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A Dios le gusta la humildad, “porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad” (Santa Teresa). La vida nos presenta a menudo suficientes situaciones para instalarnos en la soberbia, para creernos mejores que los demás. Pero la vida nos ofrece también muchas oportunidades para ser humildes. La oración es una de ellas. Nos pone como discípulos ante Jesús. Lo que cuenta no es cómo nos vemos nosotros o como vemos a los demás; lo que cuenta es cómo nos ve y cómo nos quiere Dios.

 

Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor. El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes. (Salmo 24)

 

Aventúrate a ser guiado por Jesús, camina en su luz. Dile al Señor cada mañana que te enseñe sus caminos. No pierdas tiempo en intentar acomodar a Dios a tu vida; hazlo al revés y encontrarás el gozo. Lee con calma la Palabra de Dios. Es una forma excelente de aprender. Descúbrele al Señor tu pecado. También ahí quiere mostrar su ternura.

El Señor nos enseña a orar y a vivir. Oración y vida van juntas, se dan la mano.“Si estás en éxtasis y tu hermano te necesita, deja tu éxtasis y vete a prestar ayuda al hermano. El Dios que dejas es menos seguro que el Dios que encuentras” (Ruysbroeck). El Señor nos enseña a orar y a vivir de forma agradecida: “La vida me había tirado por tierra, pero el encuentro con Cristo me ha dado fuerzas para retomarla otra vez, agradecidamente… He aprendido a amar la vida desde que sé para qué vivo” (Edith Stein).

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