A las gentes, las palabras, los momentos. Los retos. A Dios, por la oportunidad de vivir, elegir, caer y levantarme, aprender, amar, construir, imaginar, sentir, pensar, creer… Gracias.

La solemnidad de san Pedro y san Pablo, una de las más antiguas del año litúrgico, festeja a las dos columnas de la Iglesia. Por una parte, Pedro es el hombre elegido por Cristo para ser “la roca” de la Iglesia: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” ( Mt 16,16). Pedro, hombre frágil y apasionado, acepta humildemente su misión y soporta cárceles y maltratos por el nombre de Jesús.(cf. Hch 5,41). Predica con con valor, lleno del Espíritu Santo (cf. Hch 4,8). Pedro es el amigo entrañable de Cristo, el hombre elegido que se arrepiente de haber negado a su maestro, el hombre impetuoso y generoso que reconoce al Dios hecho hombre, al Mesías prometido: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”(cf. Mt 16,16). Los Hechos de los apóstoles narran en esta solemnidad la liberación de Pedro de las cárceles herodianas. “Con esta intervención extraordinaria, Dios ayudó a su apóstol para que pudiera proseguir su misión. Misión no fácil, que implicaba un itinerario complejo y arduo. Misión que se concluirá con el martirio precisamente aquí, en Roma, donde aún hoy la tumba de Pedro es meta de incesantes peregrinaciones de todas las partes del mundo.

Pablo, por su parte, fue conquistado por la gracia divina en el camino de Damasco y de perseguidor de los cristianos se convirtió en Apóstol de los gentiles. Después de encontrarse con Jesús en su camino, se entregó sin reservas a la causa del Evangelio. También a Pablo se le reservaba como meta lejana Roma, capital del Imperio, donde, juntamente con Pedro, predicaría a Cristo, único Señor y Salvador del mundo. Por la fe, también él derramaría un día su sangre precisamente aquí, uniendo para siempre su nombre al de Pedro en la historia de la Roma cristiana” (Juan Pablo II, 29 de junio de 2002). Pablo es el apóstol fogoso e incansable que recorre el mundo conocido en la época para anunciar la buena nueva de la salvación en Cristo Jesús. Sabe que se le ha dado una misión, una responsabilidad, una tarea que no puede declinar. “Ay de mí si no evangelizara” (1 Co 9,16).

El Evangelio de este domingo es el Evangelio de la entrega de la llaves a Pedro. Sobre él siempre se ha basado la tradición católica para fundamentar la autoridad del Papa sobre toda la Iglesia. Alguno podría decir: pero, ¿qué tiene que ver el Papa con todo esto? Esta es la respuesta de la teología católica. Si Pedro tiene el papel de ser “fundamento” y “roca” de la Iglesia, dado que la Iglesia sigue existiendo, entonces debe seguir existiendo también el fundamento. Es impensable que prerrogativas tan solemnes (“te daré las llaves del Reino de los cielos”) se refirieran sólo a los primeros veinte o treinta años de vida de la Iglesia y que terminaran con la muerte del apóstol. El papel de Pedro se prolonga, por tanto, en sus sucesores.

Durante todo el primer milenio, este oficio de Pedro fue reconocido universalmente por todas las Iglesias, si bien se interpretó de manera diferente en oriente y occidente. Los problemas y las divisiones nacieron con el milenio terminado recientemente. Y hoy también nosotros, católicos, admitimos que no todos estos problemas han nacido por culpa de los demás, de los así llamados “cismáticos”: primero los orientales y después los protestantes. El primado instituido por Cristo, al igual que todas las cosas humanas, fue ejercido a veces bien y a veces menos bien. Al poder espiritual se le mezcló, poco a poco, un poder político y terreno, y de este modo se dieron abusos. El mismo Papa, Juan Pablo II, en la carta sobre el ecumenismo, Ut unum sint, ha previsto la posibilidad de revisar las formas concretas con las que se ha ejercido el primado del Papa para permitir la concordia de todas las Iglesias a su alrededor. Como católicos, deseamos que se continúe cada vez con más valentía y humildad por este camino de la conversión y de la reconciliación, especialmente incrementando la colegialidad querida por el Concilio.

