Vivimos en un mundo obsesionado por eliminar a Dios de la vida real, «hoy muchos sostienen que a Dios se le debe dejar en el banquillo», les decía Benedicto XVI a los jóvenes que le recibían en el muelle Barangaroo, tras su llegada en barco por la bahía de Sydney. ¡Qué tremendo error! Dos días después, en la Vigilia del sábado, les volvía a alertar del mortal engaño: ¿acaso el alejamiento de Dios no nos condena a la más terrible de las derrotas? «Alejarnos de Él -decía el Papa- es sólo un intento vano de huir de nosotros mismos», sencillamente porque «Dios está con nosotros en la vida real, no en la fantasía. Enfrentarnos a la realidad, no huir de ella: esto es lo que buscamos. Por eso el Espíritu Santo, con delicadeza, pero también con determinación, nos atrae hacia lo real, duradero y verdadero». Poco antes, en la Misa con los obispos australianos y con los seminaristas y jóvenes religiosos, en la que consagraba el nuevo altar de la catedral de Sydney, signo de la consagración de sus vidas, el Santo Padre ya había advertido de que «nos encontramos inmersos en un mundo que quisiera dejar a Dios aparte», y también de que tal intento está fuera de la realidad, es inútil, lejos de liberar al hombre, en realidad lo encadena y lo destruye: «La Historia, también la de nuestro tiempo, nos demuestra que la cuestión de Dios jamás puede ser silenciada y que la indiferencia respecto a la dimensión religiosa de la existencia humana acaba disminuyendo y traicionando al hombre mismo».

Con una belleza extraordinaria, Benedicto XVI ha descrito, desde la misma ceremonia de bienvenida, la grandeza de la obra creadora de Dios, que halla su culmen en el que es su misma imagen, el hombre y la mujer, todos y cada uno de los seres humanos. A su llegada al muelle de Barangaroo, les dijo a los jóvenes: «La creación de Dios es única y es buena», añadiendo inmediatamente: «La preocupación por la no violencia, el desarrollo sostenible, la justicia y la paz, el cuidado de nuestro entorno, son de vital importancia para la Humanidad. Pero todo esto no se puede comprender prescindiendo de una profunda reflexión sobre la dignidad innata de toda vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, una dignidad otorgada por Dios mismo y, por tanto, inviolable». El grado inusitado a que ha llegado la terrible y mortífera ceguera de tantos en este mundo nuestro lo describía así el Papa: «¿Cómo es posible que el seno materno, el ámbito humano más admirable y sagrado, se haya convertido en lugar de indecible violencia?» La mirada valiente a la realidad no censura las «heridas que marcan la superficie de la tierra», no cierra los ojos al descubrir que no sólo el entorno natural, sino también el social tiene sus cicatrices; heridas que indican que algo no está en su sitio». Más aún, en la Misa de clausura penetra esa misma mirada valiente en los propios miembros de la Iglesia, no para caer en la desesperanza, sino todo lo contrario, para abrir de par en par las almas todas al infinito poder sanador del Espíritu Santo, el Amor del Padre y del Hijo, el gran protagonista de esta Jornada Mundial de la Juventud: «Debemos permitirle penetrar en la dura costra de nuestra indiferencia, de nuestro cansancio espiritual, de nuestro ciego conformismo con el espíritu de nuestro tiempo».

Este mirar a la realidad de frente, sin embargo, justamente porque no deja a Dios en el banquillo, no es motivo de desaliento, no impide que el corazón rebose de paz, de alegría y de esperanza verdaderas, es decir, de los dones del divino Espíritu. Nadie hoy como Benedicto XVI escudriña hasta el fondo las heridas y cicatrices de nuestro tiempo, y sin embargo nadie como él muestra un corazón tan rebosante de esa paz llena de serenidad, de ese gozo indecible y de esa segura esperanza, dones que a nadie niega el Señor. «Nadie está obligado a quedarse fuera» de este lugar que está en la vida real, no en la fantasía, llamado Iglesia, el mismo Cuerpo visible de Cristo. Benedicto XVI no puede por menos que mostrar abierta esta Puerta de la Vida que es Jesucristo a todos, hasta a los más alejados que imaginarse pueda. «La Buena Nueva de Cristo -les anunció a los jóvenes ya en su primer encuentro- es para todos y cada uno; ella ha llegado a los confines de la tierra. Sin embargo, también sé que muchos de vosotros estáis aún en busca de una patria espiritual… A vosotros deseo ofrecer mi llamamiento: acercaos al abrazo amoroso de Cristo; reconoced a la Iglesia como vuestra casa. Nadie está obligado a quedarse fuera».

Esta patria espiritual, la Casa del Espíritu Santo, la Iglesia, no es ninguna fantasía imaginaria: su bellísima realidad se ha hecho bien visible estos días en Sydney, en los cientos de miles de jóvenes de toda raza y nación allí reunidos junto al Papa, llenos de límites, pobres pecadores, sí, ¡pero abiertos al don de Dios! No sólo nada han ensuciado, ni, menos aún, creado problemas de orden público. Han mostrado la belleza de esta patria espiritual generada por la fe cristiana, cuya esencia -lo dijo Benedicto XVI en la Vigilia del sábado- «no es principalmente lo que nosotros hacemos, sino lo que recibimos. Después de todo, muchas personas generosas que no son cristianas pueden hacer mucho más de lo que nosotros hacemos». El secreto está en abrir el corazón y mendigar de Quien ha querido antes ser mendigo de nuestro amor. Eso es la oración. Y el Espíritu nos hace criaturas nuevas, ciudadanos de su patria, la única que cumple la vida, ya aquí en la tierra, con el ciento por uno, y después la vida eterna.

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