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esperando-la-luz 

La Iglesia entra este fin de semana en el tiempo litúrgico de Adviento. Los cristianos proclaman que el Mesías ha venido realmente y que el reino de Dios está a nuestro alcance. El Adviento no cambia a Dios. El Adviento profundiza en nuestro deseo y en nuestra espera de que Dios realice lo que los profetas anunciaron. Rezamos para que Dios ceda a nuestra necesidad de ver y sentir la promesa de salvación aquí y ahora.

Durante este tiempo de deseo y de espera del Señor, se nos invita a rezar y a profundizar en la Palabra de Dios, pero estamos llamados ante todo a convertirnos en reflejo de la luz de Cristo, que en realidad es el mismo Cristo. De todas formas, todos sabemos lo difícil que es reflejar la luz de Cristo, especialmente cuando hemos perdido nuestras ilusiones, cuando nos hemos acostumbrado a una vida sin luz y ya no esperamos más que la mediocridad y el vacío. Adviento nos recuerda que tenemos que estar listos para encontrar al Señor en todo momento de nuestra vida. Como un despertador despierta a su propietario. Adviento despierta a los cristianos que corren el riesgo de dormirse en la vida diaria.

¿Qué esperamos de la vida o a quién esperamos? ¿Por qué regalos o virtudes rezamos en este año? ¿Deseamos reconciliarnos en nuestras relaciones rotas? En medio de nuestras oscuridades, de nuestras tristezas y secretos, ¿qué sentido deseamos encontrar? ¿Cómo queremos vivir las promesas de nuestro Bautismo? ¿Qué cualidades de Jesús buscaremos para nuestras propias vidas en este Adviento? Con frecuencia, las cosas, las cualidades, los regalos o las personas que buscamos y deseamos dicen mucho sobre quiénes somos realmente. ¡Dime qué esperas y te diré quién eres!

 

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cruz-iluminada

No le reces a Dios mirando al cielo, ¡mira hacia adentro!
No busques a Dios lejos de ti, sino en ti mismo…

No le pidas a Dios lo que te falta: ¡búscalo tú mismo!, y Dios lo buscará contigo, porque ya te lo dio como promesa y como meta para que tú lo alcances…

No reproches a Dios por tu desgracia; ¡súfrela con Él! y Él sufrirá contigo; y si hay dos para un dolor, se sufre menos…

No le exijas a Dios que te gobierne a golpe de milagros desde afuera; ¡gobiérnate tú mismo! con responsable libertad, amando, y Dios te estará guiando ¡desde adentro y sin que sepas cómo!..

No le pidas a Dios que te responda cuando le hablas; ¡respóndele tú!, porque Él te habló primero; y si quieres seguir oyendo lo que falta escucha lo que ya te dijo…

No le pidas a Dios que te libere, desconociendo la libertad que ya te dió. ¡Anímate a vivir tu libertad! y sabrás que sólo fue posible porque tu Dios te quiere libre…

No le pidas a Dios que te ame, mientras tengas miedo de amar y de saberte amado. ¡Ámalo tú! y sabrás que si hay calor es porque hubo fuego, y que si tu puedes amar es porque Él te amó primero.

San Agustín

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congo

A menudo, el único consuelo material para las víctimas de los conflictos es saber que, al menos, pueden contar con la Iglesia. Acaba de regresar a España la religiosa sor Presentación López Vivar, del Instituto de Religiosas de San José, de Gerona, tras sufrir la amputación de las piernas por una bomba, en el Congo. También es dramática la situación en Darfur, donde cientos de religiosos asisten, como pueden, a los dos millones de desplazados que huyen de la guerra.

«La única esperanza de los congoleños es Dios»

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«Desde el primer momento, sintiendo que podía morir, me puse en manos de Dios». Así empezaba el relato de su dolorosa experiencia la religiosa Presentación López, que el pasado 28 de octubre fue víctima de la explosión de una bomba, que le ha costado la amputación de ambas piernas, cerca de la casa que las religiosas de San José de Gerona tienen en la localidad de Rutshuru, en el norte de la provincia oriental congoleña de Kivu Norte, donde combaten desde agosto rebeldes tutsis y soldados del Gobierno.

 

 

Respecto a la situación actual en esa zona de África, sor Presentación explicó cómo, «después de tantos años de conflicto, la población espera solamente en Dios, porque no tienen otro sitio donde agarrarse, no saben dónde ir. Su única esperanza es Dios. Tienen mucha fe, y eso les da fuerza para soportar todo». Y todo significa desplazamientos, enfermedades y hambre. Hambre que no puede mitigarse con la ayuda internacional, porque -según explica- «esta ayuda no es suficiente. Lo dicen los propios refugiados que cuentan que a unos les llega y a otros no».  Pero, a pesar de todas las dificultades y de la experiencia tan dolorosa que ha vivido, esta religiosa, que ha trabajado en el Congo durante 15 años, sorprendió, durante su comparecencia ante los medios de comunicación el pasado lunes, con una declaración rotunda: «Si alguien me dijera que tengo que regresar al Congo, por la razón que sea, miedo no me da. No será por miedo por lo que yo no vaya. Volvería mientras fuera útil». 