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El Año Paulino ha sido convocado por el Papa Benedicto XVI, y será inaugurado por él hoy sábado 28 de junio por la tarde en la basílica de San Pablo Extramuros. Al acto asistirá el Patriarca ortodoxo de Constantinopla, Su Beatitud Bartolomé I, y representantes de otras iglesias y comunidades cristianas. La basílica romana, construida sobre el lugar donde está enterrado el Apóstol de los gentiles, será el centro de las celebraciones de este año. Se ha empezado editando un Programa General que se puede descargar de Internet (www.annopaolino.org) y se ofrece, entre otra información, posibles itinerarios de peregrinación, siguiendo los pasos del Apóstol en la capital del Imperio Romano. Todos los peregrinos podrán ganar la indulgencia plenaria en las condiciones habituales. También podrán hacerlo quienes participen en actos conmemorativos organizados en las distintas iglesias locales. La basílica, donde se realizarán varios conciertos, ha preparado también un ciclo de conferencias, tanto de teólogos como de personalidades del mundo de la cultura, la universidad, la industria y la política. El fuerte acento ecuménico que tiene la inauguración del Año Paulino continuará todos los viernes por la tarde en una oración con diferentes confesiones cristianas.


Congresos y publicaciones sobre san Pablo serán una de las constantes en la celebración del Año Paulino en todo el mundo. Otro de los epicentros del Año Paulino será Damasco, actual capital de Siria, camino a la cual Saulo de Tarso se convirtió de perseguidor en predicador de Cristo. El Patriarca greco-melquita católico Gregorios III, los franciscanos de la Custodia de Tierra Santa y las autoridades civiles han preparado un intenso programa que incluye encuentros de todo tipo (jóvenes, religiosos, movimientos…), la elaboración de materiales para niños y adolescentes, una exposición y tal vez incluso una película. En lugares tan distantes como Santiago de Chile, Hong Kong, Singapur (donde la única parroquia católica está dedicada a San Pedro y San Pablo) o las islas Salomón, en Oceanía, las comunidades se preparan para la celebración del bimilenario del Apóstol de los gentiles.

“Olvidando lo que dejé atrás, me esfuerzo en lo que hay por delante y corro hacia la meta…” (Flp 3,13-14)

Ayúdame, Señor a mirar al futuro e imaginar posibilidades. Fijarme metas. En relación con las gentes, con lo que hago, con la vida. Metas para los momentos de descanso. Para el verano. Coger las riendas de mi tiempo. Seguir abriendo la vida a las personas. Querer cimentar algo con mi historia. ¿Qué puedo construir? Puentes para unir a quien está separado. Mesas donde puedan tener cabida los que nadie quiere. Casas que sean refugio para quien tiene miedo. Palabras que lleguen al solitario. Nuevos caminos que conduzcan a tierras fértiles, que produzcan, para todos, alegría, tolerancia, justicia y comprensión. Puedo hacer tantas cosas que solo tengo que intentar salir de la rutina, de lo ya conocido, y arriesgarme a saltar al vacío.

Jesús dice: “No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna”. No debemos tener temor ni miedo de los hombres; de Dios debemos tener temor, pero no miedo.

Por tanto hay una diferencia entre miedo y temor; tratemos de comprender por qué y en qué consiste. El miedo es una manifestación de nuestro instinto fundamental de conservación. Es la reacción a una amenaza para nuestra vida, la respuesta a un verdadero o presunto peligro: desde el peligro más grande, que es el de la muerte, a los peligros particulares que amenazan la tranquilidad o la incolumidad física, o nuestro mundo afectivo.

Algo muy diferente del miedo es el temor de Dios. El temor de Dios se aprende: “Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor” (Sal 33,12); por el contrario, el miedo, no tiene necesidad de ser aprendido en el colegio; la naturaleza se encarga de infundirnos miedo.

El mismo sentido del temor de Dios es diferente al miedo. Es un elemento de fe: nace de la conciencia de quién es Dios. Es el mismo sentimiento que se apodera de nosotros ante un espectáculo grandioso y solemne de la naturaleza. Es el sentimiento de sentirnos pequeños ante algo que es inmensamente más grande que nosotros; es sorpresa, maravilla, mezcladas con admiración. Ante el milagro del paralítico que se alza en pie y camina, puede leerse en evangelio, “El asombro se apoderó de todos, y glorificaban a Dios. Y llenos de temor, decían: ‘hoy hemos visto cosas increíbles'” (Lucas 5, 26). El temor, en este caso, es otro nombre de la maravilla, de la alabanza.

Este tipo de temor es compañero y aliado del amor: es el miedo de disgustar al amado que se puede ver en todo verdadero enamorado, también en la experiencia humana. Con frecuencia es llamado “principio de la sabiduría”, pues lleva a tomar decisiones justas en la vida. ¡Es nada más y nada menos que uno de los siete dones del Espíritu Santo (cf. Isaías 11, 2)!

