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San José es un santo muy popular. Cuántos hombres y mujeres llevan, desde el Bautismo,  el nombré de José.  En muchas partes, la fiesta de San José ha sido elegida por las familias como Día del Padre”. No es hora de quejarse por los ecos comerciales que se agolpan en torno a esta fecha. Miremos con ojos cristianos, limpios; es una ocasión de renovar cariños, respetos y amores filiales. No olvidemos, además, que San José es el Patrono de la Iglesia universal.

A la figura de San José, aun en su silencio, el Evangelio le atribuye una importancia grande. Es precisamente a través de San José como Jesús aparece de la descendencia de David. Y el pueblo judío sabía que el Mesías debería descender del linaje de David.

No todo le fue fácil. María esperaba un hijo cuyo origen divino José ignoraba. Por eso, ante el misterio, como buen judío, decide retirarse. Además, ama a María, sabe que es honrada, y no quiere dar ocasión de entregarla a la ley implacable. Con razón el Evangelio le llama, escuetamente, “justo”. Sólo la intervención del ángel rasga el velo de sus dudas. “Es obra del Espíritu Santo”. Le pondrá por nombre Jesús, será su padre legal y sabe que su misión es salvar a su pueblo. Van encajando todas las piezas. Ahora lo entiende.

José es el ejemplo de fe y confianza en Dios. “Hizo lo que le mandó el ángel”. Escucha sin comprender, obedece sin saber el sentido: “No temas en recibir a María, huye a Egipto, vuelve”. Está siempre abierto a la sorpresa de la fe. Se mantiene fuerte en los momentos de la duda y las dificultades.

¿Cuántas veces nos resulta espeso el silencio de Dios? ¿Cuántas veces gritamos “por qué”? San José nos invita a confiar. Seguro que llegará la luz. Con razón, la liturgia le canta a San José: “Servidor fiel y prudente”.

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