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La experiencia de la resurrección de Jesús cambió radicalmente la vida de aquellos primeros discípulos. En el momento del arresto, del juicio y de la crucifixión, todos salieron corriendo. Todos tuvieron miedo. Todos sintieron temor de las autoridades judías. Por eso el Evangelio de este domingo empieza afirmando que los discípulos estaban en una casa “con las puertas cerradas por miedo a los judíos”. Temían ser detenidos si salían a la calle. Así de simple. 

Pero la resurrección de Jesús les abre a una vida nueva. Los que vivían en el temor, reciben el mensaje de la paz. Los que se habían encerrado en una casa con las puertas y ventanas cerradas –¿qué diferencia hay con una tumba?– son enviados a la vida a predicar la Buena Nueva del Reino. 

Los resultados de esa misión están a la vista en la primera y en la segunda lectura. Los creyentes, los que han experimentado que Jesús está vivo forman una comunidad diferente, viven de un modo diferente, se relacionan de una manera diferente: tienen todo en común, comparten los bienes, nadie pasa necesidad. Son verdaderos hermanos y hermanas, que participan todos en la mesa común. ¿No es eso el Reino llevado a la práctica? Es posible que la primera lectura sea más un sueño, un deseo, del autor de los Hechos de los Apóstoles, que una descripción de la vida real de aquella primera comunidad de discípulos. 

Pero ese sueño ha pervivido en la historia de la comunidad cristiana y ha seguido generando en muchos de los creyentes el deseo de hacerlo realidad. Es el sueño del Reino que, desde la fe, promueve una forma diferente de vivir, de relacionarse las personas. 

Es un sueño que se centra en el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Ese amor hace que nos sintamos nuevos y que vivamos en otra onda, allí donde los mandamientos no son una carga pesada sino una ayuda y una guía que nos ayudan a ser felices porque no hay felicidad más que en el amor fraterno y no otra es la voluntad de Dios. 

Vencer al mundo es vencer el odio, la enemistad, la violencia, todo lo que rompe la fraternidad de los hijos de Dios. Por eso dice la segunda lectura que el que ama es que ha nacido de Dios. No puede ser de otra manera porque Dios es amor. 

El Evangelio añade un elemento importante para la vida cristiana. Todo esto que hemos dicho: la paz, la fraternidad, el amor… no es comprensible sin haber pasado por la experiencia del encuentro personal con el resucitado. Ahí está el testimonio de Tomás. Necesitó ver la señal de los clavos y meter la mano en el costado de Jesús. Necesitó tocarlo para darse cuenta de que realmente estaba vivo, de que el Reino del que tanto había hablado Jesús no había muerto en aquella cruz maldita del Viernes Santo. Necesitó encontrarse en vivo en Jesús para confesar “¡Señor mío y Dios mío!”.

Cada uno de nosotros ha de pasar por la misma experiencia si queremos ir más allá del cumplimiento de unas normas y del rezo de unas oraciones. Si queremos que nuestro ser cristiano sea algo que nos transforme realmente por dentro, tenemos que encontrarnos con Jesús no como un personaje más de la historia con una doctrina más o menos atrayente sino como una persona viva y cercana que nos anima, que nos acompaña, que nos reconcilia y sana para comprometernos en hacer realidad en nuestra vida y en la vida de los que nos rodean el Reino por el que Él mismo dio la vida.

 

 

LECTURAS DEL II DOMINGO DE PASCUA

 Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (4,32-35):

En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y Dios los miraba a todos con mucho agrado. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno.

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (5,1-6):

Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama a Dios que da el ser ama también al que ha nacido de él. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. Pues en esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Éste es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo. No sólo con agua, sino con agua y con sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.
 
 Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-31):

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Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegria al ver al Señor.
Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.» Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»
Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

 

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