Como siempre, el evangelio no sólo ilumina nuestra fe, sino que nos ayuda además a comprender nuestra realidad cotidiana. Nuestra época ha sido definida como una época de angustia (W. H. Auden). ¿Cómo explicar este hecho si hoy tenemos muchas más seguridades económicas, seguros de vida, medios para afrontar las enfermedades y atrasar la muerte?

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Recordemos hoy algunos datos de la biografía del gran San Pablo. También después de Jesús, él es el personaje del Nuevo Testamento del que más informados estamos. Tanto el libro de los Hechos de los Apóstoles, como sus propias Cartas, nos aportan datos que nos acercan a un conocimiento de su persona y de su pensamiento.

Benedicto XVI recoge los siguientes datos: “Su nombre original era Saulo (Hechos 7,58; 8,1 etc.), en hebreo Saúl, como el rey Saúl, y era un judío de la diáspora, dado que la ciudad de Tarso se sitúa entre Anatolia y Siria. Muy pronto había ido a Jerusalén para estudiar a fondo a los pies del gran rabino Gamaliel (Hechos 22,3). Había aprendido también un trabajo manual y rudo, la fabricación de tiendas (Hechos 18,3), que más tarde le permitiría sustentarse personalmente sin ser de peso para las Iglesias (Hechos 20,34; 1 Corintios 4,12; 2 Corintios 12, 13-14)”.

A lo dicho por el Papa, puede añadirse que sus padres eran comerciantes judíos de la secta de los fariseos, y que lo educaron según las ciencias judías de los fariseos, y en la cultura helenista. En la escuela del sabio rabí Gamaliel, amplió y perfeccionó las enseñanzas mosaicas, proféticas, históricas y sapienciales del Antiguo Testamento. Aprendió igualmente la prodigiosa y sutil dialéctica de su maestro, que emplearía después en la predicación oral y a la hora de redactar las cartas.

La fogosidad de su carácter y la radicalidad de sus creencias le convirtieron en un fanático activista judío. Su fanatismo radical le impulsó a estar presente en la muerte a pedradas del protomartir cristiano San Esteban, y a pedir al Sumo Sacerdote cartas de recomendación para las sinagogas de Damasco, con el fin de llevar atados a Jerusalén a todos los cristianos de esa ciudad.

Fue precisamente, yendo a Damasco, cuando, en palabras del propio Apóstol, fuealcanzado por Cristo Jesús” (Filipenses 3,12). “Rodeado de una luz celeste, cae al suelo, y oye una voz que le dice: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Saulo pregunta: ¿quién eres, Señor? Y le contesta: yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que tienes que hacer… Se levantó Saulo del suelo y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Le condujeron de la mano a Damasco, donde estuvo tres días sin vista y sin comer ni beber” (Hechos 9, 3-9).

El Señor dijo a Ananías, en una visión, que el que había causado mucho mal a los “santos” en Jerusalén y tenía cartas de los Sacerdotes para prender a los de Damasco es mi instrumento elegido para llevar mi nombre a los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre. Ananías fue a donde estaba Saulo, le impuso las manos, recobró la vista, fue bautizado y, tomando algo de comer, recuperó las fuerzas (Hechos 9, 15-19).

De esa manera milagrosa y sorprendente, el gran perseguidor de los cristianos se convertía en el gran Apóstol de Jesucristo. Saulo dejaba de ser Saulo, y nacía Pablo de Tarso, Apóstol de los gentiles, que quiere hacerse todo para todos (1 Corintios 9,22), sin reserva alguna.

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CARTA PARA QUIEN QUISIERA SEGUIR A CRISTO

En el Evangelio, escuchamos la llamada de Jesús: «¡Sígueme!» ¿Es posible responderle con un compromiso para toda la vida? En todos nosotros, hay el deseo de un futuro feliz. Pero teniendo la impresión de estar condicionados por tantos límites, a veces nos sorprende el desánimo.

No obstante, Dios está presente: « El Reino de Dios está cerca » (Mc 1,15). Percibimos su presencia asumiendo las situaciones de nuestra vida tal como son para crear a partir de lo que hay. Nadie quisiera sumergirse en los sueños de una existencia idealizada. Aceptemos eso que somos y también lo que no.

Buscar un futuro feliz implica elegir.

Algunos toman decisiones valientes para seguir a Cristo en su vida de familia, en la sociedad, en un compromiso por los demás. Hay también quien se pregunta: ¿cómo seguir a Cristo eligiendo el camino del celibato?

