El alma sola, sin maestro, que tiene virtud, es como el carbón encendido que está solo: antes se irá enfriando que encendiendo.
– El que a solas cae, a solas se está caído y tiene en poco su alma, pues de sí solo la fía.

Dichos 7 y 8, San Juan de la Cruz

 ¡Cuánta necesidad tenemos de compañeros de camino! Todo parece invitarnos a la autosuficiencia, al “hágalo usted mismo”, al “manual de autoayuda en tres semanas”… Sin embargo, lo propio de nuestra condición es, precisamente, necesitarnos unos a otros, sentirnos menesterosos y, a la vez, opulentos pues todos precisamos de una mano cercana y, al mismo tiempo, todos podemos ofrecer esa mano al otro.

Contrariamente a lo que parece ser moda, la persona realmente fuerte sabe pedir y ofrecer la presencia del “tú” que nos saca de nuestra soledad: una palabra, un gesto, una mirada. ¿Cuándo necesitamos de los demás? Siempre: para crecer y para levantarnos, para llevar la carga y para ofrecer descanso. Creados para vivir en compañía, descubrirnos necesitados es hallar ocasión de gozar agradecidos del don del otro y de salir hacia el otro para emprender una senda común.

Juan de la Cruz, con su fina sensibilidad, conoce bien esta nuestra condición. Precisamente alguien que, como él, consideramos maestro del espíritu, insiste en este aviso: soledad sí, mas no aislados, que quien quiera andar tras el Maestro ha de llevar guía. No se trata de buscar un gurú, hoy por cierto tan en boga, sino esas personas que siguen también a Cristo, que han empeñado en esta empresa su vida y su persona. ¡Cuántas veces la persona más simple, pero grande a los ojos del Señor, se convierte por un instante en luz y aliento!

Así reconocemos en la práctica que uno sólo es el Maestro, todos los demás somos discípulos que nos ayudamos mutuamente a seguirle. Precisamente Él sintetizó todo el misterio de su intimidad con Dios Padre en una sola palabra, ABBA, maravillosa palabra que aprendió en la tierna compañía de José, el humilde carpintero galileo.

Anuncios