Jesús se dirigía a la gente sencilla cuando hablaba en parábolas. Por eso, las parábolas no necesitan muchas explicaciones. Se entienden de manera intuitiva, al primer golpe. La comparación entre el que construye su casa sobre arena y el que la construye sobre roca es transparente.
    Casi se puede ver con la imaginación o, simplemente, recordando las muchas imágenes que los medios de comunicación nos ofrecen sobre los temporales que azotan determinadas regiones de nuestro mundo y en los que parece que la fuerza de la naturaleza se desata en toda su furia. Sólo las casas que están construidas de una manera sólida son capaces de resistir esos vientos. El resto vuela por los aires. Pero las casas bien construidas permanecen.

Creer como opción personal
    Quizá sea esta la primera reflexión que podemos hacer a la vista de esta parábola. Y más si tenemos en cuenta la primera lectura que en su momento se dirigió al pueblo israelita y hoy se dirige a nosotros: “Hoy os pongo delante maldición y bendición”. La bendición es la oferta de la vida y vida en plenitud. La maldición es el encuentro fatídico con la muerte para siempre. Seguir los caminos del Señor es la mayor bendición que puede encontrar en su vida la persona humana.
    Pero la decisión por la fe no es algo que nos venga impuesto. Creer porque “los demás también creen”, ir a misa “porque todos van a misa”, etc. no es un verdadero creer. No pasa de ser una capa superficial que no termina de afectar verdaderamente a la vida de la persona.
    Creer es algo que sucede dentro de cada persona, de cada uno de nosotros, cuando nos ponemos sinceramente en presencia de Dios y le acogemos como nuestro creador y salvador, cuando de la mano de Jesús, nuestro hermano mayor, le reconocemos como Padre amoroso que nos cuida y nos guía a la vida. En ese momento comprendemos que lo único que verdaderamente vale la pena es ir haciendo realidad en nuestra vida y en la de los que nos rodean el Reino del que tanto habló Jesús: un mundo hecho de justicia y fraternidad.

Construir la casa de todos
    Aquí volvemos a la casa de la parábola. Creer no es el término del camino. En realidad es el comienzo, es el acto de ponerse en pie para seguir a Jesús, de continuar su obra. El creyente, hombre o mujer, asume como responsabilidad personal la construcción del Reino, de la casa donde todos somos acogidos como hijos e hijas de Dios.
    Es una tarea lenta, necesita tiempo, cuidado, atención. Ladrillo a ladrillo hay que levantar las paredes. Hay que cuidar los fundamentos para que las inclemencias del tiempo no la derrumben. Y el cemento que liga todos los elementos de la construcción debe ser de la mejor calidad, hecho de misericordia, acogida, reconciliación, amor. Es una casa abierta a todos sin condiciones. Sin condiciones.
    Así y sólo así se construirá una casa bien fundamentada, capaz de aguantar la lluvia, los ríos y los vientos. Usar otros materiales de construcción  dará lugar a que la casa se hunda totalmente.

    El creyente decide libremente participar en esa construcción. Es consciente de sus limitaciones, por supuesto. Sabe que su libertad es limitada. Conoce su propio pecado, sus debilidades. Pero también, por su fe, sabe que todo es gracia, que cuenta con la misma fuerza de Dios para seguir con su misión.
    El creyente no siente que se está ganando la salvación por el hecho de participar en la construcción de la casa común. Como se nos dice en la segunda lectura, somos “justificados gratuitamente por su gracia”. En realidad, el acto de fe es ya en sí mismo una gracia de Dios. Es el momento en el que nos hacemos conscientes del amor con el que Dios nos ama. Y, puro agradecimiento, nuestra vida se reorienta para hacer que ese amor llegue a todos los hombres y mujeres de nuestro mundo, para hacer realidad el Reino entre nosotros.

Fernando Torres Pérez cmf
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