mansespiga

San Juan de la Cruz dice que Dios nos trata “al modo que la amorosa madre hace al niño tierno, al cual al calor de sus pechos, le calienta, y con leche sabrosa y manjar blando y dulce le cría y en sus brazos le trae y regala”. Para acercarnos a este salmo necesitamos distanciarnos del lenguaje de la competitividad, del interés propio, de la eficacia, y escuchar otros lenguajes: el lenguaje del cariño, de la confianza, del amor de una madre que no sabe qué más locuras hacer para que su hijo no se pierda. ¿Qué más puede hacer Dios por nosotros?

 

Oigo un lenguaje desconocido:
«Retiré sus hombros de la carga,
y sus manos dejaron la espuerta.

Clamaste en la aflicción, y te libré,
te respondí oculto entre los truenos,
te puse a prueba junto a la fuente de Meribá.

Escucha, pueblo mío, doy testimonio contra ti;
¡ojalá me escuchases, Israel!

No tendrás un dios extraño,
no adorarás un dios extranjero;
yo soy el Señor, Dios tuyo,
que te saqué del país de Egipto;
abre la boca que te la llene».

Pero mi pueblo no escuchó mi voz,
Israel no quiso obedecer:
los entregué a su corazón obstinado,
para que anduviesen según sus antojos.

¡Ojalá me escuchase mi pueblo
y caminase Israel por mi camino!:
en un momento humillaría a sus enemigos
y volvería mi mano contra sus adversarios;

los que aborrecen al Señor te adularían,
y su suerte quedaría fijada;
te alimentaría con flor de harina,
te saciaría con miel silvestre.

Salmo 80, 7-17

 

Escucha este lenguaje nuevo, sorprendente y guárdalo en el corazón:

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,18). “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1 Jn 3,1). “Retiré tus hombros de la carga, te respondí, te puse a prueba…” “¿Qué más se puede hacer ya a mi viña, mi pueblo, que no se lo haya hecho yo” (Is 5,4).

 

 La humanidad espera escuchar nuevos lenguajes. ¿Quién los pronunciará?

del-piombo-j-cruz-a-cuestasLos que viven en clima de violencia necesitan oír el lenguaje nuevo de la paz.

Los que viven en el miedo y la desconfianza necesitan oír el lenguaje de la confianza.

Los que llevan mil heridas por dentro y por fuera necesitan oír el lenguaje entrañable de la ternura.

Los que mueren de hambre cada día necesitan escuchar urgentemente el lenguaje nuevo del pan compartido.

Los que viven alejados de la fe necesitan escuchar el lenguaje de Dios: “os quiero con locura”. 

 

 

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