De la solemnidad de Todos los Santos se pasa rápidamente a la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Son dos fiestas cercanas pero diferentes. Todos los Santos se nos queda un poco más lejana. Los Santos son ciertamente los que nos han precedido en el camino de la fe, hombres y mujeres que lo dieron todo en su compromiso con el Evangelio. Pero estamos demasiado acostumbrados a verlos en las peanas de los altares y en las paredes de nuestras iglesias. La fiesta de hoy, sin embargo, nos lleva a terrenos más familiares. Los difuntos son nuestros difuntos, son nuestros familiares, nuestros amigos. Tienen rostro y voz y tenemos recuerdos de ellos. En muchos lugares es tradición en este día visitar los cementerios, arreglar las tumbas de nuestros familiares, hacer allí un rato de oración…

De lo lejano pasamos a lo cercano. Los difuntos no son figuras lejanas. En algún sentido ni siquiera son santos. Primero, porque no están canonizados. Y, segundo, porque los conocimos lo suficiente para saber de sus cosas buenas y de sus cosas malas. Pero, lo más importante es que nos unen a ellos lazos afectivos, lazos de cariño, lazos familiares. Con ellos crecimos, nos enseñaron a vivir, compartimos casa, preocupaciones y alegrías. Y hoy sentimos su ausencia. Al principio, cuando se fueron, el vacío era inaguantable. Hoy se ha hecho más aguantable –el tiempo todo lo cura–. Pero sigue ahí, como una ley inexorable. Todos nos tenemos que ir. La muerte nos llega a todos. Pero cuando llega a los que nos quedamos nos deja como golpeados por una vendaval inesperado. Los lazos que nos unían se rompen de repente y el dolor rasga el corazón. 

Hoy es un día para que todo ese dolor, escondido en el fondo de nuestro baúl por el paso del tiempo o por el trabajo y las otras ocupaciones y preocupaciones con que nos distraemos, salga a la superficie. No hay que negar el dolor. La muerte, en cualquiera de sus manifestaciones siempre nos deja en estado de shock. La ajena y la propia.

 

Pero los creyentes vivimos la vida desde la perspectiva de la fe. Y por eso también queremos vivir la muerte desde la fe. Estos últimos años he ido a funerales, civiles y religiosos, en los que el orador de turno ha hablado mucho de que el difunto seguía viviendo y viviría para siempre “en nuestra memoria”. No es eso en lo que creemos los que seguimos a Jesús. Para empezar, porque somos conscientes de lo flaca que es nuestra memoria. Y, más importante, porque creemos que Jesús resucitó de entre los muertos. Esa es la pieza clave de nuestra fe. Jesús vive y nosotros viviremos con él. Él “transformará nuestro cuerpo humilde” (segunda lectura). “Veré a Dios, yo mismo lo veré”, dice Job en la primera lectura. Esa es nuestra fe. No conviene olvidarla ni aligerarla de lo que es fundamental. Nuestros difuntos viven. Esperamos de la misericordia de Dios que estén vivos y en su presencia, que Dios les haya acogido en su reino de vida en plenitud. 
Eso no quita el dolor. La fe no transforma la muerte en un momento indoloro para el que muere o para los que le rodean. La separación sigue siendo brutal. El temor a lo desconocido, el miedo a dejar a los que nos quieren y queremos, todo ello nos hace daño, nos rompe por dentro, nos hace llorar. Pero levantamos los ojos a Dios y, en medio de nuestro dolor, afirmamos nuestra fe, nos decimos que la vida tiene sentido más allá de esta muerte, que Dios no puede dejar abandonada su creación a la desaparición. 

Hoy hacemos memoria de nuestros queridos difuntos. Los más cercanos, aquellos con los que compartimos la vida, a los que quisimos con amor sincero, que fueron nuestros amigos, vienen a nuestra memoria. En la fe, creemos que están vivos, que han nacido a una nueva realidad, a una vida más plena y feliz. No sabemos muy bien como es esa vida. Pero de nuestro Padre Dios sabemos que no podemos esperar nada malo. Hay que pasar por la muerte, por una pasión-pascua siempre complicada y difícil, hay que nacer a la vida nueva y para ello tenemos que morir a ésta. Entramos en lo desconocido pero de la mano, como siempre, del Dios de Jesús, Dios de misericordia y de todo consuelo, Dios de la Vida y no de la muerte. El Dios en el que hemos puesto nuestra confianza y nuestra esperanza.

Fernando Torres

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