Al comenzar un curso, al reincorporarse al trabajo, al volver al ritmo cotidiano de los días… Toca mirar hacia adelante. Tiene algo de monótono (vuelta a la rutina), y al tiempo algo de novedoso (¿qué me deparará este año?). Tiene algo de cómodo (ya se sabe lo que toca), pero también algo de inquietante (¿todo estará bien?).

Mi suelo está hecho de mi presente más habitual: nombres, horarios, rutinas, trabajo, problemas, obligaciones, ocio… Mi suelo está hecho de relaciones personales, algunas muy buenas, otras más difíciles. Está hecho de lo que me gusta hacer y lo que, aunque me disgusta, también me toca. Está hecho de las calles en las que me muevo, las gentes con las que comparto espacios, los libros pendientes, las horas libres y las saturadas… Mi suelo es este espacio en el que transcurre mi vida. Y en mi suelo está Dios.

Pero no basta con sumergirme en lo cotidiano y lo habitual. Necesito también un horizonte hecho de todas esas cosas que están por llegar, o hacia las que hay que caminar.

Un horizonte que me lanza hacia el futuro, y está constituido por proyectos, planes, propósitos… Lo que me gustaría que ocurra, lo que quiero que sea mi vida, y la de otros, lo que me gusta imaginar de aquí a junio, o incluso a junio del 2010 si me da por darle a la cabeza.Necesito pararme y saber que hay preguntas que me llevan lejos. Y, al mirar al frente, un poquito más allá de mi suelo, está Dios, llamándome…

 
Anuncios