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Una de las grandes estrellas de las narraciones de Adviento y de Navidad, Juan el Bautista, hace hoy su aparición en el escenario bíblico. Consideremos juntos algunos detalles de la vida de Juan y veamos por qué es tan buen modelo para nosotros. Juan Bautista no tenía pelos en la lengua. Decía lo que pensaba y lo que hacía falta. Hoy nos dirigiría palabras igualmente crudas: tocarían directamente los puntos débiles de nuestras vidas. Juan Bautista predicaba el arrepentimiento con credibilidad porque antes amaba la Palabra de Dios que había escuchado en el corazón de su propio desierto.

Escuchó, experimentó y vivió la palabra liberadora de Dios en el desierto. Su eficacia en el anuncio de esta palabra se debía al hecho de que su vida y su mensaje eran una sola cosa. La doblez es una de las cosas más desalentadoras que tenemos que afrontar en nuestras vidas. Cuántas veces nuestras palabras, nuestros pensamientos y nuestros gestos no son coherentes. Los verdaderos profetas de Israel nos ayudan a luchar contra toda forma de doblez.

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A lo largo de toda la historia bíblica, los líderes y visionarios fueron al desierto para ver con más claridad, para escuchar con atención la voz de Dios y descubrir otras maneras de vivir. La palabra hebrea para decir desierto, “midvar”, deriva de una raíz semítica que significa “llevar el rebaño al pasto”. “Eremos”, la palabra griega utilizada para traducir “midvar”, indica un lugar desolado, poco poblado, y en su sentido más estricto, un terreno abandonado o desierto.

El término desierto tiene dos significados diferentes, pero ligados entre sí, que hacen referencia a algo salvaje e intrigante. Ha sido precisamente esta dimensión de desconocido (intrigante) e incontrolado (salvaje) que ha acuñado el actual término de desierto.

Pero hay también otra manera de comprender el sentido de la palabra desierto. Un análisis atento de la raíz de la palabra “midvar” revela la palabra “davar”, que significa palabra o mensaje. La noción hebrea de desierto es, por tanto, un lugar santo, en el que es posible escuchar, experimentar, vivir en libertad la Palabra de Dios. Vamos al desierto para escuchar la palabra de Dios, de una manera desapegada y completamente libre.

El Espíritu de Dios ha permitido a los profetas experimentar la presencia de Dios. De este modo, eran capaces de compartir las actitudes, los valores, los sentimientos y las emociones de Dios. Este don les permitía ver los acontecimientos de su época como Dios los veía y tener los mismos sentimientos de Dios ante los acontecimientos. Compartían la cólera de Dios, su compasión, su pena, su decepción, su repulsa, su sensibilidad por las personas, y su seriedad. No vivían estas experiencias de manera abstracta, sino animados por los mismos sentimientos de Dios ante los acontecimientos concretos de su época.

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Desierto del Sinaí

Juan Bautista es el profeta de Adviento. Con frecuencia se le representa apuntando con el dedo a quien debe venir, Jesucristo. Si, siguiendo el ejemplo de Juan, preparamos el camino del Señor en el mundo de hoy, nuestras vidas se convertirán también en dedos de testigos vivos que muestran que es posible encontrar a Jesús, y que está cerca. Juan ofreció a las personas de su época una experiencia de perdón y de salvación, sabiendo muy bien que no era el Mesías, el que podía salvar. ¿Permitimos a los demás que hagan la experiencia de Dios, del perdón y de la salvación?

Juan el Bautista vino para enseñarnos que hay un camino que nos saca de las tinieblas, de la tristeza del mundo y de la condición humana, y este camino es el mismo Jesús. El Mesías viene para salvarnos de las fuerzas de las tinieblas y de la muerte, y nos lleva por el camino de la paz y de la reconciliación para que volvamos a encontrar nuestro camino hacia Dios.

El teólogo jesuita Karl Rahner, hoy fallecido, escribió en una ocasión: “Tenemos que escuchar la voz del que nos llama en el desierto, aunque reconozca: no soy el Mesías. No podéis dejar de escuchar esta voz ‘porque no es más que la voz de un hombre’. Del mismo modo vosotros tampoco podéis dejar a un lado el mensaje de la Iglesia porque la Iglesia ‘porque no es digna de desatar la correa de las sandalias de su Señor que la precede’. Nos encontramos de hecho todavía en el Adviento”.

Quizá no tendremos el lujo de viajar al desierto de Judea, ni el privilegio de hacer un retiro de Adviento en el desierto del Sinaí. De todos modos, podemos ciertamente encontrar un pequeño desierto en medio de nuestras actividades y del ruido de la semana. Vayamos a ese lugar sagrado y dejemos que nos interpele la Palabra de Dios, que nos cure, que vuelva a orientarnos, a llevarnos al corazón de Cristo, de quien esperamos la venida en este Adviento.

Thomas Rossica
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