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Termina el tiempo de Navidad. Y las lecturas de este domingo nos abren al misterio de Jesús. Ya no es un niño en un pesebre. Ni siquiera es un jovenzano que ayuda a su padre en los duros trabajos que un artesano de Galilea de aquel tiempo tenía que hacer para poder malamente sobrevivir (no podemos pensar en el carpintero de hoy, la vida en aquellos tiempos era muy dura).
Ahora ya es un hombre y toma las riendas de su vida. No le llevan sus padres al templo. Es él quien se acerca a Juan, que vive en el desierto, apartado de todos, lejos de los caminos habituales de la gente, para que le bautice.

El Bautismo de Jesús marca un antes y un después en su vida. Para que los que no terminan de creer en la encarnación, el Bautismo no es más que una escena para la galería. El objetivo sería que nosotros comprendiésemos la importancia del sacramento del Bautismo. Pero la encarnación no es un puro revestirse Dios de una forma humana. La encarnación es asumir el ser persona humana en todas sus dimensiones y con todas sus consecuencias. Como cualquier persona tuvo que hacer su itinerario personal hacia la madurez. Y el Bautismo marca un hito en ese camino.

Es el momento en que deja atrás un estilo de vida y comienza lo que se ha dado en llamar su vida pública: el tiempo en que con su palabra y con sus gestos va a predicar el Reino, va a hacer presente el amor de Dios entre los hombres y mujeres de su tiempo. Lo que haga en ese tiempo le llevará a su definitivo enfrentamiento con las autoridades civiles y religiosas del momento. En definitiva, le llevará a la cruz, supremo testimonio de su auto-reconocimiento como hijo de Dios que pone toda su confianza, toda su vida, en las manos del Padre.

valleta-bautismo-cristo1Por eso los evangelistas nos cuentan el Bautismo de Jesús como el momento en el que Jesús siente la presencia de Dios Padre, en el que se siente lleno del Espíritu y enviado a una misión concreta. Juan no es el protagonista del Bautismo. Pero tampoco Jesús. Es Dios Padre y su Espíritu el protagonista de la escena. Es el Padre que llama y convoca a una misión: anunciar el Reino. Como dice la primera lectura, a abrir los ojos de los ciegos, sacar a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas. Era una misión de salvación, de vida, de reconciliación. Y Jesús cumplió. Como dice la lectura de Hechos, “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo porque Dios estaba con él”.

Todo Jesús se siente hijo y enviado. Jesús se pone totalmente al servicio de esa misión. En adelante, no tendrá ni un minuto libre. Su consagración será total, sin resquicios. Cada uno de sus actos, cada una de sus palabras, se dedicará a anunciar el Reino de la misericordia, a convocar a los alejados, a los excluidos, a los marginados, para que todos encuentren un lugar en la mesa común de la fraternidad, en torno al Padre. 

Hoy es día para alegrarnos. Vemos con gozo que Jesús ha crecido y que toma con decisión las riendas de su vida. El Reino es la razón de su vivir. Y lo será hasta el final, cuando muera en la cruz poniendo toda la confianza en su Padre, seguro de que sólo él, su Abbá, le puede dar la vida plena del Reino. Así ha dado sentido a nuestra vida. Ahora somos hijos en el Hijo y su Abbá es nuestro Abbá. Ahora sabemos que el Reino es nuestro. Por eso nos alegramos y damos gracias.

 Hoy es día para revisar nuestro compromiso como bautizados, como seguidores de Jesús. Nosotros también hemos recibido el encargo y la misión de anunciar el Reino de misericordia, de perdón y reconciliación. Jesús le dedicó toda su vida. ¿Y nosotros?

 Fernando Torres
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