Quisiera animar tanto a los que se hacen la pregunta por una opción para siempre:

De cara a un compromiso semejante, puede surgir una duda en ti. Pero, profundizando, encontrarás la alegría de darte enteramente. Feliz quien no se entrega al miedo, sino a la presencia del Espíritu Santo. Quizás apenas puedas creer que Dios te llama personalmente y que Él espera ser amado por ti. Pero tu existencia importa ante sus ojos.

Llamándote, Dios no te indica lo que deberías hacer. Su llamada es ante todo un encuentro. Déjate acoger por Cristo, y descubrirás el camino a tomar. Dios te invita a la libertad. Él no hace de ti un ser pasivo. Por su Espíritu Santo, Dios habita en ti, pero no te sustituye. Al contrario, despierta energías insospechadas.

Joven, puedes tener miedo y ser tentado para no elegir, y mantener abiertas todas tus posibilidades. ¿Pero cómo encontrarás una realización si te quedas en la encrucijada?

Acepta que hay en ti una espera no realizada e incluso algunas cuestiones no resueltas. Confíate desde la transparencia del corazón. En la Iglesia hay algunas personas para escucharte. A través del tiempo, ese acompañamiento permite un discernir para darte enteramente.

No estamos solos al seguir a Cristo. Somos sostenidos por este misterio de comunión que es la Iglesia. En ella, nuestro sí llega a ser alabanza.

Alabanza balbuciente, que sube desde nuestra miseria, pero que se convertirá poco a poco en fuente de alegría caudalosa para toda nuestra vida.

Taizé

El bimilenario del nacimiento de Pablo de Tarso se celebrará de modo privilegiado en Roma desde el próximo 28 de junio hasta el 29 de junio de 2009. Es en la Ciudad Eterna, bajo el altar papal de la basílica de San Pablo, donde se encuentran los restos del Apóstol de las gentes, tal como enseña una tradición incontrovertible. A lo largo del Año Paulino, tendrán lugar una serie de acontecimientos litúrgicos, culturales y ecuménicos, así como diversas iniciativas pastorales y sociales inspiradas en la espiritualidad paulina.

No cabe la menor duda de que el Año de San Pablo servirá para un mayor conocimiento de la persona y de los escritos del Apóstol de las gentes, para un acercamiento de muchas personas a Dios, para un crecimiento en el empuje apostólico y misionero que la Iglesia ha de dar en relación a la nueva Evangelización, y para rezar y trabajar por la unidad de todos los cristianos en una Iglesia unida, que el Apóstol entendió como el único Cuerpo de Cristo.

Con motivo de este jubileo paulino, ofrecemos el primero de una serie de artículos sobre la figura del Apóstol Misionero. 

 

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No te rindas, aún estás a tiempo

De alcanzar y comenzar de nuevo,

Aceptar tus sombras,

Enterrar tus miedos,

Liberar el lastre,

Retomar el vuelo.

 

No te rindas que la vida es eso,

Continuar el viaje,

Perseguir tus sueños,

Destrabar el tiempo,

Correr los escombros,

Y destapar el cielo.

 

 

 

No te rindas, por favor no cedas,

Aunque el frío queme,

Aunque el miedo muerda,

Aunque el sol se esconda,

Y se calle el viento,

Aún hay fuego en tu alma

Aún hay vida en tus sueños.

 

Porque la vida es tuya

 y tuyo también el deseo

Porque lo has querido y porque te quiero

Porque existe el vino y el amor, es cierto.

Porque no hay heridas que no cure el tiempo.

 

 

 

Abrir las puertas,

Quitar los cerrojos,

Abandonar las murallas que te protegieron,

Vivir la vida y aceptar el reto,

Recuperar la risa,

Ensayar un canto,

Bajar la guardia y extender las manos

Desplegar las alas

E intentar de nuevo,

Celebrar la vida y retomar los cielos.

 

No te rindas, por favor no cedas,

Aunque el frío queme,

Aunque el miedo muerda,

Aunque el sol se ponga y se calle el viento,

Aún hay fuego en tu alma,

Aún hay vida en tus sueños.

 

Porque cada día es un comienzo nuevo,

Porque esta es la hora y el mejor momento.

Porque no estás solo, porque yo te quiero.

 

Mario Benedetti

En el Evangelio de este domingo nos encontramos con la presentación oficial del colegio apostólico: “Los nombres de los doce apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro…”. Se menciona claramente el primado de Pedro en el colegio de los apóstoles. No dice: “Primero Pedro, segundo Andrés, tercero Santiago…”, como si se tratara simplemente de una serie. Se dice que Pedro es el primero en el sentido fuerte de que es cabeza de los demás, su portavoz, quien les representa. Jesús especificará más tarde, en el mismo Evangelio de Mateo, el sentido de ser “primero”, cuando dirá “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…”.