 

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El Evangelio del último domingo del año litúrgico, solemnidad de Cristo Rey, nos hace asistir al acto concluyente de la historia humana : el juicio universal: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas ante él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a la derecha y los cabritos a su izquierda”.

El primer mensaje contenido en este evangelio no es la forma o el resultado del juicio, sino el hecho de que habrá un juicio, que el mundo no viene de la casualidad y no acabará por casualidad. Ha comenzado con una palabra: “Que exista la luz… hagamos al hombre” y terminará con una palabra: “Venid, benditos… Apartaos de mí, malditos”. En su principio y en su final está la decisión de una mente inteligente y de una voluntad soberana.

Este comienzo de milenio se caracteriza por una encendida discusión sobre creacionismo y evolucionismo. Reducida a lo esencial, la disputa opone a quienes, aludiendo –no siempre con razón– a Darwin, creen que el mundo es fruto de una evolución ciega, dominada por la selección de las especies, y aquellos que, aun admitiendo una evolución, ven la obra de Dios en el mismo proceso evolutivo.

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helecho

El evangelio de este domingo es la parábola de los talentos. Por desgracia en el pasado el significado de esta parábola ha sido habitualmente tergiversado, o al menos muy reducido. Cuando escuchamos hablar de los talentos, pensamos en seguida en las dotes naturales de inteligencia, belleza, fuerza, capacidades artísticas. La metáfora se usa para hablar de actores, cantantes, cómicos… El uso no es del todo equivocado, pero sí secundario. Jesús no pretendía hablar de la obligación de desarrollar las dotes naturales de cada uno, sino de hacer fructificar los dones espirituales recibidos de él. A desarrollar las dotes naturales, ya nos empuja la naturaleza, la ambición, la sed de ganancia. A veces, al contrario, es necesario poner freno a esta tendencia de hacer valer los talentos propios porque puede convertirse fácilmente en afán por hacer carrera y por imponerse a los demás.

Los talentos de los que habla Jesús son la Palabra de Dios, la fe, en una palabra, el Reino que ha anunciado. En este sentido la parábola de los talentos conecta con la del sembrador. A la suerte diversa de la semilla que él ha echado -que en algunos casos produce el sesenta por ciento, en otros en cambio se queda entre las espinas, o se lo comen los pájaros del cielo-, corresponde aquí la diferente ganancia realizada con los talentos.

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El pasado 24 de octubre la pólítica colombiana Ingrid Betancourt recibió el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. El galardón la reconoce como símbolo de la lucha por la democracia y la libertad y la distingue por “la fortaleza, dignidad y valentía” con las que se enfrentó “a seis años de injusto cautiverio” por la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), de la que fue liberada hace dos meses por una operación militar en la selva colombiana.

Os ofrecemos los videos de su discurso en la entrega del premio, así como algunos fragmentos del mismo.

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Este año, en lugar del XXXII domingo del tiempo ordinario, se celebra la fiesta de la dedicación de la iglesia-madre de Roma, la Basílica de San Juan de Letrán, dedicada en un primer momento al Salvador y después a San Juan Bautista. ¿Qué representa para la liturgia y para la espiritualidad cristiana la dedicación de una iglesia y la existencia misma de la iglesia, entendida como lugar de culto? Tenemos que comenzar con las palabras del Evangelio: “Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren”.

Jesús enseña que el templo de Dios es, en primer lugar, el corazón del hombre que ha acogido su palabra. Hablando de sí y del Padre dice: “vendremos a él, y haremos morada en él” (Juan 14, 23) y Pablo escribe a los cristianos: “¿No sabéis que sois santuario de Dios?” (1 Co 3, 16). Por tanto, el creyente es templo nuevo de Dios. Pero el lugar de la presencia de Dios y de Cristo también se encuentra “donde están dos o tres reunidos en mi nombre” (Mt 18, 20). El Concilio Vaticano II llama a la familia “iglesia doméstica”, es decir, un pequeño templo de Dios, precisamente porque gracias al sacramento del matrimonio es, por excelencia, el lugar en el que “dos o tres” están reunidos en su nombre.

¿Por qué, entonces, los cristianos damos tanta importancia a la iglesia, si cada uno de nosotros puede adorar al Padre en espíritu y verdad en su propio corazón o en su propia casa? ¿Por qué es obligatorio ir a la iglesia todos los domingos? La respuesta es que Jesucristo no nos salva por separado; vino a formar un pueblo, una comunidad de personas, en comunión con Él y entre sí.

