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Por más que leamos el evangelio de este último domingo de Adviento, no deja de sorprender. Que Dios hable con el hombre pertenece a la esencia misma de su hechura: lo creó para dialogar con él cara a cara como es habitual entre amigos y ganarse su confianza. Ahí están los paseos de Dios con Adán, al caer la tarde, en el paraíso de la gracia aún no perdida. Y ahí están los textos bíblicos confirmando diálogos de Dios con el hombre, ya caído en pecado, que expresan hasta qué punto cuenta con él, discute y lucha, conversa y calla, seduce y se deja conquistar por los justos y sencillos. Dios ha hecho al hombre para el diálogo, porque el mismo Dios en su comunión trinitaria dialoga entre sí. También en esto, el hombre es imagen y semejanza suya.

Pero que Dios dialogue, en la cámara secreta de una virgen, solicitando un sí, libre y obediente, para que su Hijo tome nuestra carne y se una para siempre a nuestro destino, sobrepasa toda comprensión y medida de nuestra lógica. Porque aquí, en este diálogo entre Gabriel y María, Dios hace depender su plan salvador del sí de una mujer que lo pronuncia en la plena libertad que le otorga la gracia. Este diálogo, para el que Dios ha preparado desde toda la eternidad a María, indica el grado de confianza que Dios concede al hombre que se deja amar por Él. Dios pidiendo favores; mendigando un sí; buscando complicidad para su obra. ¿Quién podrá mantener la tesis de que Dios no se fía del hombre, o se distancia de él, o le destierra de su lado? ¿Cómo no entender que, desde toda la eternidad, Dios ha querido ser hombre y que en la plenitud de los tiempos quiso ser conocido como el nacido de mujer?

Más aún. Para hacer los mundos, la primera creación, bastó una palabra suya, rotunda y poderosa, dirigida a la nada o al caos informe: Hágase. Y la luz, las aguas, la tierra y las luminarias del cielo, los animales y el hombre fueron hechos. La creación quedó concluida. Ahora, cuando llega el momento de la nueva y segunda creación, Dios dialoga con una virgen llamada María, y le pide que sea ella quien pronuncie el hágase de los nuevos orígenes; un hágase que sonaría en los oídos de Dios como un eco, pobre y humilde, virginal y obediente, dicho en la fe, de aquel primer hágase que constituyó los mundos. Cuando el hágase en mí según tu palabra resonó en lo más alto del cielo, Dios consumó su diálogo con el hombre, y le habló para siempre su Palabra, el Verbo; y se lo dio a una Virgen que con su sí abrió las puertas de su seno a la nueva creación que es Jesucristo.

¿Y habrá quien piense aún que Dios no se fía del hombre?

César Franco
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