DOMUND 2008: COMO PABLO, MISIONEROS POR VOCACIÓN

Con ocasión de la Jornada Mundial de las Misiones quisiera invitaros a reflexionar sobre la urgencia persistente de anunciar el Evangelio también en nuestro tiempo. El mandato misionero continúa siendo una prioridad absoluta para todos los bautizados, llamados a ser “siervos y apóstoles de Cristo Jesús”, en este inicio de milenio.

Como modelo de este empeño apostólico, deseo proponer especialmente a san Pablo, el Apóstol de las gentes, ya que este año celebramos un Jubileo a él dedicado. Es el Año Paulino, que nos ofrece la oportunidad de familiarizarnos con este insigne Apóstol, que recibió la vocación de proclamar el Evangelio a los Gentiles, de acuerdo con lo que el Señor le había anunciado: “Marcha, porque yo te enviaré lejos, a los gentiles” (Hch 22, 21).

 

La humanidad tiene necesidad de ser liberada y redimida. La creación sufre. La humanidad sufre y espera la verdadera libertad, espera un mundo diferente, mejor, espera la “redención”. Y, en el fondo, sabe que este mundo nuevo esperado implica un hombre nuevo, implica “hijos de Dios”. Veamos más de cerca la situación del mundo de hoy. El panorama internacional, si por una parte ofrece perspectivas de desarrollo económico y social prometedoras, por otra presenta a nuestra atención algunas graves preocupaciones en lo que se refiere al futuro del hombre. En no pocos casos, la violencia marca las relaciones entre los individuos y los pueblos; la pobreza oprime a millones de habitantes; las discriminaciones y, a veces, las persecuciones por motivos raciales, culturales y religiosos empujan a muchas personas a huir de sus países para buscar en otros lugares refugio y protección; el progreso tecnológico, cuando su finalidad no es la dignidad ni el bien del hombre, ni ordenado a un desarrollo solidario, pierde su potencialidad de factor de esperanza y, más bien, corre el riesgo de agudizar desequilibrios e injusticias ya existentes. Existe, además, una amenaza constante en lo que se refiere a la relación hombre-ambiente, debido al uso indiscriminado de los recursos, con repercusiones sobre la misma salud física y mental del ser humano. El futuro del hombre está amenazado por los atentados a su vida, que asumen varias formas y modalidades.

 Ante este escenario, sentimos el peso de la inquietud atormentados entre angustias y esperanzas (Gaudium et Spes, 4), y nos preguntamos con preocupación: ¿qué será de la humanidad y de la creación?, ¿hay esperanza para el futuro, o mejor, hay un futuro para la humanidad? La respuesta a estos interrogantes nos viene, a nosotros, los creyentes, del Evangelio. Cristo es nuestro futuro y, como he escrito en la Carta encíclica Spe Salvi, su Evangelio es la comunicación que “cambia la vida”, da la esperanza, abre de par en par la puerta oscura del tiempo e ilumina el futuro de la humanidad y del universo.

San Pablo había comprendido muy bien que sólo en Cristo la humanidad puede encontrar redención y esperanza. Por ello entendía, de modo imperativo y urgente, la misión de “anunciar la promesa de la vida en Cristo Jesús”, “nuestra esperanza”. Era consciente que la humanidad privada de Cristo, está “sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Ef 2, 12). Efectivamente, “quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida” (Spe salvi, 27). 

Es, pues, un deber urgente para todos anunciar a Cristo y su mensaje salvífico. “¡Ay de mí –afirmaba san Pablo- si no predicara el Evangelio! (1 Cor 9, 16). En el camino de Damasco había experimentado y comprendido que la redención y la misión son obra de Dios y de su amor. El amor de Cristo lo condujo a recorrer los caminos del Imperio Romano como heraldo, apóstol y maestro del Evangelio, del que se proclamaba “embajador entre cadenas” (Ef 6, 20). La caridad divina hizo que se hiciera “todo a todos para salvar a toda costa a algunos” (1 Cor 9, 22).

Contemplando la experiencia de san Pablo, comprendemos que la actividad misionera es respuesta al amor con el que Dios nos ama. Su amor nos redime y nos empuja a la missio ad gentes; es la energía espiritual capaz de hacer crecer en la familia humana la armonía, la justicia, la comunión entre las personas, las razas y los pueblos, a la que todos aspiran (Deus caritas est, 12). Es Dios, que es Amor, quien conduce la Iglesia hacia las fronteras de la humanidad, quien llama a los evangelizadores a beber “de la primera y originaria fuente que es Jesucristo, de cuyo corazón traspasado brota el amor de Dios” (Deus caritas est, 7). Solamente en esta fuente se pueden conseguir la atención, la ternura, la compasión, la acogida, la disponibilidad, el interés por los problemas de la gente, y aquellas otras virtudes necesarias a los mensajeros del Evangelio para dejarlo todo y dedicarse completa e incondicionalmente a esparcir en el mundo el perfume de la caridad de Cristo.

Queridos hermanos y hermanas, la celebración de la Jornada Misionera Mundial nos anime a todos a tomar una conciencia renovada de la urgente necesidad de anunciar el Evangelio. La colecta, que en la Jornada Misionera Mundial se hace en todas las parroquias y comunidades, sea signo de comunión y de solicitud recíproca entre las Iglesias. En fin, intensifíquese cada vez más en el pueblo cristiano la oración, medio espiritual indispensable para difundir entre todos los pueblos la luz de Cristo “luz por antonomasia”, que ilumina “las tinieblas de la historia” (Spe Salvi, 49). Mientras confío al Señor el trabajo apostólico de los misioneros, de las Iglesias esparcidas por el mundo y de los fieles comprometidos en diferentes actividades misioneras, invocando la intercesión del apóstol Pablo y de María Santísima, “el Arca viviente de la Alianza”, Estrella de la Evangelización y de la esperanza, imparto a todos la Bendición Apostólica.  

 Benedicto XVI

 

 

 

 

 

 

 

 

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