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No está fácil hoy esto de creer en Ti, Señor. Porque hay tantos gritos, tantas palabras, tantas verdades, tantas historias que te oscurecen, te tapan, te silencian…Se hace a veces difícil no convertirte en rutina o en historia sabida, pero no vivida. Y a veces tengo la sensación, en esto de la fe, de ir peleándome un poco con todo, conmigo mismo, contigo o con un mundo que me llama de tantas maneras, invitándome a vivir sin evangelio, ni prójimo, ni cruz… Ayúdanos a creer, con pasión, con valentía, con hondura, con amor…

A veces cuesta hablar en tu nombre. O decir que creo en Ti. A veces me hacen sentir un bicho raro. En clase, en el trabajo, hasta en la familia, por tomarte demasiado en serio. Por buscar que tu evangelio sea algo más que un rumor. Da miedo la burla, y golpea la indiferencia. Y, sin embargo, no me dejes perder el coraje, la sed, la pasión, la búsqueda. No dejes que venza el silencio ni la comodidad. Ayúdame a creer en Ti.

Señor, perdona que te lo diga. A veces tu evangelio es exigente, y me asusta vivirlo. A veces no me lo pones fácil. A veces callas tanto, descolocas mis expectativas, no te siento, no te encuentro, no te entiendo… Y casi pienso que juegas conmigo… Hasta que me doy cuenta de que esa es tu grandeza. Desbordar, una y otra vez, lo que intuyo. Aparecer, siempre nuevo. Irte desnudando de capas, para mostrarte ante mí cada vez más hondo, más simple, más Amor. No permitas que deje de buscarte. Ayúdame a creer en Ti.

Porque a veces paso de Ti, me pierdo en trabajos, estudios, relaciones, proyectos… pero olvidando que, detrás de todo late tu manera de amar, de ser, de soñarme. Porque mi ego se infla (y Tú disminuyes), cuando debería ser al revés. Porque me instalo en lo ya sabido y dejo que se enfríe el amor por Ti.
Pero, afortunadamente, tú rompes todas las inercias y desbaratas todas las defensas. Tú dominas las corrientes y las tormentas. Y sigues presente, ganándome poco a poco, cautivándome, seduciéndome día a día y enviándome a vivir en este mundo, a tu manera. GRACIAS.

De la solemnidad de Todos los Santos se pasa rápidamente a la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Son dos fiestas cercanas pero diferentes. Todos los Santos se nos queda un poco más lejana. Los Santos son ciertamente los que nos han precedido en el camino de la fe, hombres y mujeres que lo dieron todo en su compromiso con el Evangelio. Pero estamos demasiado acostumbrados a verlos en las peanas de los altares y en las paredes de nuestras iglesias. La fiesta de hoy, sin embargo, nos lleva a terrenos más familiares. Los difuntos son nuestros difuntos, son nuestros familiares, nuestros amigos. Tienen rostro y voz y tenemos recuerdos de ellos. En muchos lugares es tradición en este día visitar los cementerios, arreglar las tumbas de nuestros familiares, hacer allí un rato de oración…

De lo lejano pasamos a lo cercano. Los difuntos no son figuras lejanas. En algún sentido ni siquiera son santos. Primero, porque no están canonizados. Y, segundo, porque los conocimos lo suficiente para saber de sus cosas buenas y de sus cosas malas. Pero, lo más importante es que nos unen a ellos lazos afectivos, lazos de cariño, lazos familiares. Con ellos crecimos, nos enseñaron a vivir, compartimos casa, preocupaciones y alegrías. Y hoy sentimos su ausencia. Al principio, cuando se fueron, el vacío era inaguantable. Hoy se ha hecho más aguantable –el tiempo todo lo cura–. Pero sigue ahí, como una ley inexorable. Todos nos tenemos que ir. La muerte nos llega a todos. Pero cuando llega a los que nos quedamos nos deja como golpeados por una vendaval inesperado. Los lazos que nos unían se rompen de repente y el dolor rasga el corazón. 

Hoy es un día para que todo ese dolor, escondido en el fondo de nuestro baúl por el paso del tiempo o por el trabajo y las otras ocupaciones y preocupaciones con que nos distraemos, salga a la superficie. No hay que negar el dolor. La muerte, en cualquiera de sus manifestaciones siempre nos deja en estado de shock. La ajena y la propia.

 

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CREER PARA VER

Padre, en aquellos momentos en que cuestionan mi fe dame serenidad y fuerza… Señor, cuando yo mismo me pregunte quien soy y quien eres para mí ayúdame a sentir Tu Amor … Que crea Padre, como el ciego, que confíe en Ti, que espere en Ti y que descubra quién eres en mi vida… Que me aferre, Señor, al Padre que ama, que cuida y protege a sus hijos, Y me aleje de la imagen castigadora y distante del fariseo… Porque al final siempre eres ternura, entrega y generosidad… Que la oración sea mi agua de Siloé, que tu Palabra sea el encuentro en el camino… que mi fe sea mi vista… que no se cierren mis ojos, que vea al mirar… Que me deje hacer por Ti como el ciego de Siloé… Y que mi boca bendiga tu nombre por haber experimentado tu Amor recibido.