Pero no quería detenerme a analizar el primado de Pedro, sino más bien el motivo que lleva a Jesús a escoger a los doce y a enviarles. Se describe así: “Jesús al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor”. Jesús vio la muchedumbre y sintió compasión: esto le llevó a escoger a los doce apóstoles y a enviarles a predicar, a curar, a liberar…
Se trata de una indicación preciosa. Quiere decir que la Iglesia no existe para ella misma, para su propia utilidad o salvación; existe para los demás, para el mundo, para la gente, sobre todo para los cansados y oprimidos. El Concilio Vaticano II dedicó un documento entero, la Gaudium et spes, a mostrar cómo la Iglesia existe “para el mundo”. Comienza con las conocidas palabras: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón”.

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 “El amigo fiel es refugio seguro. El que lo encuentra, ha encontrado un tesoro”. (Eclo 6,14)

Hay algunas cosas en nuestra vida que, de alguna forma, son reflejo de Dios. Tal vez no lo vemos tal y como es, pues siempre es mayor que lo que percibimos. Pero hay algunas formas de vivir, de ser, de estar y de querer, que nos hablan de Dios… Y la amistad es una de ellas.

Me alegro de tener gente cercana. Vidas que se cruzan con la mía. Rutas que hemos recorrido juntos (al menos por un trecho), por senderos que a veces se separan y luego se entrecruzan de nuevo. Me siento afortunado por que hay nombres que forman parte de mi vida, no como un apunte en una agenda, sino como una historia compartida.

Hoy sé que no se puede mitificar la amistad, que a veces es sublime y a veces horrible (o ambas). Sé que no te libra de las batallas (a veces las provoca), y casi siempre se construye desde lo más cotidiano. No te libra de momentos de soledad. Pero es importante darte cuenta de quiénes son “tus gentes.”

Es tan sencillo como eso. Solos no podemos salir adelante. En los momentos de alegría hace falta alguien con quien compartirla. Y en los de tristeza alguien para acompañar la desazón. Gente con quien poder reírse y sentirse en paz. En quienes confiar y a quienes poder acudir sin necesidad de inventar excusas.
  
Tampoco podemos mitificar la amistad (como lo hace uno cuando es adolescente). Mis amigos también tienen sus manías -como yo las mías-. Les quiero tal y como son. Sé que podemos discutir, pero al final los vínculos siguen inamovibles. Puede haber tormentas, y saldremos de ellas más fortalecidos.
  
Y qué alegría cuando recibes un mensaje de alguien a quien le habías perdido la pista. O cuando los caminos, que siempre juegan con nosotros, se vuelven a cruzar. Qué bien sienta cuando, estando agitado, aparece esa presencia familiar que me ayuda a reírme de mí mismo.
  
 No puedo dar una definición de lo que es “un buen amigo”. ¿Es aquél con quien compartes mucha intimidad, o poca? ¿Con quien hablas de todo, o casi? ¿Con quien te sientes a gusto? Pues sí y no. Cada historia, cada relación, cada amistad, es un poco distinta.
 
En unos casos está hecha de compartir lo cotidiano, y en otras de abrir el corazón desnudo. En unos casos surge casi a bote pronto, sin saber muy bien por qué, y en otros nace del trabajo común, del tiempo gastado con otros, de irse conociendo despacio… Hay con quien te ríes de veras, y con quien puedes mostrar tu enfado.
 
Pero, en todo caso, todos esos brazos cercanos, esas vidas que se asoman a la mía, esos momentos que van tiñendo mi horizonte se vuelven parte del suelo firme en el que se puede construir una vida.

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CREER PARA VER

Padre, en aquellos momentos en que cuestionan mi fe dame serenidad y fuerza… Señor, cuando yo mismo me pregunte quien soy y quien eres para mí ayúdame a sentir Tu Amor … Que crea Padre, como el ciego, que confíe en Ti, que espere en Ti y que descubra quién eres en mi vida… Que me aferre, Señor, al Padre que ama, que cuida y protege a sus hijos, Y me aleje de la imagen castigadora y distante del fariseo… Porque al final siempre eres ternura, entrega y generosidad… Que la oración sea mi agua de Siloé, que tu Palabra sea el encuentro en el camino… que mi fe sea mi vista… que no se cierren mis ojos, que vea al mirar… Que me deje hacer por Ti como el ciego de Siloé… Y que mi boca bendiga tu nombre por haber experimentado tu Amor recibido.