Cuando oramos nos situamos en el corazón del Evangelio: Jesús nos ha dicho: ¡”Pedid y se os dará…”! (Mt 7,7). Jesús que pasaba noches en oración, nos dice: “Lo que pidáis al Padre en mi Nombre, os lo concederá” (Jn 14,13). También San Pablo nos exhorta: “Orad sin interrupción” (Col 4,2). De hecho, Jesús comenzó su Pasión orando en el huerto de Getsemaní . María comenzó a ejercer de Madre de la Iglesia orando en el cenáculo con los apóstoles (Hech 1,14). Y los apóstoles decidieron con alegría: «Nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra» (Hech 6,4).

 

El rezo del Santo Rosario surgió en el año 800 a la sombra de los monasterios, como «Salterio de los laicos». Mientras los monjes rezaban los 150 salmos, a los laicos se les enseñó a rezar 150 Padrenuestros. Después, se formaron otros tres salterios con 150 Avemarías, 150 alabanzas en honor de Jesús y 150 alabanzas en honor de María. En 1365 se dio inicio a una combinación de los cuatro salterios, dividiendo las 150 Avemarías en grupos de diez y poniendo un Padre nuestro al inicio. En 1500 se estableció, para cada grupo de diez Avemarías, la meditación de un hecho de la vida de Jesús o María, y así surgió el actual Rosario de quince misterios. Rosario significa «ramillete de rosas, que ha representado para la Cristiandad una fuerza para abrir brecha en el Corazón de Dios. En 1569, Pío V, en una Encíclica, recomienda rezar el Rosario tal como se reza ahora.

SANTO DOMINGO DE GUZMÁN Y EL ROSARIO

Domingo de Guzmán nació en Caleruega (Burgos) en 1171. A los seis años fue entregado a un tío suyo, arcipreste, para su educación literaria. Domingo se entregó de lleno al estudio de la teología. Una gran hambre sobrevino a toda aquella región de Palencia. Domingo no comprendía como a él no le faltaba nada y estuviese rodeado de valiosos códices y libros, mientras otros carecían de lo indispensable para vivir. Y entregó todo su ajuar a los pobres. Oía constantemente: «Un mandamiento nuevo os doy, que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Un día llegó a su presencia una mujer llorando y diciendo: «Mi hermano ha caído prisionero de los moros». Domingo decide venderse como esclavo para rescatar al desgraciado. Este acto conmovió a Palencia; el Obispo de Osma, que andaba buscando hombres notables para el Cabildo, le ofreció una canonjía, cuando Domingo tenía 24 años. Poco después, fue ordenado sacerdote.

En 1207, empieza una nueva etapa en la vida de Domingo. Con algunos compañeros se entrega a la vida apostólica, vive de limosna, renuncia a toda comodidad, camina a pie y descalzo, sin casa y sin más ropa que la puesta, y comprendiendo la necesidad de instruir a aquellas gentes incultas, determinó que su Orden fuera una Orden de Predicadores, dispuestos a recorrer pueblos y ciudades para llevar a todos la luz del Evangelio.

Una noche estando en su convento de Prouille, en la capilla, le suplicó a Nuestra Señora que lo ayudara, pues no estaba logrando casi nada. La Virgen se le apareció en la capilla, con un rosario en su mano un rosario y le enseñó a rezarlo. Dijo que lo predicara por todo el mundo, prometiéndole que muchos pecadores se convertirían. Domingo salió de allí lleno de celo, con el rosario en la mano. Lo predicó, y con gran éxito por que muchos volvieron a la fe. Agotado de tanto predicar, le dijo la Virgen: «Domingo, siembras mucho y riegas poco». Esta experiencia de María, le persuadió a orar más. El 21 de enero de 1217, el Papa Honorio III aprobó la obra de Domingo, la Orden de los Dominicos. Al haberse extendido la herejía de los cátaros y albigenses por Italia, el Papa Honorio III quiso dar una gran misión, y encomendó la dirección a Domingo. Así comenzó a propagar el rezo del Rosario. Muchos hombres se unieron a la obra de Domingo, y así se fueron extendiendo los misioneros. Ellos difundieron el rosario, que se convirtió en la oración predilecta durante dos siglos.

En 1978 el Papa Juan Pablo II pronunció, poco después de ser elegido Pontífice, esta frase en la Plaza de San Pedro: “Mi oración preferida es el Rosario” (29 de octubre) y en muchísimas ocasiones ha recomendado esta hermosa práctica de piedad. Ha dicho: “El Rosario es una escalera para subir al cielo. “Es la oración más sencilla a la Virgen, pero la más llena de contenidos bíblicos. En el santuario de Nuestra Señora del Rosario de Pompeya dijo: “El Rosario es nuestra oración predilecta. Cuando la rezamos, está la Santísima Virgen rezando con nosotros. En el rosario hacemos lo que hacía María, meditamos en nuestro corazón los misterios de Cristo”. El actual Papa Benedicto XVI es también un entusiasta del Rosario.

“Tú que esta devoción supones

monótona y cansada, y no la rezas,

porque siempre repite iguales sones,

no entiendes de amores ni tristezas.

¿Qué pobre se cansó de pedir dones?

¿qué enamorado de decir ternezas?».

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